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viernes, 24 de abril de 2026

Cosmos: una odisea del tiempo y el espacio. Capítulo 3: Cuando el conocimiento venció al miedo.

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Sección 1: Los cometas.

Las estrellas han fascinado a la humanidad desde tiempos remotos, no solo por su belleza, sino porque ofrecían un cielo aparentemente ordenado en medio de la incertidumbre terrestre. Los seres humanos desarrollaron, a lo largo de su evolución, una notable capacidad para reconocer patrones, una habilidad clave para la supervivencia: identificar huellas, distinguir depredadores en la vegetación o anticipar ciclos naturales. Esta tendencia a organizar visualmente la información permitió a nuestros antepasados tomar decisiones rápidas y efectivas. Sin embargo, la misma capacidad que favoreció la supervivencia también tiene un efecto secundario: la tendencia a percibir patrones donde no los hay realmente, fenómeno conocido hoy como pareidolia.

En el cielo nocturno, esta inclinación se manifiesta de manera particularmente clara. Al observar grupos de estrellas dispersas en la bóveda celeste, resulta casi inevitable conectarlas mentalmente mediante líneas imaginarias para formar figuras reconocibles. Así nacen las constelaciones, que no son agrupaciones físicas reales de estrellas relacionadas entre sí, sino construcciones culturales basadas en la percepción humana. Desde un punto de vista astronómico, muchas de las estrellas que parecen cercanas en una constelación pueden estar separadas por distancias enormes en el espacio tridimensional, sin ninguna relación entre ellas más allá de la perspectiva desde la Tierra.

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Figura 1. [Neil deGrasse Tyson] Neil deGrasse Tyson es un astrofísico y divulgador estadounidense nacido en 1958. Estudió en Harvard y Columbia, investigó sobre la Vía Láctea y dirigió el Hayden Planetarium. Alcanzó gran fama por su labor de divulgación científica en libros, conferencias, StarTalk y Cosmos, acercando la astronomía al público general con claridad, humor y rigor.

Cada cultura, influida por su entorno, su historia y su cosmovisión, proyectó en el cielo sus propios símbolos. Algunas civilizaciones imaginaron cazadores, animales o dioses, mientras que otras vieron herramientas, figuras cotidianas o elementos naturales propios de su geografía. Por ejemplo, lo que en la tradición occidental se conoce como Orión ha sido interpretado de formas muy distintas en otras culturas. Esto evidencia que las constelaciones no son descubrimientos universales, sino interpretaciones humanas de un mismo cielo. Así, el firmamento se convirtió en un lienzo donde la mente humana, en su búsqueda constante de sentido, dibujó historias, mitos y referencias que ayudaron a orientarse tanto física como culturalmente en el mundo.

Sin embargo, aunque las constelaciones como figuras eran construcciones culturales, las posiciones aparentes de las estrellas a lo largo del año sí seguían patrones reales y predecibles. Estos movimientos, determinados por la traslación de la Tierra alrededor del Sol, permitieron a las sociedades antiguas desarrollar calendarios empíricos. La salida heliaca de ciertos grupos estelares indicaba momentos clave para la caza, la migración o la agricultura. Por ejemplo, en muchas regiones la aparición de determinadas estrellas anunciaba la llegada de las lluvias o de estaciones frías, lo que permitía anticipar cambios ambientales cruciales para la supervivencia. Así, el cielo nocturno no solo era un espacio simbólico, sino también una herramienta práctica para organizar la vida.

Figura 2. La [Astronomía sumeria] surgió en la primera civilización urbana, ligada al calendario, la religión y la administración. Los sumerios observaron el cielo para regular cultivos, festividades y tiempos rituales. Gracias a sus escribas y a su matemática sexagesimal, desarrollaron una forma temprana de astronomía práctica. Ese saber sirvió de base a tradiciones mesopotámicas posteriores más complejas.

Figura 3. La [Astronomía egipcia] observaba el cielo para regular el tiempo, la agricultura y los rituales. La estrella Sirio, el Nilo y el calendario de 365 días fueron claves en ese sistema. Además, este conocimiento reforzaba el poder del faraón, presentado como garante de la maat, es decir, del orden cósmico, social y religioso.

En contraste con esta regularidad, la aparición de cometas representaba una ruptura inquietante del orden celeste. A diferencia de las estrellas, que mantenían posiciones relativamente fijas entre sí, los cometas surgían de manera inesperada, desplazándose visiblemente noche tras noche. Esta imprevisibilidad llevó a muchas culturas a interpretarlos como presagios o mensajes divinos, generalmente asociados a eventos negativos. En la tradición europea medieval, por ejemplo, se hablaba de “mala estrella” o desastre, vinculando los cometas con guerras, hambrunas o epidemias. La irregularidad de su aparición reforzaba la idea de que eran señales extraordinarias, ajenas al orden natural conocido.

Diversos pueblos desarrollaron interpretaciones específicas sobre estos fenómenos. Entre los masái del África oriental, los cometas podían asociarse con hambrunas; en tradiciones de pueblos del sur de África, como los zulúes, se vinculaban con la guerra. En la región del África central, grupos como los Luba interpretaban su aparición como señal de la muerte de un líder, mientras que en otras zonas se asociaban con enfermedades devastadoras como la viruela. Por su parte, la astronomía china desarrolló una de las clasificaciones más detalladas: los cometas eran descritos según su forma y el número de colas visibles, y cada tipo se relacionaba con distintos augurios, desde desastres naturales hasta crisis políticas. Estas interpretaciones muestran cómo un mismo fenómeno astronómico fue integrado en múltiples sistemas culturales como símbolo de incertidumbre y cambio.

La ciencia permite precisamente distinguir entre patrones reales y aparentes, separando regularidades físicas de interpretaciones culturales o intuitivas. En el caso de los cometas, el pensamiento naturalista —basado en observación sistemática, medición y modelización— permitió abandonar la idea de presagios y comprenderlos como objetos astronómicos regidos por las mismas leyes físicas que gobiernan el resto del sistema solar. A partir de los trabajos de Edmond Halley en 1705, quien demostró que ciertos cometas regresan periódicamente siguiendo órbitas elípticas, se consolidó la idea de que no eran fenómenos caóticos o sobrenaturales, sino cuerpos con trayectorias predecibles. Este cambio marcó un paso clave en la transición desde interpretaciones simbólicas hacia explicaciones científicas.

Un cometa es un cuerpo celeste compuesto principalmente por hielos volátiles (como agua, dióxido de carbono o amoníaco) mezclados con material rocoso y orgánico, formando un núcleo sólido. Cuando el cometa se encuentra lejos del Sol, permanece como un bloque oscuro y frío; pero al acercarse, el aumento de temperatura provoca la sublimación de los hielos, liberando gas y polvo que forman una envoltura difusa llamada coma y las características colas cometarias. Estas colas no apuntan en la dirección del movimiento, sino en sentido opuesto al Sol, debido a la acción del viento solar y la radiación. Este comportamiento, aparentemente extraño para un observador antiguo, es en realidad una consecuencia directa de procesos físicos bien comprendidos.

Con el tiempo, los cometas pueden perder gran parte de sus materiales volátiles tras múltiples pasos cercanos al Sol. Cuando esto ocurre, el núcleo puede quedar empobrecido en hielos y adquirir características más similares a las de un asteroide oscuro, aunque no todos los asteroides provienen de cometas ni todos los cometas evolucionan de la misma manera. En algunos casos se habla de cometas extintos o inactivos, que han perdido su capacidad de formar coma y colas visibles. Esta continuidad entre cometas y ciertos asteroides muestra que las categorías no son absolutas, sino que reflejan etapas dentro de un proceso evolutivo dinámico, reafirmando que incluso los objetos celestes siguen trayectorias naturales explicables sin recurrir a interpretaciones sobrenaturales.

La mayoría de los cometas se consideran remanentes primitivos de los materiales que no llegaron a incorporarse a los planetas durante la formación del sistema solar hace unos 4.6 mil millones de años. Estos cuerpos se concentran en regiones periféricas muy distantes, especialmente en la llamada nube de Oort, una vasta envoltura aproximadamente esférica que rodea al sistema solar y que puede extenderse hasta decenas de miles de unidades astronómicas, es decir, distancias comparables a una fracción significativa de un año luz. Esta estructura recibe su nombre del astrónomo neerlandés Jan Oort, quien en 1950 propuso su existencia para explicar el origen de los cometas de período largo.

Figura 4. [Jan Oort] Jan Oort fue un astrónomo neerlandés clave en la astronomía moderna. Demostró que la Vía Láctea rota de forma diferencial, dirigió el Observatorio de Leiden e impulsó la radioastronomía. Su nombre quedó ligado a la constante de Oort y a la nube de Oort, propuesta para explicar el origen de muchos cometas de largo período.

Oort intentaba resolver una aparente paradoja dinámica: si los cometas entran repetidamente en el sistema solar interno, deberían ser rápidamente eliminados por interacciones gravitatorias, especialmente con Júpiter, el planeta más masivo. Algunos cometas son desviados hacia órbitas cerradas, pero muchos otros son acelerados y expulsados definitivamente al espacio interestelar. Sin embargo, las observaciones muestran que nuevos cometas siguen apareciendo, lo que sugiere la existencia de un reservorio lejano que los repone continuamente. A partir de la frecuencia de aparición de cometas de período largo, Oort dedujo que debía existir una nube esférica de miles de millones de núcleos cometarios débilmente ligados al Sol, perturbados ocasionalmente por el paso de estrellas cercanas o por mareas galácticas que los envían hacia el interior del sistema solar.

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Figura 5. La carrera de astronomía forma profesionales para estudiar el universo mediante física, matemáticas, computación y observación. No consiste solo en mirar el cielo, sino en analizar datos, construir modelos y usar tecnología avanzada. Su importancia radica en ampliar el conocimiento del cosmos, impulsar innovaciones técnicas y fortalecer una comprensión científica y cultural de nuestro lugar en el universo.

Aunque la nube de Oort no ha sido observada directamente, su existencia está fuertemente respaldada por la mecánica celeste newtoniana, que sigue siendo extraordinariamente precisa para describir la dinámica orbital a gran escala. En paralelo, Oort estudió del entorno galáctico, lo que le permitió estimar la posición del sistema solar dentro de la Vía Láctea, una galaxia en forma de disco con cientos de miles de millones de estrellas. Nuestro sistema se encuentra a unos 25 000–30 000 años luz del centro galáctico, en una región relativamente estable conocida como el brazo de Orión. Estas estimaciones, desarrolladas progresivamente durante el siglo XX a partir de datos de estrellas variables y cúmulos globulares, también revelaron que las regiones centrales de la galaxia son mucho más energéticas y peligrosas, con alta densidad estelar, radiación intensa y fenómenos extremos como explosiones de supernovas o la influencia de un agujero negro supermasivo, lo que refuerza la idea de que habitamos una zona relativamente tranquila del entorno galáctico.

Regresando a la nube de Oort, la mayoría de los núcleos cometarios se mantienen en un equilibrio dinámico entre su energía cinética y la atracción gravitacional del Sol, describiendo órbitas extremadamente amplias y débiles. Sin embargo, este equilibrio puede alterarse por perturbaciones gravitacionales externas, como el paso de estrellas cercanas o las mareas galácticas, lo que hace que algunos cuerpos pierdan estabilidad y comiencen a desplazarse hacia el interior del sistema solar. Este viaje no es inmediato: puede tomar millones de años, ya que los cometas se mueven a velocidades relativamente bajas en esas regiones lejanas. Durante su descenso, muchos son desviados o capturados por los gigantes gaseosos —especialmente Júpiter, pero también Saturno y Neptuno—, que actúan como verdaderos filtros gravitacionales, expulsando gran parte de estos objetos o alterando sus trayectorias.

Figura 6. La [Astronomía medieval] estuvo muy influida por la astrología y usó un lenguaje mezcla de explicación natural y sentido simbólico. Aunque hubo tensiones con la Iglesia, muchos sacerdotes y monjes la practicaron para calcular calendarios y festividades, como Beda o Silvestre II. Fue una tradición importante, aunque con fronteras difusas entre ciencia, teología y astrología.

Solo una fracción de estos cometas logra penetrar en el sistema solar interno, donde la influencia del Sol se vuelve dominante. Al acercarse, el aumento de temperatura provoca la sublimación rápida de los hielos superficiales, generando una nube de gas y polvo (la coma) y las características colas cometarias. Este proceso puede ocurrir de manera intensa incluso a grandes distancias del Sol, dependiendo de la composición del cometa. Con cada paso cercano, el cometa pierde parte de su material, lo que explica por qué muchos tienen una vida activa limitada. En consecuencia, el sistema solar interno es un entorno hostil para estos cuerpos: solo los más grandes o los que siguen órbitas muy alargadas logran sobrevivir múltiples visitas.

Entre todos ellos, el más famoso es el cometa Halley, un objeto suficientemente grande como para resistir numerosos pasos cercanos al Sol sin agotarse rápidamente. Durante siglos, su aparición periódica —aproximadamente cada 76 años— fue motivo de temor y asombro, ya que las culturas antiguas no podían prever su regreso. Fue gracias al trabajo de Isaac Newton, quien formuló las leyes del movimiento y la gravitación, y de su colega y amigo Edmond Halley, que se logró identificar el patrón orbital de este cometa. En 1705, Halley predijo correctamente su retorno para 1758, demostrando que no se trataba de fenómenos aleatorios, sino de objetos celestes con trayectorias regulares. Este logro marcó un punto decisivo en la historia de la ciencia: transformó un presagio temido en un fenómeno natural comprensible y predecible.

Continuará-

Referencias

Druyan, A., & Soter, S. (Writers), & Braga, B. (Director). (2014, March 23). When knowledge conquered fear [TV series episode]. In A. Druyan, S. Soter, B. Braga, & S. Seth MacFarlane (Executive Producers), Cosmos: A spacetime odyssey. Fox; National Geographic Channel.

Druyan, A. (2014). Cosmos: A spacetime odyssey. National Geographic.

Halley, E. (1705). A synopsis of the astronomy of comets. John Senex.

Newton, I. (1999). The principia: Mathematical principles of natural philosophy (I. B. Cohen & A. Whitman, Trans.). University of California Press. (Trabajo original publicado en 1687)

Oort, J. H. (1950). The structure of the cloud of comets surrounding the Solar System and a hypothesis concerning its origin. Bulletin of the Astronomical Institutes of the Netherlands, 11, 91–110.

Sagan, C. (1980). Cosmos. Random House.

Whipple, F. L. (1950). A comet model. I. The acceleration of comet Encke. The Astrophysical Journal, 111, 375–394.

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