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domingo, 8 de febrero de 2026

Figura. Heráclito de Éfeso

 Imagen que contiene fuego, tabla, caliente, hombre

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Heráclito de Éfeso fue un filósofo griego presocrático que vivió aproximadamente entre los siglos VI y V a. C., en la ciudad de Éfeso, una próspera polis jonia de Asia Menor. Pertenecía a una familia aristocrática, pero rechazó la vida política activa y los honores públicos, dedicándose a la reflexión filosófica. Su pensamiento nos ha llegado de forma fragmentaria, a través de breves sentencias conservadas por autores posteriores, lo que le valió el sobrenombre de “el Oscuro”. A pesar de ello, su influencia fue profunda y duradera, especialmente en la comprensión del cambio, la naturaleza y el orden del mundo. Heráclito se opuso a las explicaciones míticas tradicionales y buscó principios racionales para explicar la realidad.

El núcleo de su filosofía se expresa en la idea de que todo cambia (pánta rheî, “todo fluye”). Para Heráclito, la realidad no es estática ni fija, sino un proceso continuo de transformación. Este devenir permanente no es caótico, sino que está regido por el lógos, un principio racional universal que ordena el mundo aunque la mayoría de los seres humanos no lo comprendan. Uno de sus ejemplos más conocidos es el del río, donde afirma que no es posible bañarse dos veces en el mismo, porque tanto el agua como quien se baña están siempre cambiando. El cambio, lejos de ser un problema, es la condición misma de la existencia.

Un rasgo central de su pensamiento es la filosofía de los opuestos. Heráclito sostuvo que la realidad se comprende a través de la tensión entre contrarios: día y noche, vida y muerte, guerra y paz, reposo y movimiento. Estos opuestos no se anulan, sino que se necesitan mutuamente y dan sentido unos a otros. La lucha (pólemos) entre contrarios es, para él, el motor del orden del mundo. Desde esta perspectiva, la armonía no surge de la eliminación del conflicto, sino de su equilibrio. Esta idea anticipa una visión profundamente dinámica de la naturaleza y del conocimiento, donde entender algo implica reconocer su relación con aquello que no es, marcando un punto clave en la historia del pensamiento filosófico y científico.

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