Un diente no es una simple “piedra” incrustada en la boca:
es un órgano altamente especializado, compuesto por varios tejidos
que actúan de manera integrada. En biología, un tejido es un conjunto de
células similares que cumplen una función específica; un órgano es la
unión organizada de varios tejidos distintos que cooperan para realizar una
tarea compleja; y un sistema es el conjunto de órganos que trabajan
coordinadamente, como ocurre en el sistema digestivo. El diente
participa en este sistema al fragmentar mecánicamente el alimento. Su
fisiología depende de la interacción entre tejidos mineralizados y tejidos
vivos, lo que explica por qué puede doler, inflamarse y responder a estímulos.
La corona está recubierta por esmalte, el
tejido más duro del cuerpo humano, altamente mineralizado y prácticamente
acelular, cuya función es resistir la abrasión y los cambios térmicos. Bajo él
se encuentra la dentina, menos mineralizada y con túbulos microscópicos
que transmiten estímulos hacia la pulpa dental, el tejido conjuntivo
vascularizado e inervado que contiene vasos sanguíneos y nervios.
La pulpa mantiene la vitalidad del diente, produce dentina secundaria y
participa en la respuesta inflamatoria. En la raíz, el cemento
recubre la dentina radicular y permite la inserción del ligamento
periodontal, un tejido fibroso que fija el diente al hueso alveolar y
amortigua las fuerzas de la masticación. Así, el diente combina tejido
epitelial, conjuntivo, nervioso y vascular en una unidad funcional.
La higiene oral es crucial porque el esmalte, aunque
resistente, puede desmineralizarse por la acción de ácidos producidos por
bacterias. La acumulación de placa favorece caries, inflamación pulpar y
enfermedad periodontal, comprometiendo no solo el diente sino también
estructuras óseas y sistémicas. Mantener una adecuada limpieza reduce la carga
bacteriana, preserva la integridad de los tejidos y protege la función
masticatoria y digestiva general.
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