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viernes, 24 de abril de 2026

Cosmos: una odisea del tiempo y el espacio. Capítulo 3: Cuando el conocimiento venció al miedo.

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Sección 1: Los cometas.

Las estrellas han fascinado a la humanidad desde tiempos remotos, no solo por su belleza, sino porque ofrecían un cielo aparentemente ordenado en medio de la incertidumbre terrestre. Los seres humanos desarrollaron, a lo largo de su evolución, una notable capacidad para reconocer patrones, una habilidad clave para la supervivencia: identificar huellas, distinguir depredadores en la vegetación o anticipar ciclos naturales. Esta tendencia a organizar visualmente la información permitió a nuestros antepasados tomar decisiones rápidas y efectivas. Sin embargo, la misma capacidad que favoreció la supervivencia también tiene un efecto secundario: la tendencia a percibir patrones donde no los hay realmente, fenómeno conocido hoy como pareidolia.

En el cielo nocturno, esta inclinación se manifiesta de manera particularmente clara. Al observar grupos de estrellas dispersas en la bóveda celeste, resulta casi inevitable conectarlas mentalmente mediante líneas imaginarias para formar figuras reconocibles. Así nacen las constelaciones, que no son agrupaciones físicas reales de estrellas relacionadas entre sí, sino construcciones culturales basadas en la percepción humana. Desde un punto de vista astronómico, muchas de las estrellas que parecen cercanas en una constelación pueden estar separadas por distancias enormes en el espacio tridimensional, sin ninguna relación entre ellas más allá de la perspectiva desde la Tierra.

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Figura 1. [Neil deGrasse Tyson] Neil deGrasse Tyson es un astrofísico y divulgador estadounidense nacido en 1958. Estudió en Harvard y Columbia, investigó sobre la Vía Láctea y dirigió el Hayden Planetarium. Alcanzó gran fama por su labor de divulgación científica en libros, conferencias, StarTalk y Cosmos, acercando la astronomía al público general con claridad, humor y rigor.

Cada cultura, influida por su entorno, su historia y su cosmovisión, proyectó en el cielo sus propios símbolos. Algunas civilizaciones imaginaron cazadores, animales o dioses, mientras que otras vieron herramientas, figuras cotidianas o elementos naturales propios de su geografía. Por ejemplo, lo que en la tradición occidental se conoce como Orión ha sido interpretado de formas muy distintas en otras culturas. Esto evidencia que las constelaciones no son descubrimientos universales, sino interpretaciones humanas de un mismo cielo. Así, el firmamento se convirtió en un lienzo donde la mente humana, en su búsqueda constante de sentido, dibujó historias, mitos y referencias que ayudaron a orientarse tanto física como culturalmente en el mundo.

Sin embargo, aunque las constelaciones como figuras eran construcciones culturales, las posiciones aparentes de las estrellas a lo largo del año sí seguían patrones reales y predecibles. Estos movimientos, determinados por la traslación de la Tierra alrededor del Sol, permitieron a las sociedades antiguas desarrollar calendarios empíricos. La salida heliaca de ciertos grupos estelares indicaba momentos clave para la caza, la migración o la agricultura. Por ejemplo, en muchas regiones la aparición de determinadas estrellas anunciaba la llegada de las lluvias o de estaciones frías, lo que permitía anticipar cambios ambientales cruciales para la supervivencia. Así, el cielo nocturno no solo era un espacio simbólico, sino también una herramienta práctica para organizar la vida.

Figura 2. La [Astronomía sumeria] surgió en la primera civilización urbana, ligada al calendario, la religión y la administración. Los sumerios observaron el cielo para regular cultivos, festividades y tiempos rituales. Gracias a sus escribas y a su matemática sexagesimal, desarrollaron una forma temprana de astronomía práctica. Ese saber sirvió de base a tradiciones mesopotámicas posteriores más complejas.

Figura 3. La [Astronomía egipcia] observaba el cielo para regular el tiempo, la agricultura y los rituales. La estrella Sirio, el Nilo y el calendario de 365 días fueron claves en ese sistema. Además, este conocimiento reforzaba el poder del faraón, presentado como garante de la maat, es decir, del orden cósmico, social y religioso.

En contraste con esta regularidad, la aparición de cometas representaba una ruptura inquietante del orden celeste. A diferencia de las estrellas, que mantenían posiciones relativamente fijas entre sí, los cometas surgían de manera inesperada, desplazándose visiblemente noche tras noche. Esta imprevisibilidad llevó a muchas culturas a interpretarlos como presagios o mensajes divinos, generalmente asociados a eventos negativos. En la tradición europea medieval, por ejemplo, se hablaba de “mala estrella” o desastre, vinculando los cometas con guerras, hambrunas o epidemias. La irregularidad de su aparición reforzaba la idea de que eran señales extraordinarias, ajenas al orden natural conocido.

Diversos pueblos desarrollaron interpretaciones específicas sobre estos fenómenos. Entre los masái del África oriental, los cometas podían asociarse con hambrunas; en tradiciones de pueblos del sur de África, como los zulúes, se vinculaban con la guerra. En la región del África central, grupos como los Luba interpretaban su aparición como señal de la muerte de un líder, mientras que en otras zonas se asociaban con enfermedades devastadoras como la viruela. Por su parte, la astronomía china desarrolló una de las clasificaciones más detalladas: los cometas eran descritos según su forma y el número de colas visibles, y cada tipo se relacionaba con distintos augurios, desde desastres naturales hasta crisis políticas. Estas interpretaciones muestran cómo un mismo fenómeno astronómico fue integrado en múltiples sistemas culturales como símbolo de incertidumbre y cambio.

La ciencia permite precisamente distinguir entre patrones reales y aparentes, separando regularidades físicas de interpretaciones culturales o intuitivas. En el caso de los cometas, el pensamiento naturalista —basado en observación sistemática, medición y modelización— permitió abandonar la idea de presagios y comprenderlos como objetos astronómicos regidos por las mismas leyes físicas que gobiernan el resto del sistema solar. A partir de los trabajos de Edmond Halley en 1705, quien demostró que ciertos cometas regresan periódicamente siguiendo órbitas elípticas, se consolidó la idea de que no eran fenómenos caóticos o sobrenaturales, sino cuerpos con trayectorias predecibles. Este cambio marcó un paso clave en la transición desde interpretaciones simbólicas hacia explicaciones científicas.

Un cometa es un cuerpo celeste compuesto principalmente por hielos volátiles (como agua, dióxido de carbono o amoníaco) mezclados con material rocoso y orgánico, formando un núcleo sólido. Cuando el cometa se encuentra lejos del Sol, permanece como un bloque oscuro y frío; pero al acercarse, el aumento de temperatura provoca la sublimación de los hielos, liberando gas y polvo que forman una envoltura difusa llamada coma y las características colas cometarias. Estas colas no apuntan en la dirección del movimiento, sino en sentido opuesto al Sol, debido a la acción del viento solar y la radiación. Este comportamiento, aparentemente extraño para un observador antiguo, es en realidad una consecuencia directa de procesos físicos bien comprendidos.

Con el tiempo, los cometas pueden perder gran parte de sus materiales volátiles tras múltiples pasos cercanos al Sol. Cuando esto ocurre, el núcleo puede quedar empobrecido en hielos y adquirir características más similares a las de un asteroide oscuro, aunque no todos los asteroides provienen de cometas ni todos los cometas evolucionan de la misma manera. En algunos casos se habla de cometas extintos o inactivos, que han perdido su capacidad de formar coma y colas visibles. Esta continuidad entre cometas y ciertos asteroides muestra que las categorías no son absolutas, sino que reflejan etapas dentro de un proceso evolutivo dinámico, reafirmando que incluso los objetos celestes siguen trayectorias naturales explicables sin recurrir a interpretaciones sobrenaturales.

La mayoría de los cometas se consideran remanentes primitivos de los materiales que no llegaron a incorporarse a los planetas durante la formación del sistema solar hace unos 4.6 mil millones de años. Estos cuerpos se concentran en regiones periféricas muy distantes, especialmente en la llamada nube de Oort, una vasta envoltura aproximadamente esférica que rodea al sistema solar y que puede extenderse hasta decenas de miles de unidades astronómicas, es decir, distancias comparables a una fracción significativa de un año luz. Esta estructura recibe su nombre del astrónomo neerlandés Jan Oort, quien en 1950 propuso su existencia para explicar el origen de los cometas de período largo.

Figura 4. [Jan Oort] Jan Oort fue un astrónomo neerlandés clave en la astronomía moderna. Demostró que la Vía Láctea rota de forma diferencial, dirigió el Observatorio de Leiden e impulsó la radioastronomía. Su nombre quedó ligado a la constante de Oort y a la nube de Oort, propuesta para explicar el origen de muchos cometas de largo período.

Oort intentaba resolver una aparente paradoja dinámica: si los cometas entran repetidamente en el sistema solar interno, deberían ser rápidamente eliminados por interacciones gravitatorias, especialmente con Júpiter, el planeta más masivo. Algunos cometas son desviados hacia órbitas cerradas, pero muchos otros son acelerados y expulsados definitivamente al espacio interestelar. Sin embargo, las observaciones muestran que nuevos cometas siguen apareciendo, lo que sugiere la existencia de un reservorio lejano que los repone continuamente. A partir de la frecuencia de aparición de cometas de período largo, Oort dedujo que debía existir una nube esférica de miles de millones de núcleos cometarios débilmente ligados al Sol, perturbados ocasionalmente por el paso de estrellas cercanas o por mareas galácticas que los envían hacia el interior del sistema solar.

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Figura 5. La carrera de astronomía forma profesionales para estudiar el universo mediante física, matemáticas, computación y observación. No consiste solo en mirar el cielo, sino en analizar datos, construir modelos y usar tecnología avanzada. Su importancia radica en ampliar el conocimiento del cosmos, impulsar innovaciones técnicas y fortalecer una comprensión científica y cultural de nuestro lugar en el universo.

Aunque la nube de Oort no ha sido observada directamente, su existencia está fuertemente respaldada por la mecánica celeste newtoniana, que sigue siendo extraordinariamente precisa para describir la dinámica orbital a gran escala. En paralelo, Oort estudió del entorno galáctico, lo que le permitió estimar la posición del sistema solar dentro de la Vía Láctea, una galaxia en forma de disco con cientos de miles de millones de estrellas. Nuestro sistema se encuentra a unos 25 000–30 000 años luz del centro galáctico, en una región relativamente estable conocida como el brazo de Orión. Estas estimaciones, desarrolladas progresivamente durante el siglo XX a partir de datos de estrellas variables y cúmulos globulares, también revelaron que las regiones centrales de la galaxia son mucho más energéticas y peligrosas, con alta densidad estelar, radiación intensa y fenómenos extremos como explosiones de supernovas o la influencia de un agujero negro supermasivo, lo que refuerza la idea de que habitamos una zona relativamente tranquila del entorno galáctico.

Regresando a la nube de Oort, la mayoría de los núcleos cometarios se mantienen en un equilibrio dinámico entre su energía cinética y la atracción gravitacional del Sol, describiendo órbitas extremadamente amplias y débiles. Sin embargo, este equilibrio puede alterarse por perturbaciones gravitacionales externas, como el paso de estrellas cercanas o las mareas galácticas, lo que hace que algunos cuerpos pierdan estabilidad y comiencen a desplazarse hacia el interior del sistema solar. Este viaje no es inmediato: puede tomar millones de años, ya que los cometas se mueven a velocidades relativamente bajas en esas regiones lejanas. Durante su descenso, muchos son desviados o capturados por los gigantes gaseosos —especialmente Júpiter, pero también Saturno y Neptuno—, que actúan como verdaderos filtros gravitacionales, expulsando gran parte de estos objetos o alterando sus trayectorias.

Figura 6. La [Astronomía medieval] estuvo muy influida por la astrología y usó un lenguaje mezcla de explicación natural y sentido simbólico. Aunque hubo tensiones con la Iglesia, muchos sacerdotes y monjes la practicaron para calcular calendarios y festividades, como Beda o Silvestre II. Fue una tradición importante, aunque con fronteras difusas entre ciencia, teología y astrología.

Solo una fracción de estos cometas logra penetrar en el sistema solar interno, donde la influencia del Sol se vuelve dominante. Al acercarse, el aumento de temperatura provoca la sublimación rápida de los hielos superficiales, generando una nube de gas y polvo (la coma) y las características colas cometarias. Este proceso puede ocurrir de manera intensa incluso a grandes distancias del Sol, dependiendo de la composición del cometa. Con cada paso cercano, el cometa pierde parte de su material, lo que explica por qué muchos tienen una vida activa limitada. En consecuencia, el sistema solar interno es un entorno hostil para estos cuerpos: solo los más grandes o los que siguen órbitas muy alargadas logran sobrevivir múltiples visitas.

Entre todos ellos, el más famoso es el cometa Halley, un objeto suficientemente grande como para resistir numerosos pasos cercanos al Sol sin agotarse rápidamente. Durante siglos, su aparición periódica —aproximadamente cada 76 años— fue motivo de temor y asombro, ya que las culturas antiguas no podían prever su regreso. Fue gracias al trabajo de Isaac Newton, quien formuló las leyes del movimiento y la gravitación, y de su colega y amigo Edmond Halley, que se logró identificar el patrón orbital de este cometa. En 1705, Halley predijo correctamente su retorno para 1758, demostrando que no se trataba de fenómenos aleatorios, sino de objetos celestes con trayectorias regulares. Este logro marcó un punto decisivo en la historia de la ciencia: transformó un presagio temido en un fenómeno natural comprensible y predecible.

Sección 2: Halley, Hooke y Wren.

En 1664 apareció un gran cometa en los cielos de Europa, y como era habitual en una época todavía dominada por la mezcla de astronomía, astrología y temor religioso, muchos lo interpretaron como anuncio de desgracias. Todo lo malo que de todos modos estaba ocurriendo, o que ocurriría poco después, fue atribuido al cometa: la plaga, el incendio de Londres y otros males públicos. Para gran parte de la población, los cometas seguían siendo señales ominosas, presagios celestes cargados de significado moral o divino. Sin embargo, entre algunos hombres de ciencia comenzaba a abrirse paso otra actitud: la de observar, medir y pensar estos fenómenos como parte del orden natural. Entre esos pocos destacó de manera especial Edmond Halley, quien pertenecía ya a una generación más inclinada a explicar el cielo mediante cálculos y observaciones que mediante supersticiones.

Edmond Halley

Halley era hijo de Edmond Halley padre, un acaudalado fabricante y comerciante de jabón de Londres, hombre próspero que pudo financiar la educación de su hijo y sostener sus primeros trabajos científicos. Gracias a ese respaldo económico, el joven Halley recibió una formación excelente y pudo dedicarse tempranamente a la astronomía con una libertad poco común. Estudió en St Paul’s School y luego en Oxford, donde demostró gran habilidad para la observación astronómica. Su padre no solo costeó su educación formal, sino también instrumentos, viajes y proyectos ambiciosos que habrían sido imposibles para muchos otros jóvenes estudiosos de la época. Ese apoyo fue decisivo para que Halley pasara rápidamente de estudiante talentoso a figura prometedora dentro de la ciencia inglesa.

Figura 7. [Edmund Halley] fue un astrónomo inglés nacido en 1656, célebre por sus estudios del cielo, del magnetismo terrestre y de la navegación. Muy joven ganó prestigio al cartografiar las estrellas del hemisferio sur. Su mayor fama proviene de haber identificado la periodicidad del cometa Halley. También fue decisivo al impulsar la publicación de los Principia de Newton. Más tarde llegó a ser Astrónomo Real y director del Observatorio de Greenwich. Su legado representa el paso de una visión supersticiosa del cielo a una astronomía matemática basada en observación, cálculo y predicción rigurosa.

Uno de esos primeros grandes proyectos fue la expedición a la isla de Santa Helena, en el Atlántico sur, emprendida para cartografiar las estrellas del hemisferio sur. Allí Halley realizó observaciones sistemáticas con la intención de completar el mapa celeste, todavía muy incompleto desde la perspectiva europea. Aunque el clima dificultó parte del trabajo, la empresa consolidó su prestigio y mostró con claridad el cambio de mentalidad de su tiempo: frente al cometa visto como augurio, Halley representaba al observador que miraba el cielo no para adivinar calamidades, sino para comprender las leyes naturales que gobiernan los astros.

Su trabajo, aunque frustrante durante casi un año por las dificultades del clima y de la observación en Santa Helena, le valió un reconocimiento enorme al regresar a Londres. Halley no había emprendido un viaje exótico por simple curiosidad, sino una empresa científicamente ambiciosa: cartografiar las estrellas del hemisferio sur, todavía mucho menos conocidas por los observadores europeos. Gracias a ese esfuerzo, marinos, comerciantes y navegantes tendrían una referencia más precisa para orientarse en los mares australes, algo de gran valor para una potencia en plena expansión marítima. Así, su trabajo no solo enriquecía el conocimiento astronómico, sino que también servía de apoyo práctico a la navegación, al comercio y, en último término, al crecimiento del Imperio Británico, cada vez más dependiente de rutas oceánicas seguras y bien medidas.

Pero el logro más importante para Halley no fue solamente su utilidad para mercaderes y capitanes, sino el prestigio científico que obtuvo allí donde realmente importaba en la Inglaterra culta de su tiempo: la Royal Society de Londres. En esos años, la Society se estaba consolidando como uno de los grandes centros de reunión, validación y circulación del saber experimental. En el contexto del ascenso comercial y marítimo británico, aquella institución comenzaba a convertirse en un verdadero repositorio del conocimiento científico del mundo, atrayendo observaciones, instrumentos, cartas, informes y discusiones procedentes de muchos lugares. Ser reconocido por la Royal Society no significaba solo recibir elogios; significaba ingresar en el espacio donde la observación disciplinada, el experimento y el cálculo adquirían autoridad pública y duradera.

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Figura 8. Las [leyes de Kepler] describen que los planetas se mueven en órbitas elípticas, cambian su velocidad orbital y siguen una proporción matemática entre distancia y período. Formulárlas fue difícil para Kepler, porque tuvo que abandonar su creencia en la perfección del círculo. Su gran mérito fue aceptar la evidencia aunque contradijera sus ideas más profundas.

El trabajo de Halley captó en particular la atención de Robert Hooke, una de las figuras más brillantes y complejas de la ciencia inglesa del siglo XVII. Hooke, entonces personaje central de la Royal Society y responsable de buena parte de su actividad experimental, poseía un talento extraordinario para los instrumentos, la observación y la interpretación de fenómenos naturales. También era un hombre exigente, competitivo y agudísimo para detectar promesas científicas. De él, curiosamente, no se conocen retratos exactos y seguros, lo que ha contribuido a rodear su figura de cierto misterio histórico. Que Hooke se fijara en Halley era ya una señal decisiva: significaba que aquel joven astrónomo no regresaba solo con un catálogo de estrellas, sino con una reputación capaz de abrirle las puertas del más alto mundo científico de su época.

Robert Hooke

Robert Hooke también realizó aportes científicos propios de enorme importancia y no fue solo una figura secundaria en torno a otros nombres más famosos. Entre sus trabajos más recordados está el perfeccionamiento de uno de los primeros microscopios compuestos de mesa, instrumento con el que pudo observar estructuras diminutas con un detalle sin precedentes para su época. En su célebre obra Micrographia, publicada en 1665, describió por primera vez lo que llamó “cells” al examinar finas láminas de corcho. Usó esa palabra inglesa, que significa celda o pequeño compartimento, porque aquellas cavidades le recordaban las celdas de un monasterio, no porque fueran verdaderas células vivas en el sentido moderno. Aun así, aquella observación fue histórica, porque abrió una nueva manera de estudiar la estructura íntima de los seres vivos y convirtió a Hooke en uno de los pioneros de la microscopía.

Figura 9. [Christopher Wren] fue un científico, matemático y arquitecto inglés del siglo XVII. Antes de destacar en la reconstrucción de Londres tras el Gran Incendio, trabajó en astronomía, geometría e instrumentación científica dentro del ambiente de la Royal Society. Su obra más célebre fue la catedral de San Pablo, símbolo duradero de Londres y de su genio técnico y artístico.

Su prestigio era tan grande que, después del Gran Incendio de Londres de 1666, las autoridades lo pusieron a trabajar junto con Christopher Wren en tareas de medición, topografía y reconstrucción urbana. Hooke no fue solo un hombre de laboratorio, sino también un técnico brillante, capaz de aplicar conocimientos matemáticos, mecánicos y arquitectónicos a problemas concretos de la ciudad. Además, formuló una de las primeras leyes científicas expresadas con claridad en lenguaje matemático: la relación entre la fuerza aplicada a un resorte y su deformación elástica, principio que hoy conocemos como ley de Hooke.

Hooke también participó en el desarrollo de la bomba de aire o máquina de vacío, especialmente en colaboración con Robert Boyle, y gracias a ella pudo estudiar fenómenos relacionados con la presión, la respiración y el comportamiento de los gases. Así, Hooke aparece como una figura extraordinariamente versátil: microscopista, físico, inventor, topógrafo, constructor de instrumentos y experimentador incansable. Su carrera muestra que la ciencia del siglo XVII no avanzó solo por grandes teorías, sino también por manos capaces de diseñar aparatos, observar con paciencia y traducir la naturaleza a medidas, dibujos y relaciones matemáticas.

La apuesta del café

Durante aquella época, el café se había convertido en la bebida predilecta de intelectuales, comerciantes y hombres curiosos por las novedades del mundo. Las cafeterías de Londres no eran simples lugares de descanso, sino verdaderos centros de intercambio de ideas, casi laboratorios sociales donde se discutían asuntos de comercio, política, filosofía natural y astronomía. En ese ambiente, Edmond Halley, Robert Hooke y Christopher Wren solían reunirse para conversar y debatir problemas científicos. Fue en ese contexto donde cobró fuerza una gran pregunta: ¿por qué los planetas se mueven como lo hacen? No se trataba de una simple curiosidad abstracta. Comprender el orden del sistema solar significaba acercarse a una ley general de la naturaleza, una clave matemática capaz de mostrar que los cielos no obedecían caprichos divinos o cualidades ocultas, sino principios racionales y universales.

El problema tenía ya una base importante. Unos ochenta años antes, Johannes Kepler había demostrado que los planetas no se movían en círculos perfectos, sino en órbitas elípticas alrededor del Sol. También había establecido que su rapidez orbital variaba: los planetas se desplazan más rápido cuando están cerca del Sol y más lentamente cuando están lejos. Kepler había logrado expresar estas regularidades en forma de leyes matemáticas empíricas, extraordinariamente eficaces para predecir posiciones, pero todavía faltaba algo decisivo: una explicación unificadora. La gran ambición de aquellos hombres era descubrir qué propiedad del Sol o qué interacción física mantenía ligados a los planetas y producía exactamente esos movimientos. En otras palabras, querían pasar de una descripción matemática del fenómeno a una causa física formulada también en lenguaje matemático.

De los tres, Christopher Wren parecía especialmente fascinado por el problema, pero no conseguía hallar el objeto matemático correcto que resolviera la cuestión. Entonces, según la tradición, ofreció una recompensa simbólica: una apuesta de café para quien lograra demostrar la ley buscada. Hooke, brillante pero también inclinado al alarde, afirmó que conocía la solución o que al menos estaba cerca de ella, aunque tardó en presentar una demostración rigurosa y publicada. Esa demora empezó a agotar la paciencia de Halley, que quería menos insinuaciones y más matemáticas concluyentes. Aquella tensión intelectual sería el preludio de uno de los episodios más famosos de la historia de la ciencia, porque empujaría a Halley a buscar a un hombre capaz de resolver el problema de verdad: Isaac Newton.

Según la tradición, llegó a oídos de Edmond Halley el rumor persistente sobre un matemático brillante, excéntrico y de trato difícil, pero descrito por muchos como un genio fuera de lo común: Isaac Newton. Newton ya había mostrado una capacidad intelectual asombrosa desde muy joven. Durante los años de su primera madurez, cuando la universidad de Cambridge sufrió interrupciones por la peste, desarrolló ideas fundamentales sobre la naturaleza de la luz, formuló resultados decisivos en matemáticas y comenzó a construir un nuevo tipo de instrumento astronómico: el telescopio reflector, que empleaba espejos en lugar de lentes. Este diseño reducía ciertos problemas ópticos de los telescopios refractores y ofrecía imágenes más nítidas, convirtiéndose en una innovación de enorme importancia para la astronomía moderna.

Sin embargo, el enorme talento de Newton venía acompañado de una personalidad compleja. Era reservado, muy sensible a la crítica y poco inclinado a la discusión pública prolongada. Tras sus disputas con Robert Hooke sobre cuestiones relacionadas con la óptica y la prioridad de ciertas ideas, Newton tendió a replegarse aún más en su trabajo y en su vida académica en Cambridge. Su carácter ha dado lugar a muchas interpretaciones históricas, pero lo seguro es que prefería el aislamiento intelectual y que reaccionaba mal ante la confrontación directa. No era una figura socialmente cómoda, sino un pensador intensamente concentrado, capaz de sostener por años investigaciones en soledad antes de decidirse a publicarlas. Esa mezcla de genio creador, susceptibilidad y retraimiento hacía que muchos lo admiraran a distancia.

Figura 10. La relación entre [Newton y Hooke] fue tensa y competitiva. Ambos fueron figuras clave de la Royal Society, pero chocaron por su carácter y por disputas de prioridad científica. Se enfrentaron especialmente en óptica y gravitación. Hooke aportó ideas e intuiciones; Newton desarrolló formulaciones matemáticas mucho más profundas. Su vínculo fue científicamente fértil, pero humanamente amargo.

La visita de Halley sería, por eso, decisiva. Halley no solo iba en busca de una respuesta matemática al problema de los planetas, sino también a sacar a Newton, al menos en parte, de su repliegue.

Continuara

Referencias

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Donahue, W. H. (1994). Kepler’s invention of the second planetary law. The British Journal for the History of Science, 27(3), 261–273.

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Halley, E. (1705). A synopsis of the astronomy of comets. John Senex.

Henderson, F. (2010, December 3). Hooke, Newton, and the “missing” portrait. The Royal Society.

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Sagan, C. (1980). Cosmos. Random House.

Voelkel, J. R. (1999). Publish or perish: Legal contingencies and the publication of Kepler’s Astronomia nova. Science in Context, 12(1), 33–59.

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