La mandíbula mordedora de los tiburones representa
una innovación clave dentro de los condrictios, y su origen se explica
por el reclutamiento evolutivo de los arcos branquiales anteriores. En
los vertebrados primitivos, estos arcos sostenían las branquias y
participaban en la ventilación acuática. Con el tiempo, el primer arco
branquial —el arco mandibular— se transformó en las piezas que hoy
reconocemos como mandíbula superior e inferior. Este cambio no fue
abrupto, sino el resultado de una reorganización progresiva de estructuras
preexistentes. Así, la función respiratoria ancestral dio paso a una función de
captura y sujeción de presas, consolidando el modelo de bisagra
funcional que caracteriza a los tiburones modernos.
A diferencia de muchos peces óseos y de los tetrápodos, la
mandíbula de los tiburones no está fusionada rígidamente al cráneo verdadero
o neurocráneo. Presenta una articulación relativamente libre y móvil,
sostenida por cartílago y por elementos de soporte como el hioides
modificado. Esta configuración, conocida como suspensión hiostílica,
permite una apertura bucal amplia y una proyección anterior de la mandíbula
durante el ataque. El resultado es un mecanismo de mordida potente,
optimizado para cerrar con rapidez y ejercer presión concentrada sobre la
presa. El refuerzo del movimiento de bisagra cartilaginosa incrementa la
eficiencia mecánica sin necesidad de una unión ósea rígida.
Además, los tiburones poseen múltiples hileras de dientes
reemplazables, anclados a la piel interna y no a alveolos óseos, lo que
complementa la movilidad mandibular. La combinación de articulaciones
flexibles, reclutamiento de arcos branquiales y dentición en recambio
continuo convierte su aparato bucal en un sistema altamente adaptable. Esta
arquitectura demuestra cómo la evolución no crea estructuras desde cero, sino
que modifica y reorganiza componentes previos para generar nuevas funciones
biomecánicas especializadas.
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