Estas emisiones tienen efectos ambientales y sanitarios relevantes. Los NOₓ participan en la formación de ozono troposférico y smog fotoquímico, irritando las vías respiratorias, mientras que los SOₓ se transforman en ácidos sulfúrico y sulfuroso, responsables de la lluvia ácida que daña suelos, cuerpos de agua y materiales de construcción. En la estratósfera, los NOₓ pueden intervenir en ciclos que afectan el ozono, aunque el impacto principal de los vehículos ocurre en la baja atmósfera. En conjunto, estas emisiones contribuyen a problemas de salud pública y a la degradación de ecosistemas.
Desde la década de 1970, la industria y la regulación han reducido estos contaminantes mediante combustibles más limpios (bajo azufre), procesos de hidrodesulfuración y control de compuestos nitrogenados. Paralelamente, los vehículos incorporan catalizadores de tres vías, recirculación de gases de escape (EGR) y sistemas de inyección más precisos. Las normas EURO han impulsado límites cada vez más estrictos, disminuyendo notablemente NOₓ y SOₓ. La combinación de refinación avanzada y motores eficientes ha sido clave para mitigar el impacto ambiental del transporte.
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