Del condrocráneo proceden principalmente estructuras profundas de la base craneal. Durante el desarrollo embrionario aparecen inicialmente como cartílago y posteriormente experimentan osificación endocondral. Entre sus derivados más importantes se encuentran gran parte del occipital, componentes del esfenoides, el etmoides y la porción petrosa del temporal, estrechamente asociada con el oído interno. El dermatocráneo, por su parte, aporta gran parte de la bóveda craneal mediante huesos que se forman predominantemente por osificación intramembranosa. Entre ellos destacan los frontales, los parietales y la porción escamosa del temporal. En el cráneo completo, el dermatocráneo también contribuye a huesos faciales como maxilares, nasales, lagrimales y al dentario, que constituye la mayor parte de la mandíbula (Kardong, 2019).
El esplacnocráneo posee una historia diferente y deriva fundamentalmente de los arcos faríngeos. En los mamíferos, algunos de sus elementos ancestrales fueron profundamente transformados: el articular originó el martillo, el cuadrado dio lugar al yunque y la hiomandíbula se relaciona evolutivamente con el estribo. Otros derivados contribuyen al hioides y a estructuras de la laringe. Así, el cráneo humano completo constituye un verdadero mosaico evolutivo, mientras que el neurocráneo, en sentido más preciso, resulta principalmente de la integración de componentes del condrocráneo y dermatocráneo.
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