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En el modelo
atómico de Bohr, el electrón solo podía ocupar determinadas órbitas
permitidas, denominadas niveles de energía. Cada uno de estos
estados estaba identificado por el número cuántico principal,
representado por el símbolo n, que determina la energía y el tamaño
general del estado electrónico. Para Bohr, cada valor de n correspondía
a una única órbita posible alrededor del núcleo.
Figura 1. [Albert
Einstein] revolucionó la física con las teorías de la relatividad
especial y general, además de explicar el efecto fotoeléctrico, por el
que recibió el Premio Nobel de Física en 1921. Exiliado por el nazismo,
defendió el pacifismo y los derechos humanos. Su legado transformó la
comprensión del espacio, el tiempo, la energía y el universo.
Figura 2. [Ana
María Rey] es una física teórica colombiana reconocida por sus
investigaciones en física atómica, sistemas cuánticos de muchos cuerpos,
relojes atómicos y simulación cuántica. Profesora en JILA, NIST
y la Universidad de Colorado, recibió la Beca MacArthur en 2013 y figura
entre las científicas más influyentes de la física cuántica
contemporánea.
Posteriormente, Arnold
Sommerfeld perfeccionó este modelo al demostrar que cada nivel principal
podía dividirse en varios estados energéticos muy próximos entre sí, llamados subniveles.
Para describirlos introdujo el número cuántico azimutal, simbolizado por
l, relacionado con el momento angular orbital del electrón. En el
modelo de Sommerfeld, estos subniveles podían interpretarse como órbitas
elípticas con diferentes excentricidades, proporcionando una explicación más
precisa de la estructura fina observada en algunos espectros atómicos.
El desarrollo de la
mecánica cuántica modificó profundamente esta interpretación. Las
órbitas dejaron de considerarse trayectorias reales y fueron reemplazadas por orbitales,
regiones del espacio donde existe una alta probabilidad de encontrar al
electrón. Para distinguir las diferentes orientaciones espaciales de un mismo
subnivel se introdujo el número cuántico magnético, simbolizado por mₗ,
cuyos valores indican la orientación del orbital respecto a un eje de
referencia.
Finalmente, se
descubrió que el electrón posee una propiedad cuántica intrínseca denominada espín
electrónico, descrita mediante el número cuántico de espín, mₛ.
Aunque suele representarse visualmente como una rotación en un sentido o en el
contrario, esta imagen es únicamente una analogía didáctica. El electrón
no es una esfera que gira sobre sí misma; el espín es una propiedad puramente
cuántica que solo puede tomar dos valores posibles, +½ y −½.
Juntos, el número cuántico principal (n), el azimutal (l), el magnético
(mₗ) y el de espín (mₛ) constituyen los cuatro números cuánticos,
suficientes para identificar completamente el estado cuántico de un electrón en
un átomo.
Valores de los números cuánticos
Los números
cuánticos solo pueden adoptar determinados valores permitidos por la mecánica
cuántica. Estos valores no son arbitrarios, sino que dependen del número
cuántico considerado y del contexto en que se utilicen. En física,
normalmente se emplean los valores numéricos originales derivados de las
soluciones matemáticas de la ecuación de Schrödinger, mientras que en química
es frecuente utilizar notaciones equivalentes más sencillas, especialmente para
describir la configuración electrónica de los átomos.
El número
cuántico principal (n) solo puede tomar valores enteros positivos: 1, 2,
3, 4… hasta el infinito. Cada valor representa un nivel de energía
permitido. Matemáticamente no existe un límite superior, aunque en los átomos
conocidos los electrones ocupan de manera estable únicamente los primeros
niveles, aproximadamente hasta n = 7. Los estados superiores pueden
existir, pero son muy energéticos y su estabilidad disminuye considerablemente.
El número
cuántico azimutal (l) identifica el subnivel de energía. En física
sus valores son enteros comprendidos entre 0 y n − 1. En química,
estos valores suelen sustituirse por letras: s (sharp), p
(principal), d (diffuse) y f (fundamental), nombres heredados de
la espectroscopia del siglo XIX. Si fueran necesarios niveles superiores,
continúan las letras del alfabeto (g, h, i, …), aunque en
la química ordinaria prácticamente nunca aparecen subniveles más allá de f,
ya que los átomos conocidos no requieren ocuparlos en su estado fundamental.
El número
cuántico magnético (mₗ) describe la orientación espacial de cada
orbital. En física puede tomar todos los valores enteros comprendidos entre −l
y +l, incluyendo el cero. Así, para l = 0 existe un único orbital
(mₗ = 0); para l = 1 aparecen tres orbitales (−1, 0, +1);
para l = 2 existen cinco (−2, −1, 0, +1, +2); y para l = 3,
siete. En química, estos orbitales suelen nombrarse según su orientación
espacial. El subnivel s posee un único orbital esférico; el subnivel p
tiene tres orbitales, designados pₓ, pᵧ y p𝓏; el subnivel d contiene cinco orbitales, denominados dxy,
dxz, dyz, dx²−y² y dz²; mientras que el subnivel f
posee siete orbitales de geometría aún más compleja.
Finalmente, el número
cuántico de espín (mₛ) solo admite dos valores posibles: +½ y −½.
En química se representan casi siempre mediante una flecha hacia arriba (↑)
y una flecha hacia abajo (↓). Estas flechas no indican que el electrón
sea una esfera girando realmente sobre sí misma; constituyen una representación
convencional de una propiedad cuántica intrínseca llamada espín,
indispensable para comprender el principio de exclusión de Pauli, la
estructura electrónica y las propiedades magnéticas de la materia.
El orbital
En esta lección nos
centraremos en los orbitales atómicos, es decir, en el resultado del tercer
número cuántico, el número cuántico magnético (mₗ), que determina
las diferentes orientaciones espaciales de los estados electrónicos. Es aquí
donde la mecánica cuántica comienza a mostrar su aspecto más visual. La
idea fundamental consiste en abandonar el concepto clásico de órbita,
entendido como un carril circular por el que viaja un electrón, para
sustituirlo por una distribución espacial descrita por una función de
onda. En lugar de preguntarnos "¿por dónde pasa el electrón?", la
teoría cuántica responde "¿en qué regiones del espacio es más probable
encontrarlo?".
Esta interpretación
no está exenta de debate. Según la interpretación probabilística de Max Born,
la función de onda no representa un objeto físico, sino la probabilidad de
localizar el electrón al realizar una medición. Otras interpretaciones
sostienen que la propia función de onda constituye una entidad física real, es
decir, que el electrón es una onda de materia extendida en el espacio
cuya forma evoluciona continuamente hasta que interactúa con otro sistema.
Existen además otras interpretaciones de la mecánica cuántica. Sin embargo,
para este curso de química adoptaremos la primera, la interpretación
probabilística, porque es la utilizada habitualmente para comprender la configuración
electrónica, los enlaces químicos y la periodicidad de los
elementos.
Las soluciones de
la ecuación de Schrödinger son funciones matemáticas definidas en el
espacio tridimensional. Cuando se representan gráficamente suelen visualizarse
como volúmenes de densidad con formas características, conocidos como orbitales
atómicos. En sentido estricto, estos volúmenes nunca terminan: la función
de onda disminuye gradualmente y se extiende hasta el infinito. Sin embargo,
para facilitar su representación se dibuja una superficie que encierra
normalmente entre el 95 % y el 99 % de la probabilidad de encontrar al
electrón. Esta frontera no corresponde a una pared física ni al tamaño real del
electrón; simplemente delimita la región donde es más probable detectarlo. El
término orbital no debe confundirse con órbita: ambos conceptos
tienen nombres semejantes, pero describen ideas completamente diferentes.
Cada combinación de
números cuánticos produce una solución distinta de la ecuación de
Schrödinger y, por tanto, una distribución espacial diferente. En consecuencia,
cada orbital posee un tamaño, una simetría y una estructura interna
particulares. Uno de los problemas más frecuentes en los libros de texto
consiste en mostrar únicamente los orbitales 1s, 2p, 3d y 4f,
dando la impresión de que todos los orbitales pertenecientes a un mismo
subnivel tienen exactamente la misma forma. En realidad, esto solo es cierto de
manera muy superficial. Todos los orbitales s son aproximadamente
esféricos, todos los p conservan una estructura bilobular, los d
presentan cinco distribuciones características y los f siete
distribuciones más complejas; sin embargo, su estructura interna cambia
conforme aumenta el nivel principal n.
Figura 3. [Formas
fundamentales de los orbitales atómicos]. Los orbitales s son ondas
estacionarias de forma esférica. Aunque los orbitales 1s, 2s
y 3s parecen iguales externamente, su estructura interna incorpora cada
vez más nodos radiales y regiones de máxima probabilidad. Al aumentar la
energía, las ondas electrónicas se vuelven más complejas, mientras los
subniveles p, d y f desarrollan geometrías espaciales
progresivamente más elaboradas.
Figura 4. [Los
orbitales s] siempre son esféricos, pero aumentan su
complejidad al crecer el nivel de energía. Como una cuerda de
guitarra, cada nuevo armónico añade un nodo radial. Además,
pueden imaginarse como muñecas rusas: conservan su forma general
mientras incorporan capas concéntricas y una estructura interna cada vez más
compleja.
Figura 5. [Los
orbitales p] conservan su característica forma de dos lóbulos
desde 2p hasta 7p, pero su estructura interna cambia con la
energía. Cada nivel incorpora nuevos nodos radiales y patrones de ondas
estacionarias más complejos. Los diagramas escolares muestran solo las
formas fundamentales, mientras que los orbitales superiores desarrollan
distribuciones internas mucho más elaboradas.
Figura 6. [Los
orbitales d] conservan su geometría general desde 3d hasta 7d,
pero su estructura interna cambia al aumentar el nivel principal. Cada
incremento de energía incorpora nuevos nodos radiales y patrones de ondas
estacionarias más complejos. Los diagramas escolares muestran solo las
formas fundamentales, mientras que los orbitales superiores presentan
distribuciones internas mucho más elaboradas.
Figura 7. [Los
orbitales f] poseen las formas más complejas de los orbitales
atómicos. Desde 4f hasta 7f conservan su geometría general, pero
desarrollan nuevos nodos radiales y patrones de ondas estacionarias
conforme aumenta la energía. Los diagramas habituales muestran solo las formas
fundamentales, mientras que los orbitales superiores presentan estructuras
internas mucho más elaboradas.
Tomemos como
ejemplo el subnivel s. El orbital 1s es la solución más sencilla
de la ecuación de Schrödinger y presenta una única región de máxima
probabilidad alrededor del núcleo. En cambio, los orbitales 2s, 3s,
4s, 5s, 6s y 7s mantienen externamente una forma
esférica, pero desarrollan una estructura interna cada vez más compleja.
Aparecen nodos radiales, regiones donde la probabilidad de encontrar el
electrón es exactamente cero, que separan distintas zonas de máxima
probabilidad. Así, aunque desde el exterior todos parezcan simples esferas, en
su interior contienen una sucesión de capas alternadas de máximos y mínimos de
la función de onda.
Esta situación es
muy parecida a la de una onda estacionaria en una cuerda vibrante.
Cuando la cuerda oscila con poca energía aparece un patrón simple; al aumentar
la energía surgen nuevos nodos y vientres sin que desaparezca la forma general
de la cuerda. De manera análoga, los orbitales de mayor energía no dejan de
pertenecer al mismo tipo, pero incorporan una estructura ondulatoria interna
progresivamente más rica. Comprender esta idea será fundamental para
interpretar correctamente los orbitales que estudiaremos en las siguientes
secciones y para entender, en el próximo capítulo, cómo estas funciones de onda
organizan la configuración electrónica de todos los elementos de la tabla
periódica.
Referencias
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