El agua no es la única sustancia capaz de formar estas interacciones. El fluoruro de hidrógeno, HF, forma puentes de hidrógeno muy intensos; el amoníaco, NH₃, también los produce, aunque con menor intensidad que el agua. Sustancias orgánicas como el etanol, CH₃CH₂OH, los alcoholes, los ácidos carboxílicos, las aminas, los azúcares y muchas moléculas biológicas poseen grupos —OH o —NH capaces de establecerlos. Estas fuerzas aumentan la cohesión entre moléculas: se requiere más energía para separarlas. Por ello, el agua, pese a su pequeña masa molar, es líquida en condiciones ambientales, mientras compuestos de tamaño parecido, como el metano, CH₄, son gases. Los puentes de hidrógeno también contribuyen a su elevada temperatura de ebullición, tensión superficial y capacidad para disolver sustancias polares e iónicas.
Sin embargo, el agua suele sentirse menos pegajosa que los aceites. Aunque el agua posee fuerte cohesión interna, su viscosidad es baja y sus moléculas se deslizan con relativa facilidad. Además, la superficie de la piel está cubierta por sebo, una mezcla principalmente apolar de lípidos. El agua, que es polar, no se mezcla bien con esa capa y forma gotas que pueden retirarse o evaporarse. Los aceites, en cambio, son químicamente semejantes al sebo: se adhieren mejor, se extienden sobre la piel y, por su mayor viscosidad, permanecen más tiempo.
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