Durante el descenso, la presión del agua comprime progresivamente los espacios llenos de aire. En vez de resistirse, los pulmones del cachalote están adaptados para colapsar de forma controlada. Este colapso reduce el volumen de aire pulmonar y desplaza gases hacia vías respiratorias más rígidas, disminuyendo el intercambio de nitrógeno con la sangre. Así se reduce el riesgo de síndrome de descompresión, porque el animal no sigue absorbiendo grandes cantidades de gas bajo presión. En profundidad, el pulmón deja de funcionar como reserva principal de oxígeno; su papel queda limitado, mientras el cuerpo depende de almacenes internos más seguros.
La gran clave fisiológica está en la hemoglobina y, sobre todo, en la mioglobina muscular. La mioglobina almacena oxígeno dentro de las fibras musculares y lo libera durante el esfuerzo bajo el agua. Por eso los músculos de grandes buceadores son oscuros y ricos en esta proteína. Al mismo tiempo, el cachalote reduce su frecuencia cardíaca, restringe la circulación hacia tejidos menos urgentes y prioriza cerebro, corazón y músculos activos. Gracias a esta combinación de colapso pulmonar, reservas sanguíneas, mioglobina abundante y ahorro metabólico, puede permanecer sumergido durante largos periodos sin respirar, cazando en profundidades donde un mamífero terrestre no resistiría.
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