[Introducción a las ciencias naturales]
Sección 1
A finales del siglo XIX, las epidemias
seguían diezmando poblaciones enteras en Europa y otras regiones del mundo.
Enfermedades como la tuberculosis, la difteria y la peste
bubónica evocaban temores tan profundos como los de la Edad Media. Aunque
la medicina había avanzado en anatomía y cirugía, persistía una gran
incertidumbre sobre cómo se contraían y, sobre todo, cómo se
transmitían estas enfermedades. Esta última pregunta resultaba
particularmente compleja. Algunos pensadores racionalistas sostenían que las
enfermedades eran consecuencia de factores hereditarios o de los
llamados miasmas, es decir, vapores insalubres provenientes de materia
en descomposición. Sin embargo, en amplios sectores de la sociedad aún
predominaba la idea de que las epidemias eran un castigo divino, una
manifestación del juicio moral sobre las comunidades humanas.

Figura 1. [Robert Koch] fue un microbiólogo alemán que
demostró que enfermedades como el carbunco eran causadas por bacterias,
formulando los postulados de Koch. Su rivalidad con Pasteur,
similar a la de Hooke y Newton, impulsó avances experimentales y
consolidó la teoría germinal, mostrando cómo la competencia
científica acelera el progreso.
En medio de este panorama, surgió una corriente
distinta, impulsada por la curiosidad científica y el desarrollo de
instrumentos como el microscopio. Algunos investigadores comenzaron a
sospechar que organismos invisibles al ojo humano podían estar implicados en la
enfermedad. Esta intuición no era completamente nueva, pero ahora adquiría un
sustento experimental incipiente. La historia de esta transformación está
marcada por la interacción —y en muchos sentidos la rivalidad— entre dos
figuras fundamentales: Louis Pasteur en Francia y Robert Koch en
el mundo germánico. Aunque no eran enemigos personales en un inicio, el
contexto político de la época, especialmente tras la guerra franco-prusiana
(1870–1871), hizo que sus trayectorias científicas se interpretaran también
como expresiones de competencia nacional.
En 1872, Louis Pasteur, con cerca de
cincuenta años, ya era una figura reconocida internacionalmente. Sus
investigaciones sobre la fermentación habían demostrado que procesos
como la transformación del vino y la cerveza no eran fenómenos espontáneos ni
resultado de “fuerzas vitales”, sino consecuencia de la acción de microorganismos
específicos. Este hallazgo no solo revolucionó la industria alimentaria,
sino que también abrió la posibilidad de que procesos biológicos invisibles
estuvieran detrás de fenómenos más complejos, como las enfermedades. Sin
embargo, su vida personal atravesaba momentos difíciles: había sufrido un accidente
cerebrovascular que le dejó secuelas motoras, y además había perdido a tres
de sus cinco hijos. En ese contexto, Pasteur decidió solicitar al gobierno
francés la posibilidad de retirarse de sus obligaciones docentes para dedicarse
plenamente a la investigación médica, convencido de que los microbios
podían ser la clave para entender las enfermedades infecciosas.

Figura 2. Una [célula bacteriana] es procariota, sin núcleo
definido. Posee membrana celular, pared celular y a veces cápsula.
En el citoplasma se encuentra el nucleoide con ADN y plásmidos.
Los ribosomas sintetizan proteínas. Puede tener pili y flagelos
para adherencia y movimiento. Su estructura simple es altamente eficiente y
adaptable.
Mientras tanto, en el reino de Prusia, que pronto
se consolidaría como el Imperio alemán, un médico rural trabajaba en
condiciones mucho más modestas. Robert Koch no tenía el prestigio de
Pasteur ni acceso a grandes laboratorios, pero compartía la misma inquietud
fundamental: ¿podían los microorganismos ser la causa directa de ciertas
enfermedades? En su práctica diaria atendía a campesinos, pero también
observaba con atención lo que ocurría en los animales de la región. En aquellos
años, brotes esporádicos de una enfermedad conocida como carbunco
(ántrax) afectaban gravemente a los rebaños, provocando la muerte rápida de
vacas, ovejas y otros animales.
Desde el punto de vista sintomatológico, el
carbunco se manifestaba con signos dramáticos: fiebre alta, debilidad extrema,
hemorragias internas y externas, y una muerte que podía ocurrir en cuestión de
horas o pocos días. En animales, era común observar sangrado por orificios
naturales y una rápida descomposición del cadáver. En humanos, cuando ocurría
la infección —por contacto con animales enfermos o sus productos— podía
presentarse como lesiones cutáneas negras (de ahí el nombre “carbunco”),
infecciones pulmonares graves o cuadros intestinales severos. En esa época, sin
embargo, nadie sabía con certeza qué causaba la enfermedad, ni cómo
prevenirla o tratarla eficazmente. Las explicaciones oscilaban entre el
ambiente, la “mala sangre” o incluso factores sobrenaturales.
Koch comenzó a examinar la sangre de animales
infectados utilizando el microscopio y encontró en ella pequeños cuerpos
alargados: bacterias que estaban ausentes en los animales sanos. Esta
observación sugería una correlación, pero no demostraba aún una relación
causal. Para probar que estas bacterias eran efectivamente la causa del
carbunco, era necesario cumplir una serie de condiciones: aislar el
microorganismo, cultivarlo fuera del organismo y luego introducirlo en un
animal sano para ver si reproducía la enfermedad. El problema era técnico:
¿cómo cultivar bacterias en condiciones controladas, sin que otras formas de
vida las contaminaran?

Figura 3. [Émile Roux] fue un microbiólogo francés y
colaborador de Pasteur. Estudió la difteria, demostrando que sus
efectos se deben a una toxina bacteriana, lo que permitió crear el suero
antidiftérico. Trabajó en el Instituto Pasteur, contribuyendo al
desarrollo de la bacteriología, la inmunología y la medicina
moderna.
Durante meses, Koch buscó una solución
experimental. Finalmente, encontró una estrategia ingeniosa. Descubrió que el humor
acuoso del ojo de animales muertos, especialmente de vacas, proporcionaba
un medio casi ideal para el crecimiento bacteriano. Este líquido era rico en
nutrientes y, además, relativamente estéril, lo que impedía la
competencia con otros microorganismos. Utilizando este medio, Koch logró
observar cómo las bacterias del carbunco no solo sobrevivían, sino que se
multiplicaban y formaban estructuras resistentes, conocidas hoy como esporas,
capaces de persistir en el ambiente durante largos periodos.
Con este método, Koch dio un paso decisivo: pudo cultivar
las bacterias in vitro y luego inocularlas en animales sanos, reproduciendo
la enfermedad de manera controlada. Este experimento constituyó una de las
primeras demostraciones claras de que un microorganismo específico podía
ser la causa de una enfermedad concreta. A partir de estos trabajos, Koch
desarrollaría más adelante sus famosos postulados, criterios que
permiten establecer la relación causal entre un patógeno y una enfermedad.
Tal como ocurre en
la actualidad, el ganado representaba una riqueza fundamental para las
economías rurales del siglo XIX, por lo que experimentar directamente con estos
animales resultaba costoso y poco viable. Por esta razón, Robert Koch
recurrió a animales de laboratorio, en particular conejos, como
modelo experimental. Al inocularlos con las bacterias aisladas del carbunco,
logró reproducir la enfermedad de manera consistente. Este resultado fue
extraordinario: por primera vez, un médico rural, sin el respaldo de
grandes instituciones, demostraba experimentalmente que un microorganismo
específico podía causar una enfermedad concreta. Cuando publicó sus
hallazgos, muchos colegas prusianos reconocieron la importancia del
descubrimiento, pero también surgieron críticas, especialmente desde sectores
académicos más consolidados. Entre los críticos más influyentes se encontraba Louis
Pasteur, quien cuestionó inicialmente la solidez metodológica de los
experimentos de Koch.
La controversia
tenía paralelos con conflictos anteriores en la historia de la ciencia, como el
de Hooke y Newton. En este caso, la intuición de que los microorganismos
podían causar enfermedades ya estaba presente en el trabajo de Pasteur, pero
fue Koch quien aportó la evidencia experimental directa. A esto se
sumaba un contexto político tenso: apenas unos años antes, en 1870, Francia y
Prusia habían entrado en guerra. El Segundo Imperio francés, liderado
por Napoleón III, fue derrotado rápidamente por las fuerzas prusianas
bajo el mando de Otto von Bismarck. En solo semanas, Francia sufrió una
derrota contundente y perdió territorios estratégicos como Alsacia y Lorena.
Este conflicto nacional exacerbó las tensiones científicas, de modo que la
rivalidad entre Pasteur y Koch no solo era académica, sino también
simbólicamente nacional.
En el fondo,
Pasteur comprendía la validez de los resultados de Koch, pero centró sus
críticas en la metodología experimental. Consideraba que los
procedimientos de Koch, realizados en condiciones limitadas, podían mejorarse
con técnicas más refinadas. Decidido a poner a prueba las afirmaciones, Pasteur
replicó los experimentos introduciendo innovaciones como las diluciones
seriadas, que permitían aislar cultivos bacterianos más puros. A diferencia
de Koch, Pasteur contaba con un laboratorio bien equipado y un equipo de
asistentes dedicados. Entre ellos destacaba Émile Roux, quien colaboró
activamente en estos estudios. Los resultados obtenidos por Pasteur confirmaron
lo esencial: la bacteria del carbunco era capaz de transmitir la
enfermedad en animales sanos, reforzando así la hipótesis microbiana.
Sin embargo,
Pasteur no se conformó con demostrar la causalidad. Quería entender por qué
el carbunco aparecía de forma recurrente en ciertas épocas del año,
especialmente en verano, y en regiones donde parecía volverse endémico. Para
ello, emprendió trabajos de campo, observando directamente las prácticas
agrícolas y ganaderas. Durante estas investigaciones, se encontró con prácticas
que consideró alarmantes: los cadáveres de animales infectados eran enterrados
sin tratamiento adecuado, lo que permitía la persistencia del agente
infeccioso en el suelo. Esta observación fue clave para comprender la dinámica
ambiental de la enfermedad.
Mientras tanto,
Koch continuaba avanzando en paralelo. Uno de sus descubrimientos más
importantes fue la identificación de las esporas bacterianas,
estructuras altamente resistentes que permiten a ciertas bacterias sobrevivir
en condiciones adversas durante largos periodos. Estas esporas podían
permanecer latentes en el suelo y reactivarse cuando las condiciones eran
favorables. Pasteur, por su parte, complementó esta idea al observar que las lombrices
de tierra podían actuar como vectores indirectos, transportando las esporas
desde los cadáveres enterrados hasta la superficie. Allí, el ganado sano podía
ingerirlas accidentalmente al alimentarse, reiniciando el ciclo de infección.
Este conjunto de
hallazgos permitió construir una explicación mucho más completa del carbunco:
no solo se conocía su agente causal, sino también su mecanismo de
persistencia y transmisión en el ambiente. Lo notable es que estos avances
no fueron el resultado de un esfuerzo aislado, sino de una dinámica de competencia
y colaboración indirecta entre Pasteur y Koch. Aunque su relación estuvo
marcada por tensiones, críticas y rivalidades, el intercambio —aunque fuera
conflictivo— aceleró enormemente el progreso científico.

Figura 4. La [dilución seriada] es una técnica que
reduce progresivamente la concentración de una muestra mediante transferencias
sucesivas, permitiendo obtener concentraciones controladas de
microorganismos. En el siglo XIX, fue clave para Pasteur y su escuela,
ya que ayudó a resolver el problema de la contaminación, permitiendo
aislar poblaciones bacterianas puras. Esto facilitó demostrar la
relación entre microorganismos específicos y enfermedades, fortaleciendo
la teoría germinal. Además, permitió estudiar la virulencia al
aplicar distintas concentraciones en animales, contribuyendo al desarrollo de vacunas
y tratamientos. Así, se convirtió en una herramienta central para una medicina
basada en experimentos controlados y reproducibles.
En pocos años, esta
interacción dio lugar a una serie de descubrimientos fundamentales que sentaron
las bases de la microbiología moderna. Así, el “tira y afloje” entre
estos dos científicos no fue un obstáculo, sino un motor del conocimiento. La
rivalidad entre Pasteur y Koch ilustra cómo la ciencia progresa no solo
mediante acuerdos, sino también a través de la crítica, la réplica y la
mejora continua de métodos. En este proceso, lo que estaba en juego no era
únicamente el prestigio individual o nacional, sino la construcción de un nuevo
paradigma: la idea de que las enfermedades tienen causas naturales
específicas, que pueden identificarse, estudiarse y eventualmente
controlarse. Y aunque este fue solo el comienzo, los descubrimientos que
surgieron de esta interacción transformarían de manera irreversible la medicina
y la salud pública.
Continuará
Referencias
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