En el vacío, todas
las radiaciones electromagnéticas viajan con la misma velocidad de la luz,
aproximadamente 2.998 × 10⁸ m/s. Dentro del prisma, su rapidez se reduce según
la relación entre la velocidad en el vacío y el índice de refracción del
material. La frecuencia de cada color permanece constante al cruzar la
frontera, porque está determinada por la fuente emisora. En cambio, al
disminuir la velocidad, también disminuye la longitud de onda dentro del
vidrio. Como el índice de refracción depende de la longitud de onda, la luz
violeta viaja ligeramente más despacio que la roja y experimenta una desviación
mayor.
Al salir del prisma
y regresar al aire, cada color aumenta nuevamente su velocidad y recupera la
longitud de onda correspondiente a ese medio, pero conserva la dirección
adquirida durante las dos refracciones. Por ello, los colores emergen separados
y pueden observarse individualmente. La dispersión demuestra que la luz blanca
es una combinación de múltiples radiaciones visibles, no una sustancia
homogénea. Este fenómeno permite explicar los arcoíris y constituye la base de
instrumentos como los espectroscopios, empleados para separar la luz y
analizar la composición química de sustancias, estrellas y gases mediante sus
patrones característicos de emisión o absorción.
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