El aporte más importante de Mario Molina fue demostrar, junto con Frank Sherwood Rowland, que los clorofluorocarbonos (CFC) liberados por aerosoles y sistemas de refrigeración podían destruir la capa de ozono. Sus investigaciones mostraron que, al llegar a la atmósfera superior, estas moléculas liberaban átomos de cloro reactivo capaces de romper moléculas de ozono (O₃) mediante reacciones en cadena. Este descubrimiento revolucionó el estudio de la química ambiental, la fotoquímica atmosférica y la interacción entre radiación solar y gases atmosféricos. En su momento, sus conclusiones fueron cuestionadas por sectores industriales, pero posteriormente fueron confirmadas experimentalmente.
Gracias a sus investigaciones, la comunidad internacional impulsó acuerdos ambientales como el Protocolo de Montreal, destinado a reducir la producción de sustancias que dañaban la atmósfera. En 1995 Mario Molina recibió el Premio Nobel de Química por sus contribuciones al entendimiento de los procesos químicos atmosféricos. Además de investigar sobre contaminación del aire, gases atmosféricos y cambio climático, trabajó activamente en educación y divulgación científica. Falleció en 2020, dejando un legado fundamental en la protección ambiental y en la comprensión química de la atmósfera terrestre.
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