Esta reducción no significa ausencia de rigidez corporal. El calamar combina el gladio con un manto musculoso, tejidos conjuntivos y presión interna para formar un cuerpo firme, flexible y hidrodinámico. Su silueta fusiforme, semejante a un torpedo, reduce la resistencia al desplazamiento a través del agua. Las aletas estabilizan y permiten maniobras finas, mientras la contracción del manto expulsa agua por el embudo, produciendo propulsión a chorro. Así, la pérdida de una concha externa favoreció una anatomía capaz de acelerar, cambiar de dirección y ocupar una posición ecológica de depredador activo en la columna de agua.
Evolutivamente, el gladio ilustra un cambio funcional importante: la concha dejó de ser una armadura protectora y pasó a convertirse en un soporte interno compatible con la velocidad. La selección favoreció cuerpos más ligeros, estrechos y aerodinámicos, o, más precisamente, hidrodinámicos, con menor masa mineral y mayor capacidad muscular. El resultado es un compromiso entre rigidez y flexibilidad: suficiente soporte para conservar una forma eficiente durante la natación, pero suficiente deformabilidad para ejecutar movimientos rápidos. En los calamares, la reducción de la concha no eliminó el esqueleto; lo transformó en una estructura especializada para la locomoción activa.
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