Su gran aporte llegó en 1991, cuando trabajaba con Richard Axel. Ambos identificaron una gran familia de genes que codifican receptores odorantes, proteínas ubicadas en las neuronas sensoriales del epitelio olfativo. Cada receptor puede responder a ciertas moléculas olorosas, y la combinación de receptores activados genera un patrón que el cerebro interpreta como un olor específico. Este descubrimiento permitió explicar el olfato desde una base molecular, genética y neuronal, mostrando que la percepción de olores depende de señales organizadas desde la nariz hasta el bulbo olfatorio.
En 2004, Linda B. Buck recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, compartido con Richard Axel, por sus descubrimientos sobre los receptores odorantes y la organización del sistema olfativo. Su trabajo transformó la comprensión de uno de los sentidos más antiguos y complejos de los animales. Además, abrió caminos para estudiar cómo el sistema nervioso convierte estímulos químicos en percepciones, recuerdos, respuestas emocionales y conductas. Su legado muestra que el olfato no es un sentido menor, sino una entrada poderosa al funcionamiento del cerebro, la conducta y la relación entre los organismos y su ambiente.
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