A esta protección se suma posteriormente la armadura dérmica de osteodermos, desarrollada principalmente sobre la nuca, cuello y dorso. Estos osteodermos son huesos formados dentro de la dermis y no deben confundirse con el propio dermatocráneo. En la cabeza, la piel se encuentra firmemente aplicada sobre los huesos craneales, mientras detrás del cráneo comienza una transición hacia las placas nucales. Esta combinación proporciona una protección mecánica excepcional, aunque no constituye una coraza absolutamente continua. Entre el cráneo y las primeras vértebras cervicales debe mantenerse cierta movilidad articular, indispensable para orientar la cabeza y transmitir movimientos hacia el cuello.
Precisamente en esta unión craneocervical existe una región comparativamente menos protegida por grandes placas continuas. Allí se encuentran el foramen magno, la transición entre bulbo raquídeo y médula espinal, músculos cervicales profundos, vasos y articulaciones esenciales. Una lesión grave en esta zona puede interrumpir rápidamente funciones neurológicas, respiratorias y motoras, lo que explica que antiguas prácticas de caza y manejo describieran un “punto detrás de la nuca” como una región anatómicamente vulnerable. La razón no es que exista un hueco simple en la armadura, sino que allí convergen estructuras vitales y una discontinuidad necesaria entre el cráneo rígido y el cuello móvil.
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