Ese desarrollo fue posible porque los sumerios ya contaban con una tradición de escritura cuneiforme, funcionarios especializados y verdaderos contadores titulados o escribas-administradores capaces de registrar cantidades, ciclos y movimientos periódicos. Su matemática, basada en el célebre sistema sexagesimal, fue una forma de matemática avanzada para su época, y permitió manejar fracciones, equivalencias y divisiones del tiempo y del círculo que todavía hoy sobreviven en nuestras horas, minutos y grados. En ese entorno, la observación astronómica no era una curiosidad aislada, sino parte de una cultura técnica. Los templos y palacios necesitaban calendarios confiables, y eso llevó a una regulación cada vez más cuidadosa de los meses lunares, de los ciclos estacionales y de la relación entre actividades humanas y fenómenos celestes.
Sin embargo, conviene recordar que en Sumer la astronomía estaba profundamente unida a la astrología, al simbolismo religioso y a la autoridad política. Los cielos no solo servían para medir el tiempo, sino también para interpretar el orden del mundo. Aun así, ese saber constituyó un punto de partida decisivo: allí comenzaron tradiciones de registro sistemático, cálculo y regularización del calendario que después serían ampliadas por acadios, babilonios y asirios. Por eso, la astronomía sumeria fue temprana, práctica y sorprendentemente sofisticada para una civilización tan antigua.
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