El manto puede observarse en los bordes como una faja carnosa que rodea las valvas. Esta región no solo cubre parcialmente las placas, sino que también participa en su formación y protección. En algunas especies, la faja puede tener espículas, escamas o pequeños endurecimientos calcáreos, aumentando la defensa contra depredadores. Debajo de las placas se encuentra el pie muscular, una estructura amplia y ventral que permite la adhesión al sustrato. Con él, el quitón se fija con fuerza, se desplaza lentamente y evita ser desprendido por corrientes o golpes de agua.
Las placas están formadas principalmente por carbonato de calcio, organizado en capas resistentes. Además de proteger, pueden contener estructuras sensoriales llamadas estetes, capaces de detectar luz o cambios del ambiente. Esta combinación convierte el caparazón en una estructura defensiva, sensorial y mecánica. Los colores y texturas visibles pueden variar entre especies, ayudando al camuflaje sobre rocas, algas o fondos marinos. Así, los quitones muestran una solución esquelética intermedia: no tienen una concha simple, ni un esqueleto interno, sino una armadura segmentada que combina protección, flexibilidad, adhesión y sensibilidad ambiental.
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