También existen tricomas con función defensiva. En algunas plantas, los tricomas son rígidos o ásperos y dificultan que insectos pequeños caminen, pongan huevos o mastiquen la hoja. Otros son glandulares y producen sustancias químicas pegajosas, irritantes, amargas o tóxicas que desalientan a los herbívoros. Un ejemplo cotidiano es la ortiga, Urtica dioica, cuyos tricomas urticantes pueden inyectar compuestos irritantes al romperse. En otras especies, como el tomate, Solanum lycopersicum, ciertos tricomas glandulares producen compuestos volátiles o pegajosos que ayudan a defender la planta contra insectos y microorganismos. Así, los tricomas funcionan como una primera línea de defensa física y química.
En algunos linajes, los tricomas alcanzan una especialización extrema asociada a la carnivoría vegetal. En plantas del género Drosera spp., conocidas como rocíos del sol, las hojas poseen tricomas glandulares largos cubiertos por gotas brillantes de mucílago pegajoso. Estas gotas atraen, retienen y asfixian pequeños insectos. Luego, la hoja puede curvarse lentamente alrededor de la presa y liberar enzimas digestivas que degradan proteínas y otros tejidos. La planta no “come” insectos para obtener energía, pues sigue haciendo fotosíntesis; los captura principalmente para obtener nitrógeno, fósforo y minerales escasos en suelos pobres.
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