La disminución del CO₂ altera el equilibrio ácido-base, porque este gas participa en la formación de ácido carbónico y bicarbonato. Cuando se elimina demasiado CO₂, la sangre se vuelve más alcalina, produciendo alcalosis respiratoria. Esta alteración puede causar mareo, hormigueo en manos y boca, sensación de falta de aire, opresión torácica, temblor, ansiedad e incluso desmayo. Aquí aparece el concepto de hipoflujo funcional: aunque entra suficiente oxígeno a los pulmones, la reducción excesiva de CO₂ modifica el flujo sanguíneo cerebral y la liberación de oxígeno hacia los tejidos. Por eso la persona puede sentirse asfixiada aunque esté respirando demasiado.
El principio de la bolsa se explica por el mismo equilibrio de gradientes. Al respirar dentro de una bolsa, parte del dióxido de carbono exhalado vuelve a ser inhalado; esto eleva el CO₂ inspirado, reduce su salida excesiva desde la sangre y ayuda a normalizar el pH. Por eso puede calmar algunos episodios de hiperventilación por ansiedad. Sin embargo, no debe usarse como regla general, porque si la causa real es asma, intoxicación, problema cardíaco o falta de oxígeno, respirar en una bolsa puede empeorar la hipoxia. La idea fisiológica es correcta, pero su uso debe ser prudente.
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