Si el mismo montaje
se realiza con proyectiles macroscópicos, como esferas, cada objeto atraviesa
una rendija o la otra siguiendo una trayectoria definida. La pantalla registra
dos acumulaciones alineadas con las aberturas, pero no aparece un patrón de interferencia.
Con la luz sucede algo diferente. Incluso cuando se envían fotones
individualmente, los impactos aislados parecen puntuales; sin embargo, al
acumular muchos registros surge una sucesión de franjas claras y oscuras. Esto
demuestra que la luz se propaga con propiedades de onda, aunque intercambia
energía mediante partículas llamadas fotones.
Los electrones
producen un resultado todavía más sorprendente. Enviados uno por uno hacia las
dos rendijas, cada electrón genera un impacto localizado, pero numerosos
impactos forman un patrón de interferencia. La distribución indica que cada
electrón está descrito por una función de onda asociada con ambas
trayectorias posibles. Cuando se instala un detector para determinar por cuál
rendija pasó, la interferencia desaparece y quedan dos bandas semejantes a las
de los proyectiles. No es necesario que una persona observe conscientemente: la
interacción con el detector altera el sistema y permite distinguir las rutas.
Si la información sobre la trayectoria queda disponible, se pierde la coherencia
cuántica; si ambas rutas permanecen indistinguibles, reaparece la
interferencia. El experimento evidencia que las partículas cuánticas no siguen
siempre trayectorias clásicas definidas antes de la medición.
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