Las escleritas son diminutos elementos calcáreos producidos por células especializadas, los escleroblastos. Pueden tener formas de agujas, estrellas, varillas, husos o placas, y su abundancia determina la textura, rigidez y color del coral. En muchas colonias, las escleritas no solo sostienen el cuerpo, sino que también dificultan la mordida de depredadores. Además, al dispersarse por el tejido, funcionan como una armadura flexible: permiten que la colonia se doble con las corrientes, pero conservan suficiente resistencia para no colapsar. Por eso combinan defensa, soporte y elasticidad, sin perder la capacidad de alimentar, respirar y regenerar sus pólipos.
La diversidad de formas externas surge de una misma lógica biológica: muchos pólipos repetidos, un tejido colonial compartido y un sistema de escleritas minerales. Algunas colonias parecen flores, arbustos o almohadillas vivas, pero cada “flor” corresponde a un animal diminuto integrado en una estructura común. Este tipo de esqueleto muestra que el soporte animal no siempre es interno como un hueso ni externo como una concha rígida. En los corales escleríticos, la dureza se distribuye dentro del tejido, creando una solución intermedia: resistente, flexible, defensiva y adecuada para vivir anclada en arrecifes iluminados y llenos de competencia, circulación de agua y relaciones simbióticas, en mares tropicales poco profundos y cálidos.
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