Durante la Segunda Guerra Mundial, Alexander Fleming ya había descubierto la penicilina, pero el problema era producirla en cantidades útiles. Rousseau, trabajando con Pfizer, ayudó a diseñar el primer proceso comercial de fermentación en tanque profundo para cultivar el hongo productor de penicilina. El reto exigía controlar con precisión el oxígeno disuelto, los nutrientes, la biomasa, la aireación, la agitación y las condiciones de esterilidad. En términos químicos, debía ajustar el metabolismo del microorganismo para maximizar el rendimiento del antibiótico. (ASM.org)
Gracias a sus diseños de ingeniería, la penicilina dejó de ser una rareza de laboratorio y pudo fabricarse por millones de dosis, salvando incontables vidas durante la guerra. Rousseau también trabajó en procesos para combustibles de alto octanaje, caucho sintético, etilenglicol y ácido acético glacial. Su legado muestra que la ingeniería química no solo calcula reactores: transforma descubrimientos científicos en tecnologías capaces de cambiar la historia médica e industrial.
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