Durante la inspiración, los sacos aéreos se llenan y movilizan el aire por el sistema. En la espiración, esos sacos se comprimen y empujan el aire a través de los pulmones, manteniendo un flujo casi unidireccional. Por eso el pulmón aviar no se infla y desinfla como un globo, sino que permanece rígido mientras los sacos aéreos mueven el aire. Además, algunos sacos se prolongan dentro de huesos neumáticos, reduciendo peso corporal y conectando respiración, esqueleto y vuelo.
Esta arquitectura explica el rendimiento extremo de muchas aves voladoras. Al mantener aire fresco pasando por los parabronquios durante inspiración y espiración, las aves aprovechan mejor el oxígeno que un pulmón alveolar típico. En buitres adaptados a grandes alturas, como Gyps rueppellii, se han registrado vuelos cercanos a 11 300 metros de altitud, donde la presión parcial de oxígeno es muy baja. Para un humano sin cabina presurizada ni oxígeno suplementario, una descompresión alrededor de 10 700 metros puede causar pérdida rápida de conciencia útil.
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