El gas metabólicamente más importante para los animales aeróbicos es el oxígeno, aunque representa solo cerca de una quinta parte del aire. Este O₂ pasa desde los alvéolos hacia la sangre, se une a la hemoglobina y llega hasta las células, donde participa en la respiración celular aeróbica como aceptor final de electrones. Allí permite producir ATP, la molécula energética que sostiene funciones como movimiento, crecimiento, reparación celular, actividad nerviosa y mantenimiento de la temperatura corporal. Así, un gas minoritario frente al nitrógeno termina siendo fisiológicamente decisivo para animales, hongos y muchos microorganismos.
El grupo “otros gases” parece pequeño en la gráfica, pero incluye sustancias de gran importancia biológica, como dióxido de carbono, vapor de agua, argón y otros componentes en menor proporción. El CO₂, aunque está en cantidades muy bajas, es esencial para la fotosíntesis de plantas, algas y cianobacterias, además de participar en el equilibrio del pH sanguíneo. El vapor de agua influye en la humedad, la desecación y la ventilación de superficies respiratorias. Por tanto, la importancia metabólica de un gas no depende solo de su abundancia, sino de su reactividad, disponibilidad y función en los seres vivos.
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