La mandíbula se define como una estructura esquelética articulada que delimita y moviliza la abertura bucal inferior en los vertebrados mandibulados, permitiendo la captura, sujeción y procesamiento del alimento. Aunque a primera vista podría parecer un componente sencillo del sistema digestivo, apenas un hueso móvil responsable de la oclusión, su historia dentro de la evolución vertebrada constituye una de las transformaciones más profundas del plan corporal. A lo largo de millones de años, esta estructura no solo se especializó como palanca biomecánica, sino que también mantuvo vínculos directos con el sistema esquelético craneal y con la reorganización del oído medio. Su desarrollo revela la modificación progresiva de antiguos arcos faríngeos, que dieron origen tanto a la articulación mandibular como a los huesecillos auditivos, mostrando que procesos como la masticación y la audición comparten un origen anatómico común dentro de la historia evolutiva de los vertebrados.
Funciones de la mandíbula
Captura
de presas: Permite cerrar activamente la abertura bucal y sujetar
organismos móviles, aumentando la eficiencia depredadora respecto a los
vertebrados sin mandíbulas.
Generación
de fuerza de mordida: Actúa como palanca mecánica en conjunto con la
musculatura aductora, permitiendo perforar, desgarrar o triturar alimento.
Manipulación
del alimento: Facilita reposicionar la presa dentro de la cavidad
oral antes de la deglución o procesamiento posterior.
Protección
del tracto digestivo anterior: Al poder cerrarse herméticamente,
contribuye a regular el acceso al lumen del sistema digestivo.
Soporte
para dentición u otras estructuras orales: En muchos vertebrados
sostiene dientes verdaderos, placas cortantes o picos queratinizados.
Participación
en ventilación bucofaríngea (en peces y anfibios): Colabora en la
generación de presión negativa para la succión y el movimiento de agua hacia
las branquias.
Comunicación
y exhibición (en linajes derivados): En algunos vertebrados cumple
funciones secundarias en señales sociales, vocalización o despliegues
defensivos.
Primeras mandíbulas verdaderas
En los cordados
basales como Tunicata, la región faríngea funciona como una cesta
rígida con hendiduras dedicada a la filtración, sin una verdadera mandíbula
articulada ni capacidad de oclusión activa. Con la aparición de los primeros Vertebrata
se produjo una progresiva invasión de cartílago, generando arcos
branquiales segmentados con movilidad limitada y soporte muscular. Estos peces
sin mandíbula, incluidos los Ostracodermi, se alimentaban por succión,
actuando como aspiradoras bentónicas: cuanto mayor era la movilidad coordinada
de los arcos, mayor eficiencia tenían para captar sedimentos y partículas. Esta
presión selectiva favoreció el fortalecimiento del primer arco faríngeo,
que en gnathostomos placodermos tempranos como Entelognathus y Dunkleosteus
se reorganizó en elementos dorsal (palatocuadrado) y ventral (cartílago de
Meckel) capaces de funcionar como palanca biomecánica. Así surgieron las
primeras mandíbulas mordedoras, no como diseño repentino, sino como
intensificación progresiva de un sistema branquial previamente segmentado y
móvil.
Enlace
a la [Figura:
Pez sin mandíbula]
Enlace
a la [Figura:
Mandíbulas primitivas]
La figura representa el cráneo cartilaginoso interno de un
placodermo similar a Bothriolepis, mostrando el condrocráneo y el
esplacnocráneo que sostenían el encéfalo y la región faríngea. Se
distinguen la cavidad orbital, la abertura pineal y la cápsula
nasal, mientras que en la región mandibular aparecen el palatocuadrado
y el cartílago de Meckel, que conforman la mandíbula primitiva derivada
del primer arco faríngeo. Sin embargo, esta mandíbula original no evolucionó de
manera aislada: el segundo arco branquial también se desplazó hacia adelante y
articuló funcionalmente con el primero mediante la hiomandíbula,
reforzando el movimiento y la suspensión; este conjunto constituye el primer aparato
hioideo. Los arcos posteriores conservaron funciones respiratorias,
aunque con el tiempo se redujeron progresivamente junto con el número de hendiduras
branquiales.
Externamente, estos peces poseían además un cráneo dérmico
protector que no reemplazó al cartilaginoso, sino que lo reforzó
estructuralmente. En linajes posteriores como los Chondrichthyes, el
sistema se reorganiza: el palatocuadrado se independiza parcialmente del
neurocráneo y la hiomandíbula adquiere un papel central en la suspensión hiostílica,
aumentando la movilidad y protrusión mandibular. Así, lo que en placodermos era
un aparato relativamente rígido e integrado, en los condrictios se transforma
en un sistema más ligero y flexible, optimizado para la depredación activa
y mayor versatilidad trófica.
Enlace
a la [Figura:
Mandíbulas en acantodios]
El aparato hiomandibular
En los primeros gnatostomados,
el aparato mordedor estaba constituido por la mandíbula verdadera,
formada por el palatocuadrado dorsal y el cartílago de Meckel
ventral, ambos derivados del primer arco faríngeo, y apoyada
funcionalmente por la hiomandíbula, procedente del segundo arco
branquial. Cada uno de estos componentes posee su propia articulación:
el complejo cuadrado–articular actúa como bisagra principal de la oclusión,
mientras que la hiomandíbula se articula con el neurocráneo y transmite
fuerzas dentro del esqueleto visceral. Este conjunto constituye un
sistema integrado donde el primer arco genera la fuerza de mordida y el
segundo arco optimiza la suspensión y la estabilidad mecánica.
Enlace
a la [Figura:
Mandíbula de tiburón]
No obstante, la ubicación anatómica relativa de estos
elementos varía según el linaje. En placodermos y en muchos Acanthodii,
la hiomandíbula se encuentra parcialmente interna o cubierta por
estructuras del cráneo dérmico, de modo que en ilustraciones es
necesario retirar la mandíbula principal para visualizarla con claridad.
En cambio, en condrictios modernos como Squalus, la disposición es más
evidente en sucesión funcional: primero la mandíbula, luego la
hiomandíbula como parte visible de la suspensión hiostílica. Así, aunque
el patrón básico —primer arco mordedor reforzado por segundo arco suspensor— se
mantiene, su reorganización espacial refleja distintos grados de movilidad
mandibular, protrusión y especialización dentro de la evolución de
los vertebrados.
Mandíbula en los peces óseos
En los primeros gnatostomados,
la mandíbula primitiva estaba formada por el palatocuadrado
dorsal y el cartílago de Meckel ventral, ambos derivados del primer
arco faríngeo. Con la aparición de los Osteichthyes, el cráneo no
sustituyó esa base cartilaginosa, sino que la recubrió progresivamente mediante
una “invasión dérmica, huesos formados en la piel que penetraron al cráneo”,
complejizando notablemente la arquitectura craneal. El cartílago de Meckel
quedó envuelto por huesos como el dentario, el angular y el articular,
mientras que el palatocuadrado fue cubierto o funcionalmente reemplazado por el
maxilar y el premaxilar. A este conjunto lo hemos llamado “segunda
mandíbula”, aunque el término es discutible, ya que la articulación
cuadrado–articular se mantiene en el mismo punto funcional; más que un
reemplazo completo, se trata de una “mandíbula 1.5”, en la que los componentes
externos modifican la biomecánica sin eliminar el núcleo ancestral.
Enlace
a la [Figura.
Cráneo en peces óseos]
La incorporación masiva de huesos dérmicos no solo
transformó la región oral, sino que dio origen a estructuras adicionales como
la serie opercular (opérculo, preopérculo, subopérculo) que protegen la
hendidura branquial remanente, y elementos de la cintura escapular
dérmica, como el cleitro y el supracleitro, que rodeaban la
región cefálica y la integraban al esqueleto axial en una unidad continua,
prácticamente sin cuello.
Enlace
a la [Figura:
Variaciones de la mandíbula de los peces]
Tetrápodos primitivos
Los primeros Tetrapoda
constituyen una serie transicional particularmente reveladora: conservan la
alta complejidad craneal heredada de los sarcopterigios, pero sus
cráneos se aplanan y ensanchan “como sartenes”, lo que sugiere hábitats someros
y estrategias de emboscada sobre invertebrados. La mandíbula
mantiene la articulación cuadrado–articular derivada del primer arco faríngeo,
pero los cambios más profundos afectan a la hiomandíbula. En formas
basales cercanas a peces, como Eusthenopteron, este elemento aún cumple
funciones de suspensión; sin embargo, en tetrápodos más derivados el segundo
arco se reorganiza en dos trayectorias: la porción dorsal se reduce y se
convierte en la columela (o estribo/) del oído medio,
mientras que la porción ventral se integra al aparato hioideo, que se
desplaza hacia la garganta.
Enlace
a la [Figura:
Cráneo en los tetrápodos primitivos]
Esta reorganización marca la transición desde una función branquial a una función faríngeo-laríngea. El aparato hioideo pasa a sostener la lengua, coordinar la deglución y participar en la modulación de la fonación, permitiendo la emisión de sonidos más complejos que los posibles en peces. Los arcos branquiales posteriores también se reducen con la pérdida de branquias funcionales en el adulto —especialmente tras la metamorfosis en linajes anfibios—, pero no desaparecen: son reclutados en estructuras como los cartílagos aritenoides, cricoide y corniculados, así como en elementos protectores de la glándula tiroides y en la formación de la epiglotis, que evita la aspiración de alimento. Así, los primeros tetrápodos no solo transforman su cráneo y su aparato mandibular, sino que convierten antiguos soportes respiratorios en componentes esenciales de la respiración aérea, la deglución y la comunicación acústica terrestre.
Anfibios
Durante el Devónico
tardío y el Carbonífero, los Tetrapoda se diversificaron en
múltiples linajes, de los cuales dos grandes rutas perduraron: la que conduce a
los anfibios actuales y la que origina a los Amniota. Los
anfibios modernos no son réplicas directas de los grandes tetrápodos
paleozoicos como los Temnospondyli, cuyos cráneos eran robustos y
complejos; el linaje que lleva a los Lissamphibia experimentó una
marcada reducción craneal y simplificación ósea. Aun así, la mandíbula
conserva en esencia la articulación cuadrado–articular heredada del
primer arco faríngeo, mostrando continuidad estructural pese a la
simplificación externa.
Enlace
a la [Figura:
Cráneo de la rana]
En este proceso se repite un patrón ya visto en otros tetrápodos: el aparato hioideo se especializa progresivamente en la fonación, fenómeno especialmente evidente en Anura, donde estos elementos son grandes y sostienen la laringe y los sacos vocales. Paralelamente, la antigua hiomandíbula separada del complejo mandibular se convierte en la columela, vinculada a la audición; en anfibios la membrana timpánica suele estar expuesta y conecta directamente con esta columela única. Así, aunque el cráneo se simplifica, la reorganización funcional del segundo arco faríngeo permite integrar ventilación, sonido y percepción auditiva, demostrando que la evolución anfibia no es mera reducción, sino reconfiguración adaptativa de estructuras heredadas.
Amniotas
Antes de continuar recalquemos que la mandíbula original
no está suprimida, sino que permanece encerrada dentro de la segunda mandíbula
dérmica de los Osteichthyes. El cartílago de Meckel y el
palatocuadrado no desaparecen; quedan internalizados mientras huesos dérmicos
como el dentario, el maxilar y el premaxilar modifican profundamente la
arquitectura externa. La articulación primaria continúa ocurriendo en el
mismo punto funcional, de modo que algunos autores consideran que se trata
esencialmente de la misma mandíbula ancestral recubierta. Aquí la hemos
llamado “segunda” porque los huesos externos alteran sustancialmente su
diseño y distribución de fuerzas, aunque el núcleo estructural siga siendo el heredado
del primer arco faríngeo.
En los Amniota esta configuración básica persiste. La
mandíbula continúa articulándose mediante el complejo cuadrado–articular,
y el dentario aún no ha desplazado completamente esa bisagra. Existen
modificaciones graduales —como el agrandamiento del dentario y la
reorganización de los huesos postdentarios—, pero el sistema general sigue
siendo en esencia el mismo que en peces óseos. No hay todavía un reemplazo
completo de la articulación primaria; la estructura ancestral continúa
operando como el eje mecánico del cierre mandibular.
Lo que sí cambia de manera notable son las superficies de anclaje
muscular. En la mandíbula inferior se amplían crestas y procesos para
inserción de músculos aductores más potentes, mientras que en las regiones
posteriores del cráneo comienzan a aparecer las fenestras temporales.
Estas aberturas no representan debilidad estructural, sino una reorganización
estratégica: reducen masa ósea y permiten mayor volumen de músculo,
incrementando la potencia de mordida. En los Synapsida (mamíferos
y otros) aparece una única fenestra; en los Diapsida (Reptiles en
general, pterosaurios, sinosaurios y aves), dos; y en Testudines
(tortugas) la región temporal se modifica de manera secundaria, con escotaduras
que cumplen funciones biomecánicas similares.
Enlace
a la [Figura:
Cráneo en los amniotas]
Así, la gran transformación en los amniotas no es la
sustitución inmediata de la mandíbula ancestral, sino la reingeniería del
entorno muscular que la rodea. La potencia ya no depende solo de la estructura
ósea de la mandíbula, sino de la ampliación de las áreas de inserción y de la
reorganización del techo craneal. Las fenestras permiten alojar músculos más
voluminosos y mejor orientados, generando fuerzas mayores sin necesidad de
cambiar aún la articulación básica heredada. De este modo, la evolución
amniota demuestra que una innovación clave puede surgir no tanto por reemplazo
estructural, sino por redistribución estratégica de cargas y músculos
dentro de un mismo plan anatómico.
En los Diapsida se conserva en esencia la mandíbula
ancestral, articulada mediante el complejo cuadrado–articular, sin el
reemplazo estructural que caracteriza más tarde a los Synapsida. Lo que
cambia no es la bisagra básica, sino la arquitectura muscular asociada a las fenestras
temporales, que permiten mayor volumen y orientación de los músculos
aductores, incrementando la potencia de cierre. En el linaje de las Aves, los
huesos mandibulares como el dentario no desaparecen, sino que se
remodelan y quedan cubiertos por una vaina córnea llamada ramfoteca; se pierden
los dientes, pero el armazón óseo persiste. La función de corte y
prensión pasa del esmalte mineralizado al borde queratinizado del pico,
y en muchas aves se añade además quinesis craneal, permitiendo
movimientos del maxilar y premaxilar respecto al neurocráneo. Así, la
innovación diapsida no consiste en sustituir la mandíbula heredada, sino en
modificar su recubrimiento, su musculatura y su dinámica funcional.
Los mamíferos y el oído
En los Mammalia la mandíbula es fundamentalmente
distinta a la de los demás amniotas. Mientras reptiles y aves conservan la
articulación cuadrado–articular heredada de los primeros tetrápodos, en
mamíferos la bisagra se establece entre el dentario y el escamosal.
El dentario, que en amniotas basales era solo uno de varios huesos de la
mandíbula inferior, se expande hasta convertirse en el único elemento
mandibular funcional. Los huesos postdentarios —incluidos el articular y
el angular— ya no participan en la mordida; el cuadrado tampoco articula
con la mandíbula. En lugar de eso, esos elementos se reducen y migran al oído
medio, donde el articular se convierte en el martillo, el cuadrado en el
yunque, y junto con el estribo (derivado del segundo arco) forman el
sistema de tres huesecillos característico de los mamíferos, literal se ve
como una pequeña mandíbula en el oído.
Enlace
a la [Figura:
Articulación doble mandibular]
Este cambio dio lugar a la llamada “paradoja de Cuvier”.
Georges Cuvier sostenía que una estructura tan críticamente funcional como la
articulación mandibular no podía transformarse gradualmente sin comprometer la
supervivencia del organismo. ¿Cómo podría un hueso dejar de cumplir una
función de soporte en la mordida y convertirse en un transmisor de vibraciones
en el oído medio? A primera vista, parecía mecánicamente imposible que una
bisagra esencial se desmontara y rearmara sin generar un estadio intermedio
disfuncional.
Sin embargo, el registro fósil demostró que la
naturaleza no estaba sujeta a la supuesta imposibilidad planteada por Cuvier.
En formas transicionales del linaje Synapsida hacia los mamíferos, como Diarthrognathus
broomi, encontramos una condición verdaderamente reveladora: una doble
articulación mandibular plenamente funcional. Este animal conservaba la
articulación reptiliana clásica —cuadrado–articular— mientras desarrollaba
simultáneamente una nueva articulación entre el dentario y el escamosal.
Durante un intervalo evolutivo concreto coexistieron, por tanto, dos sistemas
de mordida operativos en el mismo cráneo.
¿Para qué mantener dos articulaciones mandibulares? No lo
sabemos con certeza. Desde una perspectiva puramente ingenieril podría
parecer redundante; sin embargo, desde la lógica evolutiva representó una
solución transicional extraordinariamente eficaz. La nueva articulación
dentario–escamosal fue asumiendo progresivamente la carga mecánica
principal, mientras la antigua cuadrado–articular reducía su papel funcional sin
comprometer la capacidad de alimentación del animal. Esta superposición
permitió que el sistema no colapsara en ningún momento intermedio.
Una vez liberados de su función primaria en la bisagra
mandibular, los huesos cuadrado y articular pudieron reducirse,
miniaturizarse y especializarse en la transmisión de vibraciones. Así
migraron hacia el oído medio, convirtiéndose en el yunque y el martillo de los
mamíferos. Lejos de invalidar la transformación gradual, el registro
paleontológico muestra que la transición fue posible gracias a una fase de coexistencia
funcional, resolviendo elegantemente la llamada paradoja de Cuvier mediante
una solución anatómica escalonada y evolutivamente estable.
Los oídos
Desde los primeros Tetrapoda la antigua región del primer
surco faríngeo se reorganiza para formar el conducto auditivo externo y la
membrana timpánica, mientras la hiomandíbula del segundo arco se
transforma en la columela, encargada de transmitir vibraciones al oído
interno. En la mayoría de los tetrápodos no mamíferos —anfibios, reptiles y
aves, agrupados en gran parte dentro de Diapsida— el oído medio conserva
un solo huesecillo (la columela) y carece de pabellón externo. La razón
principal es funcional y ecológica: muchos de estos animales dependen menos de
la localización fina de sonidos aéreos y más de vibraciones del suelo o señales
de baja frecuencia; además, un pabellón carnoso sería vulnerable,
aerodinámicamente desfavorable o irrelevante en contextos donde la audición
direccional no es crítica. Por ello, el sistema auditivo permanece
relativamente simple: tímpano expuesto o semiexpuesto, columela única y
ausencia de estructuras externas prominentes.
Enlace
al [Figura:
Evolución de los huesos del oído medio]
En los Mammalia aparece el pabellón auditivo
(aurícula), derivado de tejidos del primer y segundo arco faríngeo embrionario,
como una innovación que mejora la captación y direccionalidad del
sonido. Este cambio se integra con una transformación aún más profunda: la
incorporación de dos huesos adicionales al oído medio —martillo y yunque— derivados
del antiguo articular y cuadrado, formando un sistema de tres huesecillos
que amplifica y transmite vibraciones con mayor precisión. La combinación de
pabellón externo, oído medio especializado y articulación dentario–escamosal
liberada de funciones auditivas, crea un complejo altamente sensible, asociado
en muchos mamíferos con el desarrollo de fonación más modulada y con la
detección fina de presas o depredadores en ambientes nocturnos o
densamente vegetados. Así, la evolución del oído externo mamífero no es un
añadido aislado, sino parte de una reconfiguración integral del cráneo que
conecta audición refinada, vocalización y estrategias tróficas más
sofisticadas.
Enlace
a la [Figura:
Huesecillos del oído medio]
La voz humana
Si seguimos esta cadena evolutiva hasta su extremo actual en
Homo sapiens, comprendemos que la voz humana no es un fenómeno aislado,
sino la culminación de una larga reorganización de arcos faríngeos, mandíbulas
y estructuras auditivas. El antiguo segundo arco, que en peces sostenía la
mandíbula y en los primeros tetrápodos se convirtió en columela, terminó
participando en el delicado sistema del oído medio; los huesos cuadrado y
articular, liberados de su función mandibular en los sinápsidos, pasaron a formar
el martillo y el yunque; el aparato hioideo, antes parte de una
maquinaria respiratoria branquial, se consolidó como soporte de la lengua
y la laringe. Cada etapa fue una transformación, no una invención súbita.
Enlace
a la [Figura:
Destino de los arcos branquiales]
En los mamíferos, la aparición del pabellón auditivo
y del oído medio de tres huesecillos refinó la detección de sonidos, mientras
la nueva articulación dentario–escamosal permitió liberar estructuras para la audición
sin comprometer la mordida. En nuestra especie, la laringe descendida, el
control fino del aparato hioideo y la coordinación respiratoria posibilitan una
fonación extraordinariamente modulada. No poseemos el rango ultrasónico de un
murciélago ni la potencia vocal de ciertos primates o cetáceos, pero nuestra
ventaja radica en la articulación simbólica, en la capacidad de combinar
sonidos en sistemas estructurados que llamamos lenguaje.
Así, la historia de las hendiduras branquiales que se
transformaron en oído, de la hiomandíbula que se volvió estribo y de la
mandíbula ancestral que migró al oído medio converge en algo inesperado: la
posibilidad de generar y percibir significado. Gracias a esa compleja
arquitectura heredada, podemos construir narrativas, transmitir conocimiento,
formar sociedades organizadas y desarrollar ciencia. La misma cadena de
modificaciones que comenzó en un arco faríngeo de un pez permite hoy que leamos
esta historia, que la comprendamos y que, mediante la voz o la escritura, la
compartamos con otros seres humanos.
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