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Los estomas
son poros regulables ubicados principalmente en la epidermis de
hojas y tallos jóvenes. Su función es permitir el intercambio de dióxido de
carbono, oxígeno y vapor de agua entre la planta y el
ambiente. En muchas plantas, los estomas se abren durante el día, cuando hay
luz suficiente para realizar fotosíntesis y se necesita entrada de CO₂.
Durante la noche suelen cerrarse, porque la fotosíntesis se reduce o se detiene
y mantenerlos abiertos solo aumentaría la pérdida de agua. La principal
excepción son muchas plantas CAM, como cactus y agaves, que abren sus
estomas de noche para ahorrar agua y almacenan CO₂ en forma de ácidos
orgánicos. Las plantas C4, en cambio, no abren necesariamente sus
estomas de noche, pero poseen mecanismos bioquímicos que les permiten usar el
CO₂ con mayor eficiencia.
Cada estoma está
rodeado por dos células de guarda o células oclusivas, encargadas
de abrir y cerrar el poro. Estas células cambian de forma según su turgencia,
es decir, según la presión interna producida por la entrada de agua. Cuando las
células de guarda absorben agua, se hinchan, se curvan y dejan abierto el poro
estomático. Cuando pierden agua, disminuye su turgencia, se relajan y el
poro se cierra. Este mecanismo permite equilibrar dos necesidades opuestas:
captar CO₂ para la fotosíntesis y evitar una pérdida excesiva de agua
por transpiración.
La apertura
estomática comienza cuando la planta detecta la luz solar, especialmente
la luz azul, cuyas longitudes de onda se encuentran aproximadamente
entre 400 y 500 nanómetros. La luz no solo es una fuente de energía para la
fotosíntesis; también actúa como una señal ambiental que modifica procesos
celulares y moleculares. En las células de guarda existen pigmentos y proteínas
sensibles a la luz azul, como las fototropinas, que activan rutas de
señalización. Estas rutas estimulan bombas de protones en la membrana
plasmática y preparan a la célula para modificar su balance iónico.
Una de las primeras
respuestas es la activación de una bomba de protones, que expulsa iones
hidrógeno, H⁺, desde el interior de las células de guarda hacia el exterior.
Este transporte requiere ATP, porque mueve protones en contra de su
gradiente de concentración. Como resultado, el interior de la célula queda
relativamente más negativo, mientras el exterior se vuelve más positivo. Esa
diferencia de cargas genera un potencial electroquímico que favorece la
entrada de otros iones. De manera paralela, pueden activarse procesos
metabólicos como la síntesis de malato y la degradación de almidón,
lo que aporta solutos adicionales al interior celular.
El siguiente paso
importante es el ingreso de iones potasio, K⁺, hacia las células de
guarda. Estos iones entran por canales de membrana sensibles al voltaje, que se
abren cuando la diferencia eléctrica entre ambos lados de la membrana alcanza
un nivel adecuado. Este proceso se parece, en cierto sentido, a otros
mecanismos biológicos donde los cambios de voltaje controlan la apertura de
canales iónicos, aunque en las plantas no cumple la misma función que los
impulsos nerviosos animales. La entrada de potasio aumenta la concentración
interna de solutos y prepara a la célula para atraer agua.
Además del potasio,
también participan otros solutos, como iones cloruro, Cl⁻, y malato,
que ayudan a mantener el equilibrio eléctrico y osmótico. El malato puede
formarse a partir del metabolismo interno de las células de guarda, mientras
que el cloruro puede ingresar desde células vecinas. La acumulación conjunta de
K⁺, Cl⁻, malato y otros compuestos solubles reduce el potencial hídrico dentro
de las células de guarda. En términos sencillos, el interior celular queda más
concentrado que el exterior, por lo que el agua tiende a entrar por ósmosis.
Cuando el agua
entra en las células de guarda, aumenta la presión de turgencia. Debido
a que estas células tienen paredes con engrosamientos desiguales y una
orientación particular de fibras de celulosa, no se hinchan como globos
uniformes. En lugar de eso, se curvan de manera coordinada y separan sus
paredes internas, formando la abertura del estoma. Así, el poro se abre y
permite la entrada de CO₂ hacia los tejidos fotosintéticos internos de la hoja.
Al mismo tiempo, salen O₂ y vapor de agua, lo que muestra la ventaja y el costo
de este mecanismo.
El cierre de los
estomas no es simplemente la inversión exacta del proceso de apertura. Durante
el día, las concentraciones de potasio en las células de guarda pueden
disminuir gradualmente, mientras otros solutos, como la sacarosa, ayudan
a mantener la presión osmótica. Esta sacarosa puede provenir de la fotosíntesis
local o de la degradación de almidón almacenado en las propias células de
guarda. Mientras haya suficientes solutos, el agua permanece dentro de las
células, la turgencia se mantiene y el estoma continúa abierto.
Al acercarse el
atardecer, cambian las señales luminosas y metabólicas. Parte de la sacarosa
puede convertirse nuevamente en almidón, una molécula osmóticamente
menos activa. Al disminuir la concentración de solutos libres, las células de
guarda pierden presión osmótica, el agua sale hacia células vecinas y la
turgencia disminuye. Como consecuencia, las células pierden su curvatura y el poro
estomático se cierra paulatinamente. Este cierre nocturno reduce la pérdida
de agua cuando ya no hay suficiente luz para sostener una fotosíntesis intensa.
El movimiento
estomático también responde a condiciones ambientales como sequía,
temperatura, humedad del aire, concentración interna de CO₂ y señales
hormonales. Una hormona clave es el ácido abscísico, que aumenta cuando
la planta sufre déficit de agua. Esta señal favorece la salida de iones, reduce
la turgencia de las células de guarda y provoca el cierre estomático. De esta
forma, los estomas funcionan como válvulas microscópicas que integran luz, agua,
metabolismo y ambiente. Su comportamiento no busca maximizar una sola función,
sino optimizar el equilibrio entre fotosíntesis, transpiración y
supervivencia vegetal.
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