El sistema digestivo de los tunicados, como en Ciona intestinalis, está estrechamente integrado con su modo de vida filtrador. La boca se abre en el extremo anterior y conduce a una amplia faringe perforada por numerosas hendiduras branquiales. Aunque estas aberturas participan en el intercambio gaseoso, su función principal es capturar partículas alimenticias suspendidas en el agua. El agua entra impulsada por el batido de cilios y atraviesa la faringe, donde una red mucosa secretada por el endostilo atrapa fitoplancton y detritos orgánicos. Este moco cargado de alimento es transportado hacia el esófago, iniciando el tránsito por el tubo digestivo propiamente dicho.
Tras el esófago se encuentra el estómago, que en
muchos tunicados presenta una región diferenciada denominada estómago
cardíaco, asociada a la secreción de enzimas digestivas. Aquí se produce la
digestión química del material retenido en el moco. El alimento parcialmente
procesado pasa luego al intestino, donde continúa la absorción de
nutrientes. El intestino suele formar una curva en forma de “U”, característica
de estos cordados invertebrados, permitiendo que el ano se ubique cerca
del sifón de salida. Esta disposición anatómica facilita que los desechos sean
expulsados junto con la corriente de agua exhalante, evitando la contaminación
del área de alimentación.
El sistema digestivo se relaciona íntimamente con el sistema
circulatorio, representado en la imagen por estructuras como la arteria
ventral, la vena dorsal y una bomba cardíaca tubular. Aunque
el corazón de los tunicados invierte periódicamente la dirección del flujo
sanguíneo, su función es distribuir nutrientes absorbidos hacia los tejidos del
manto y otros órganos. En conjunto, el aparato digestivo de los tunicados
refleja una adaptación eficiente al filtrado continuo del agua, maximizando la
captura de partículas microscópicas y asegurando una nutrición estable en
ambientes marinos ricos en plancton.
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