Los reptiles presentan en general una dentición
homodonta, es decir, dientes de forma semejante a lo largo de la mandíbula,
diseñados principalmente para sujetar y perforar más que para masticar.
En el caso del cocodrilo marino, Crocodylus porosus, los dientes son cónicos,
robustos y ligeramente curvados hacia atrás, lo que impide que la presa
escape una vez atrapada. No están adaptados para triturar como los molares de
los mamíferos, sino para ejercer una mordida de presión extrema,
sostenida por potentes músculos aductores. La disposición alternada entre
maxilar y mandíbula permite que los dientes encajen como una trampa,
distribuyendo la fuerza de cierre de manera eficiente.
En Crocodylus porosus la implantación es tecodonta,
es decir, cada diente se inserta en un alvéolo óseo profundo, una
condición que también se observa en mamíferos y algunos dinosaurios. Esta
inserción proporciona estabilidad frente a las enormes fuerzas generadas
durante la captura de presas grandes. Además, presentan polifiodoncia,
reemplazando dientes de manera continua a lo largo de la vida. Bajo cada diente
funcional se desarrolla uno de reemplazo, listo para ocupar su lugar cuando el
anterior se pierde o se fractura. Esta estrategia es crucial en un depredador
que enfrenta resistencia mecánica frecuente al morder caparazones, huesos o
cuerpos en movimiento.
A diferencia de los mamíferos, los cocodrilos no mastican;
su estrategia consiste en sujetar, desgarrar y tragar fragmentos. El
famoso “giro de la muerte” ayuda a desmembrar presas grandes utilizando la
fuerza corporal más que la trituración dental. Los dientes, aunque simples en
forma, están optimizados para penetración y retención, no para
procesamiento fino del alimento. Así, la dentición de Crocodylus porosus
representa una solución evolutiva altamente especializada dentro de un patrón
reptiliano ancestral que privilegia la captura eficiente sobre la masticación
compleja.
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