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martes, 27 de enero de 2026

Figura. Lince.

 

Los linces son felinos medianos adaptados principalmente a climas templados y fríos del hemisferio norte. Existen cuatro especies actuales: el lince euroasiático, el lince canadiense, el lince ibérico y el bobcat o lince rojo. Comparten rasgos inconfundibles como orejas con penachos, cola corta y patas largas, que les permiten desplazarse con facilidad sobre nieve o terrenos irregulares. Su pelaje, denso y moteado, varía según la estación y el ambiente, proporcionando camuflaje y aislamiento térmico.

Ecológicamente, los linces son depredadores solitarios y altamente especializados. Su dieta se basa en presas medianas, como liebres, conejos, roedores y aves, aunque el lince euroasiático puede cazar ungulados jóvenes. El caso del lince canadiense es emblemático: su población está estrechamente ligada a los ciclos de la liebre ártica, mostrando una relación depredador-presa muy marcada. Gracias a su caza selectiva, los linces regulan poblaciones de herbívoros y pequeños mamíferos, contribuyendo al equilibrio de los ecosistemas forestales y evitando la sobreexplotación de la vegetación.

Desde una perspectiva evolutiva y de conservación, los linces representan una estrategia distinta dentro de los felinos verdaderos: no dependen de la fuerza extrema ni de la velocidad sostenida, sino del sigilo, la precisión y la adaptación al frío. Sin embargo, varias especies han enfrentado fuertes presiones humanas. El lince ibérico, por ejemplo, estuvo al borde de la extinción debido a la pérdida de hábitat y la disminución del conejo, su presa principal, aunque hoy muestra signos de recuperación gracias a programas de conservación. La historia de los linces ilustra cómo la supervivencia de un depredador depende tanto de su biología como del cuidado de los paisajes que sostienen a sus presas y a las comunidades humanas que conviven con ellos.

 

Figura. Catopuma

 

El Catopuma es un género de felinos verdaderos que habita exclusivamente en el sudeste asiático y que incluye dos especies: el gato dorado asiático (Catopuma temminckii) y el gato de la bahía de Borneo (Catopuma badia). Ambos son felinos medianos, de cuerpo robusto y musculoso, adaptados a la vida en bosques tropicales densos. Su pelaje es muy variable, especialmente en el gato dorado asiático, que puede presentar tonos rojizos, dorados, grises o incluso casi negros. Esta variabilidad no es casual, sino una adaptación al camuflaje en ambientes forestales con luz cambiante.

Desde el punto de vista ecológico, los Catopuma son depredadores solitarios y discretos, difíciles de observar en estado silvestre. Cazan principalmente pequeños y medianos mamíferos, aves y reptiles, desempeñando el papel de depredadores medianos dentro de sus ecosistemas. Aunque no cazan presas tan grandes como los pumas o los panterinos, su función es clave para regular poblaciones animales y mantener el equilibrio del bosque. A diferencia de otros felinos asiáticos más especializados en la vida arbórea, los Catopuma combinan la caza en el suelo con desplazamientos ágiles entre la vegetación, mostrando una estrategia flexible.

Evolutivamente, el género Catopuma pertenece al clado del gato de la bahía, una rama temprana dentro de los felinos verdaderos asiáticos. Esto lo convierte en un grupo especialmente importante para entender cómo los felinos se diversificaron en Asia tras separarse de otros linajes. Sin embargo, ambas especies enfrentan amenazas graves debido a la deforestación, la tala ilegal y la conversión de bosques en plantaciones agrícolas. El gato de la bahía de Borneo es uno de los felinos menos conocidos del mundo y se considera particularmente vulnerable. Conservar a los Catopuma implica proteger algunos de los bosques tropicales más antiguos y biodiversos del planeta, esenciales no solo para estos felinos, sino para innumerables especies y comunidades humanas.

 

Figura. Los ocelotes

 

El ocelote es uno de los felinos medianos más emblemáticos de América y un representante clave de los felinos verdaderos. Posee un cuerpo esbelto pero musculoso, una cabeza relativamente grande y un pelaje llamativo con rosetas alargadas y manchas negras, únicas en cada individuo. Esta coloración le brinda un camuflaje excelente en bosques y selvas. El ocelote es principalmente nocturno y solitario, con sentidos muy desarrollados que le permiten cazar con precisión en ambientes de vegetación densa.

Ecológicamente, los ocelotes son depredadores medianos muy eficientes. Se alimentan de pequeños y medianos vertebrados como roedores, aves, reptiles e incluso monos pequeños. Aunque no alcanzan el tamaño de un puma, cumplen un papel fundamental en la regulación de poblaciones de presas, evitando explosiones demográficas que podrían afectar la vegetación y otros animales. Los ocelotes forman parte de un clado diverso que incluye a otros gatos manchados americanos, como el margay y los tigrillos, mostrando cómo este grupo se adaptó exitosamente a los ecosistemas tropicales del continente.

En Colombia, el ocelote tiene una distribución amplia y habita regiones biogeográficas como la Amazonia, el Chocó, la Orinoquía, el Caribe y el Magdalena Medio. Su presencia es un indicador de ecosistemas relativamente bien conservados, ya que necesita cobertura vegetal continua y abundancia de presas. Sin embargo, enfrenta amenazas crecientes como la deforestación, la expansión de la ganadería, la fragmentación del hábitat y la caza ilegal. La pérdida del ocelote no solo implicaría la desaparición de una especie carismática, sino también la alteración de delicados equilibrios ecológicos. Proteger a los ocelotes en Colombia significa conservar selvas y bosques que también sostienen el agua, la biodiversidad y el bienestar de las comunidades humanas.

Figura. Pantera nebulosa.

 

El Neofelis es un género de grandes felinos asiáticos conocido comúnmente como panteras nebulosas. Incluye dos especies vivientes: la pantera nebulosa continental (Neofelis nebulosa) y la pantera nebulosa de Sunda (Neofelis diardi). Estos felinos habitan principalmente selvas tropicales y subtropicales del sudeste asiático, donde el bosque denso y la vida arbórea han moldeado su anatomía. Su pelaje presenta grandes manchas irregulares con bordes oscuros, llamadas “nubes”, que les proporcionan un camuflaje excepcional entre sombras y follaje.

Desde el punto de vista evolutivo, Neofelis ocupa una posición clave dentro de los panterinos, ya que representa una rama temprana del grupo. Aunque pertenece a la subfamilia Pantherinae, la pantera nebulosa conserva rasgos considerados más primitivos en comparación con leones o tigres. Destaca especialmente por poseer colmillos proporcionalmente muy largos, comparables en tamaño relativo a los de algunos felinos de dientes de sable extintos. Sin embargo, a diferencia de los grandes panterinos del género Panthera, los Neofelis no rugen plenamente, lo que refleja una estructura laríngea intermedia entre panterinos y felinos verdaderos.

Ecológicamente, las panteras nebulosas son depredadores solitarios y altamente ágiles, con extremidades cortas y fuertes, tobillos flexibles y una cola larga que les permite desplazarse con facilidad por los árboles. Cazan tanto en el suelo como en el dosel, alimentándose de primates, aves y mamíferos medianos. A pesar de su eficacia como cazadores, hoy enfrentan graves amenazas debido a la deforestación, la fragmentación del hábitat y la caza ilegal. La conservación del género Neofelis es especialmente importante porque representa un eslabón evolutivo clave para entender cómo surgieron los grandes felinos modernos y cómo la evolución produjo múltiples formas de depredadores especializados a partir de ancestros relativamente pequeños. 

Figura. Leopardo de las nieves

 

El leopardo de las nieves es uno de los grandes felinos más enigmáticos y menos conocidos del planeta. Habita las altas montañas de Asia Central, en regiones como el Himalaya, el Pamir y el Altái, donde las temperaturas son extremas y el terreno es escarpado. Su cuerpo está especialmente adaptado a este ambiente: posee un pelaje espeso y claro que lo camufla entre la nieve y las rocas, patas anchas que funcionan como raquetas naturales y una cola muy larga y gruesa que le ayuda a mantener el equilibrio y a protegerse del frío cuando se enrosca alrededor del cuerpo.

A diferencia de otros panterinos, el leopardo de las nieves no puede rugir. Esto se debe a una estructura diferente de su laringe y del hueso hioides, lo que lo hace único dentro del género Panthera. Es un animal solitario y extremadamente esquivo, difícil de observar incluso para los científicos. Caza principalmente íbices, bharales y otros herbívoros de montaña, utilizando el sigilo y saltos largos y precisos para sorprender a sus presas en pendientes abruptas. Su estilo de vida refleja una adaptación fina a un entorno donde la energía debe usarse con cuidado y cada caza es crucial para sobrevivir.

Desde el punto de vista ecológico, el leopardo de las nieves cumple el papel de depredador tope en los ecosistemas de alta montaña. Al regular las poblaciones de herbívoros, ayuda a evitar la sobreexplotación de la vegetación frágil de estos ambientes. Sin embargo, enfrenta amenazas crecientes como el cambio climático, que reduce las zonas frías donde puede vivir, y los conflictos con comunidades humanas dedicadas al pastoreo. La pérdida del leopardo de las nieves no solo significaría la desaparición de un felino emblemático, sino también un desequilibrio profundo en ecosistemas montañosos que ya son de por sí delicados. 

 

 

Figura. Leopardo

 

El leopardo es uno de los grandes felinos más versátiles y ampliamente distribuidos del mundo. Habita principalmente en África y en algunas regiones de Asia, donde ocupa una gran variedad de ecosistemas, desde sabanas y bosques secos hasta selvas y zonas montañosas. Su cuerpo es esbelto, ágil y relativamente ligero en comparación con otros panterinos, lo que lo convierte en un excelente trepador. El leopardo suele subir sus presas a los árboles para protegerlas de otros depredadores, una conducta poco frecuente en el jaguar y casi inexistente en el tigre.

A primera vista, el leopardo suele confundirse con el jaguar, pero existen diferencias claras. Aunque ambos presentan manchas en forma de rosetas, las del leopardo son más pequeñas y no contienen un punto central, mientras que las del jaguar casi siempre lo tienen. Además, el jaguar posee un cuerpo más robusto y una mordida mucho más potente, adaptada para perforar huesos y caparazones, mientras que el leopardo depende más de la agilidad, el sigilo y la sorpresa. En términos de hábitat, el leopardo evita los ambientes acuáticos, a diferencia del jaguar, que prefiere zonas cercanas a ríos y es un nadador habitual.

Desde el punto de vista ecológico, el leopardo es un depredador oportunista, capaz de cazar una gran diversidad de presas, desde pequeños roedores y aves hasta antílopes medianos. Esta flexibilidad le ha permitido sobrevivir en paisajes muy transformados por el ser humano, incluso cerca de asentamientos humanos, algo que lo diferencia del jaguar, que requiere territorios más continuos y bien conservados. Sin embargo, esta cercanía también lo expone a conflictos con las personas. El leopardo representa una estrategia evolutiva distinta dentro de los grandes felinos: menos fuerza bruta que el jaguar, pero mayor adaptabilidad, lo que explica tanto su éxito como los retos que enfrenta en el mundo actual. 

 

 

 

Figura. Jaguar

 Un leopardo con la boca abierta

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El jaguar es el felino más grande de América y uno de los depredadores más poderosos del continente. Su cuerpo es robusto, compacto y extremadamente musculoso, diseñado para la fuerza más que para la velocidad prolongada. El pelaje, de color amarillo dorado con rosetas negras que suelen encerrar un punto central, le proporciona un camuflaje eficaz en selvas, bosques y humedales. A diferencia de otros grandes felinos, el jaguar posee una mordida excepcionalmente fuerte, capaz de perforar cráneos y caparazones, lo que le permite cazar una gran variedad de presas.

El jaguar es un animal principalmente solitario y territorial. Prefiere ambientes cercanos al agua y es un nadador excelente, algo poco común entre los felinos. Su dieta es muy diversa: incluye venados, pecaríes, tapires, caimanes, tortugas y peces. Esta flexibilidad alimentaria le ha permitido ocupar distintos ecosistemas, desde selvas tropicales hasta bosques secos. Como depredador tope, regula las poblaciones de herbívoros y otros animales, ayudando a mantener el equilibrio ecológico y la estructura de los ecosistemas donde vive.

Desde el punto de vista evolutivo, el jaguar pertenece al grupo de los panterinos, lo que significa que puede rugir gracias a la estructura especial de su laringe. Culturalmente, ha sido una figura central en muchas civilizaciones americanas precolombinas, donde fue símbolo de poder, fuerza y conexión con el mundo espiritual. Para pueblos indígenas, el jaguar representaba al guardián de la selva y al mediador entre el ser humano y la naturaleza, reflejando el profundo respeto que inspiraba este animal.

En Colombia, el jaguar tiene una importancia ecológica y cultural enorme. Habita regiones biogeográficas clave como la Amazonia, el Chocó, la Orinoquía, el Caribe y algunos sectores del Magdalena Medio. Sin embargo, enfrenta amenazas graves como la deforestación, la expansión de la ganadería, el cambio en el uso del suelo y los conflictos con comunidades rurales. La pérdida del jaguar implica la pérdida de servicios ecosistémicos fundamentales, como la regulación de poblaciones animales y la protección de fuentes de agua. Conservar al jaguar en Colombia no es solo proteger a una especie emblemática, sino asegurar la salud de los ecosistemas y el bienestar de las comunidades humanas que dependen de ellos.

Figura. El León

 Un dibujo de un perro y un gato

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El león es uno de los grandes depredadores más emblemáticos del planeta y un símbolo de fuerza y organización social. Habita principalmente en las sabanas africanas, aunque en el pasado también vivió en regiones de Asia y Europa. A diferencia de la mayoría de los felinos, el león es un animal social: vive en grupos llamados manadas, formadas por hembras emparentadas, sus crías y uno o varios machos adultos. Las leonas suelen encargarse de la caza cooperativa, mientras que los machos defienden el territorio y al grupo frente a otros leones.

El león pertenece a la familia Felidae y al grupo de los panterinos, lo que significa que puede rugir, gracias a la estructura especial de su laringe. Como depredador tope, regula las poblaciones de grandes herbívoros y contribuye al equilibrio de los ecosistemas. Sin embargo, hoy enfrenta amenazas como la pérdida de hábitat, la caza y el cambio climático, lo que ha reducido drásticamente sus poblaciones.

Los leones son célebres por su marcado dimorfismo sexual, especialmente visible en la melena de los machos. Esta no solo cumple una función visual, sino también comunicativa: indica edad, salud y estatus frente a otros leones. Las leonas, en cambio, carecen de melena y poseen cuerpos más esbeltos y resistentes, adaptados a la caza prolongada. Esta diferencia no es un simple detalle estético, sino el resultado de una división de roles que ha sido moldeada por la selección natural a lo largo de miles de generaciones.

Desde la antigüedad, el león ha sido asociado con la figura del rey humano. Ha aparecido en escudos de armas, estandartes, mitos y relatos como símbolo de poder, valentía y autoridad. Sin embargo, también ha sido temido, perseguido y vilipendiado, especialmente cuando entra en conflicto con las personas. Esta relación ambigua refleja una verdad profunda: los leones no son solo símbolos culturales, sino animales necesarios. Su presencia mantiene el equilibrio de los ecosistemas, recordándonos que respetar a los grandes depredadores es también una forma de cuidar la vida humana.

Figura. El tigre

 

El tigre es el felino más grande que existe en la actualidad y uno de los depredadores más imponentes del planeta. Habita principalmente en Asia, en ambientes muy diversos que incluyen selvas tropicales, bosques templados, manglares y regiones frías del extremo oriental de Rusia. Su cuerpo es robusto y musculoso, con patas poderosas y garras retráctiles que le permiten sujetar a presas de gran tamaño. El pelaje anaranjado con rayas negras no es solo una característica estética: funciona como camuflaje, rompiendo su silueta entre la vegetación y facilitando el acecho silencioso.

A diferencia del león, el tigre es un animal solitario. Cada individuo mantiene un territorio amplio que marca y defiende, y solo se reúne con otros tigres durante la época reproductiva. Es un cazador paciente y sigiloso, especializado en la caza por emboscada, aprovechando la sorpresa y la fuerza explosiva más que la persecución prolongada. Se alimenta principalmente de grandes herbívoros como ciervos, jabalíes y búfalos, lo que lo convierte en un depredador tope fundamental para regular las poblaciones de presas y mantener el equilibrio de los ecosistemas que habita.

Desde el punto de vista biológico, el tigre pertenece al grupo de los panterinos, lo que significa que puede rugir, gracias a una estructura especial de su laringe y del hueso hioides. Culturalmente, ha sido símbolo de poder, ferocidad y respeto en muchas sociedades asiáticas, apareciendo en mitos, arte y tradiciones. Sin embargo, hoy enfrenta graves amenazas: la pérdida y fragmentación de hábitat, la caza furtiva y el cambio climático han reducido drásticamente sus poblaciones. La conservación del tigre no solo implica proteger a una especie emblemática, sino también preservar vastos ecosistemas de los que dependen innumerables formas de vida, incluidas las comunidades humanas.

Los leones no son felinos

¿Has escuchado que los gatos son “grandes felinos”? Aunque suena razonable, esa afirmación es falsa desde el punto de vista científico. Decir que los leones son felinos en el mismo sentido que los gatos domésticos es parecido a decir que los seres humanos somos chimpancés calvos: compartimos similitudes y un origen común, pero no somos lo mismo. En biología, las clasificaciones no se hacen por tamaño o apariencia, sino por parentesco evolutivo, es decir, por cómo las especies están relacionadas a lo largo del tiempo.

Un dibujo de un perro y un gato

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Figura 1. Enlace a la descripción.

Los leones y los llamados felinos verdaderos comparten un ancestro común, una especie antigua que los científicos identifican como el primer félido. Observa que la terminación -ido en félido no es casual: en biología se usa para nombrar una familia biológica, un grupo amplio que reúne especies emparentadas, pero no idénticas. Así, pertenecer a la misma familia significa compartir ciertas características y un origen, no ser la misma especie. Cada una siguió su propio camino evolutivo, adaptándose a distintos ambientes y desarrollando rasgos diferentes, como el tamaño, la forma de cazar o el comportamiento.

Categorías taxonómicas

Antes de continuar, es importante aclarar algo fundamental: las categorías taxonómicas que has escuchado —como familia, género u orden— son en realidad acuerdos creados por los seres humanos para organizar la enorme diversidad de la vida, un poco como cuando ordenamos libros en estanterías o usamos índices en un cuaderno. La complejidad biológica del mundo natural casi siempre supera nuestros mejores intentos de clasificarlo. Por eso, las clasificaciones de los seres vivos forman una rama de la biología muy compleja y en constante cambio, que refleja la naturaleza de la ciencia: cuestionarse a sí misma todo el tiempo para mejorar sus explicaciones.

Figura 2. Enlace a la descripción.

Hoy en día, muchos taxónomos —es decir, biólogos especializados en clasificar organismos— prefieren usar el concepto de clado en lugar de depender tanto de categorías tradicionales. Un clado es un grupo de seres vivos que descienden de un ancestro común. Aunque sigan sonando más conocidas palabras como reino, filo, clase, orden, familia, género y especie, en el fondo todas representan clados. La idea es que cada grupo refleje un parentesco real y no solo una semejanza superficial. Por ejemplo, los tetrápodos (vertebrados con cuatro extremidades) tienen apéndices anteriores que son estructuralmente semejantes porque provienen de un mismo origen evolutivo, pero cumplen funciones distintas: manos para agarrar, patas para caminar, alas para volar o aletas para nadar. Esto muestra cómo la evolución conserva la estructura básica, aunque cambie su función con el tiempo.

Dos ramas de una familia

En el caso de los félidos —y recalcando de nuevo la terminación -ido, propia de una familia biológica—, este grupo se divide en dos grandes ramas evolutivas. Una de ellas corresponde a los panterinos, conocidos popularmente como grandes félidos, donde se incluyen animales como leones, tigres y jaguares. La otra rama agrupa a los felinos verdaderos o pequeños félidos, como el gato doméstico, los linces y los pumas. Esta división no se basa solo en el tamaño, sino en diferencias profundas en su historia evolutiva, su anatomía y su comportamiento.

Un leopardo con la boca abierta

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Figura 3. Enlace a la descripción.

Los paleontólogos estiman que estas dos ramas se separaron hace varios millones de años, cuando los primeros félidos se expandían por regiones de Eurasia. A partir de ese momento, cada linaje siguió un camino distinto: los panterinos desarrollaron características como la capacidad de rugir, mientras que los felinos verdaderos conservaron otras adaptaciones, como un maullido más agudo y una estructura diferente del hueso hioides. Esto refuerza una idea clave: aunque todos pertenezcan a la familia Felidae, no todos los félidos son “felinos” en el mismo sentido, y menos aún se puede decir que un león sea simplemente un “gato grande”.

¿Qué es un panterino?

Un panterino es un miembro de una de las dos grandes ramas evolutivas dentro de la familia Felidae. Los panterinos se distinguen de los felinos verdaderos por varias características anatómicas y evolutivas, pero la más conocida es que algunos pueden rugir, algo que los gatos domésticos no pueden hacer. Esta capacidad está relacionada con la estructura del hueso hioides y de la laringe. Los panterinos no son simplemente “gatos grandes”, sino un linaje evolutivo propio, con una historia distinta que comenzó hace millones de años, cuando sus ancestros se separaron de los de los pequeños felinos.

 Dentro de los panterinos existen dos ramas principales. La primera corresponde a los neofelisios, que incluye a las panteras nebulosas, consideradas una forma más primitiva dentro del grupo. Las especies vivas de este grupo son: Neofelis nebulosa (pantera nebulosa) y Neofelis diardi (pantera nebulosa de Sunda). La segunda rama es la de las panteras verdaderas, pertenecientes al género Panthera, e incluye a: Panthera leo (león), Panthera tigris (tigre), Panthera pardus (leopardo), Panthera onca (jaguar) y Panthera uncia (leopardo de las nieves). Todas estas especies comparten un ancestro común, pero cada una ha desarrollado adaptaciones propias según su ambiente y forma de vida.

Figura 4. Enlace a la descripción.

Figura 5. Enlace a la descripción.

Figura 6. Enlace a la descripción.

Aunque a veces parecen más “primitivos” por su gran tamaño y fuerza, esto es una idea engañosa. Los panterinos (subfamilia Pantherinae) son, en realidad, más recientes desde el punto de vista evolutivo que los felinos verdaderos o pequeños felinos. Los estudios genéticos indican que los panterinos se separaron del resto de los félidos a partir de un ancestro común hace aproximadamente 4 a 5 millones de años. Con el tiempo, este linaje se especializó en la caza de presas grandes, desarrollando cuerpos robustos, mandíbulas poderosas y adaptaciones en la laringe que, en varias especies, permiten rugir. Desde su origen en Eurasia, los panterinos se expandieron ampliamente, llegando incluso a América del Norte, donde vivieron grandes especies hoy extintas junto a las actuales.

Durante millones de años, América del Sur y Australia permanecieron aisladas de estos grandes depredadores porque quedaron separadas de los mamíferos placentarios del norte. En ese aislamiento evolucionaron otros cazadores, muy distintos pero funcionalmente parecidos. En América del Sur dominaron los marsupiales de dientes de sable, como Thylacosmilus, famoso por sus enormes colmillos curvados, y Anachlysictis, un depredador marsupial cuyos fósiles han sido hallados en Colombia. Esta situación cambió cuando se formó el Istmo de Panamá, hace unos 3 millones de años, permitiendo el llamado Gran Intercambio Biótico Americano. Entonces, panteras y otros grandes félidos placentarios, como los pumas, invadieron el sur y desplazaron progresivamente a estos antiguos cazadores marsupiales, transformando para siempre los ecosistemas del continente.

Hoy, la historia evolutiva de los grandes félidos se cruza con un desafío nuevo y urgente: el cambio climático, causado en gran parte por actividades humanas como la deforestación, el cambio en el uso del suelo, la ganadería extensiva y el uso de combustibles fósiles. En Colombia, el jaguar (Panthera onca), el mayor félido de América, depende de grandes extensiones continuas de bosque para cazar y reproducirse. Sin embargo, la tala de selvas para abrir pastizales ganaderos y cultivos fragmenta su hábitat, especialmente en regiones biogeográficas como la Amazonia, el Chocó biogeográfico y el Caribe. Al perder conectividad entre ecosistemas, los jaguares quedan aislados, aumentan los conflictos con comunidades humanas y se debilita su papel como depredadores tope, esenciales para el equilibrio ecológico.

Situaciones similares ocurren en otros continentes. En Kenia, los leones (Panthera leo) enfrentan sequías más frecuentes asociadas al cambio climático, lo que reduce las poblaciones de herbívoros de las que dependen y empuja a los leones a acercarse al ganado, generando conflictos con las personas. En el extremo opuesto del planeta, en Rusia, el tigre de Amur (Panthera tigris altaica) sufre los efectos del calentamiento global en bosques fríos, donde los cambios en la nieve, los incendios y la disponibilidad de presas alteran ecosistemas que tardaron miles de años en formarse. Estos ejemplos muestran que los panterinos no solo son el resultado de una larga historia evolutiva, sino también indicadores de la salud de los ecosistemas: cuando ellos desaparecen, el impacto se siente tanto en la naturaleza como en las comunidades humanas que dependen de ella.

Depredadores tope o ápex

Un depredador tope es aquel que se encuentra en la cima de la red alimentaria y que, por lo tanto, no tiene depredadores naturales en su ecosistema. Su importancia va mucho más allá de cazar presas: regula poblaciones y mantiene el equilibrio ecológico. Cuando un depredador tope desaparece, ocurre lo que los ecólogos llaman una cascada trófica, es decir, una cadena de cambios que se propaga por todo el ecosistema. Un ejemplo clásico es el de los lobos en Parque Nacional Yellowstone. Cuando los lobos fueron eliminados, las poblaciones de grandes herbívoros aumentaron sin control y comenzaron a sobreexplotar la vegetación, especialmente en riberas y valles.

El resultado fue sorprendente: al desaparecer árboles y arbustos, cambiaron los paisajes, se erosionaron los suelos, se alteraron los cursos de los ríos y muchas otras especies —aves, insectos y pequeños mamíferos— perdieron su hábitat. Cuando los lobos fueron reintroducidos, no solo disminuyó el número de herbívoros, sino que estos cambiaron su comportamiento, evitando permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. La vegetación se recuperó, los ríos estabilizaron sus cauces y el ecosistema comenzó a reorganizarse. Este caso muestra que, aunque los grandes herbívoros puedan parecernos tiernos o inofensivos, sus poblaciones también deben ser reguladas. Sin depredadores tope, incluso un paisaje completo puede transformarse radicalmente, demostrando que la naturaleza funciona como un sistema interconectado, donde cada pieza cumple un papel clave.

En el contexto colombiano, existe una sabiduría ancestral que resume muy bien esta idea: “tierra sin agua no vale”. Nuestros abuelos entendían que el valor de la tierra no depende solo de lo que se siembra en ella, sino de que el agua siga fluyendo, limpia y constante, desde las montañas hasta los valles. La eliminación de los grandes depredadores de las selvas —como el jaguar— rompe ese equilibrio. Al desaparecer el depredador tope, las poblaciones de grandes herbívoros aumentan sin control y sobreexplotan la vegetación, especialmente cerca de ríos y quebradas. Esto provoca erosión del suelo, pérdida de cobertura vegetal y el deterioro de nacimientos de agua y arroyos que son vitales para las comunidades humanas aguas abajo en Colombia.

El problema no es el animal “feroz”, sino perder su función ecológica. Matar a un jaguar solo porque da miedo puede parecer una solución inmediata, pero a largo plazo empobrece el territorio. Sin depredadores que regulen el ecosistema, la tierra pierde su capacidad de retener agua, se vuelve menos fértil y deja de prestar servicios ecosistémicos esenciales, como la regulación del clima local, la protección de los suelos y el abastecimiento hídrico. Así, proteger a los grandes depredadores no es solo una cuestión de conservar especies emblemáticas, sino de cuidar el agua, la productividad de la tierra y la vida de las personas que dependen de esos ecosistemas. La ciencia moderna confirma lo que el conocimiento tradicional ya sabía: cuidar la naturaleza es cuidarnos a nosotros mismos.

¿Qué es un felino verdadero?

Un felino verdadero es un miembro de la otra gran rama evolutiva dentro de la familia Felidae, conocida como Felinae. Este grupo incluye a la mayoría de los gatos actuales, desde el gato doméstico hasta especies silvestres como los linces, ocelotes, servales y pumas. A diferencia de los panterinos, los felinos verdaderos no pueden rugir, porque su hueso hioides está completamente osificado y su laringe es menos flexible. En su lugar, emiten otros sonidos como maullidos, ronroneos, bufidos y chillidos, lo que refleja una historia evolutiva distinta. Los felinos verdaderos no son una versión “menor” de los grandes félidos, sino un linaje propio, con una enorme diversidad de tamaños, comportamientos y estrategias de caza.

Aunque a menudo se dice que los felinos verdaderos son solo depredadores medianos o pequeños, esta idea es incompleta. Algunos miembros de este grupo han convergido evolutivamente hacia la caza de presas grandes, ocupando nichos ecológicos muy similares a los de los panterinos. El mejor ejemplo es el puma, un felino verdadero que puede cazar animales tan grandes como venados y que cumple el papel de depredador tope en amplias regiones donde no hay jaguares o leones. Esto demuestra que la diferencia entre panterinos y felinos verdaderos no está en la “importancia” ecológica, sino en su historia evolutiva y anatomía. Ambos grupos han producido cazadores altamente eficientes, adaptados a distintos ambientes, desde selvas y sabanas hasta montañas y desiertos, recordándonos que la evolución no sigue una sola forma de éxito, sino muchos caminos distintos para cumplir funciones similares.

Los felinos verdaderos se separaron de los panterinos hace aproximadamente entre 12 y 11 millones de años, cuando ambos clados aún estaban formados por animales pequeños o medianos, parecidos a gatos grandes salvajes primitivos. En ese momento no existían ni leones ni pumas poderosos: esas formas aparecieron mucho después. A partir de esa separación, la evolución siguió múltiples caminos. Algunas líneas de felinos verdaderos se mantuvieron pequeñas y ágiles; otras convergieron hacia tamaños intermedios, como los linces; algunas evolucionaron hacia grandes cazadores de presas mayores, como los pumas; y otras siguieron trayectorias muy particulares, como los guepardos, especializados en la velocidad extrema. Esto muestra que la evolución no avanza “en línea recta”, sino que explora distintas soluciones según el ambiente y el modo de vida.

Desde el punto de vista evolutivo, los felinos verdaderos (Felinae) se organizan en varios clados, es decir, ramas de un árbol evolutivo, todas descendientes de un ancestro común. Estas ramas no representan “niveles” de tamaño ni de importancia, sino trayectorias evolutivas distintas. Siguiendo el orden del árbol filogenético, uno de los primeros clados que se reconoce es el de los caracales. Este clado incluye al serval, al caracal y al gato dorado africano. Son felinos adaptados a sabanas y ambientes abiertos, con patas largas, gran capacidad de salto y una caza basada en la velocidad y la precisión.

A continuación aparece el clado de los ocelotes, un grupo muy diverso que evolucionó principalmente en América. Aquí se incluyen el gato andino, el ocelote, el margay, el gato de las pampas, el tigrillo u oncilla, el tigrillo del sur, el gato de Geoffroy y el kodkod. Este clado muestra cómo, a partir de un mismo origen, los felinos se adaptaron a selvas, bosques, montañas y matorrales, ocupando distintos nichos ecológicos como depredadores medianos altamente especializados.

Figura 7. Enlace a la descripción.

Más adelante se encuentra el clado del gato de la bahía, formado por felinos asiáticos estrechamente ligados a los bosques densos. En este grupo están el gato marmolado, el gato de la bahía de Borneo y el gato dorado asiático. Son especies poco conocidas y difíciles de observar, pero muy importantes para entender la diversidad evolutiva de los felinos en Asia.

Figura 8. Enlace a la descripción

Figura 9. Enlace a la descripción.

Luego aparece el clado de los linces, compuesto por el lince rojo, el lince canadiense, el lince euroasiático y el lince ibérico. Estos felinos se caracterizan por su adaptación a climas templados y fríos, con patas largas, orejas con penachos y un oído muy desarrollado. Evolucionaron para cazar presas medianas en ambientes boscosos y nevados, mostrando una clara especialización ecológica.

Después se reconoce el clado del puma, uno de los más llamativos, porque demuestra que los felinos verdaderos no son solo depredadores pequeños o medianos. En este clado se incluyen el guepardo, el jaguarundi y el puma. Aunque el guepardo siguió un camino evolutivo muy particular, especializado en la velocidad, el puma evolucionó hacia la caza de presas grandes, cumpliendo en muchos ecosistemas el papel de depredador tope, de forma similar a los grandes panterinos.

Finalmente, aparecen dos clados relacionados con felinos de menor tamaño. El primero es el clado del gato leopardo, que incluye al gato de Pallas, el gato manchado rojizo, el gato de cabeza plana, el gato pescador, el gato leopardo y el gato leopardo de Sunda. El último es el clado de los gatos domésticos y silvestres, donde se encuentran el gato montés africano, el gato montés europeo, el gato montés chino, el gato de la jungla, el gato de patas negras, el gato del desierto y el gato doméstico.

En conjunto, este árbol evolutivo muestra que los felinos verdaderos no forman un grupo simple ni uniforme. A partir de ancestros pequeños, la evolución produjo una gran diversidad de formas, desde pequeños cazadores especializados hasta depredadores capaces de regular ecosistemas enteros. No se trata de “gatos grandes” o “gatos pequeños”, sino de clados con historias evolutivas distintas, todos igualmente valiosos para comprender la biodiversidad.

El cambio climático, impulsado por el uso de combustibles fósiles, el incremento del CO₂ atmosférico, la deforestación, la ganadería y el cambio en el uso del suelo, está transformando profundamente los ecosistemas donde viven muchos felinos verdaderos. En Colombia, estos impactos son evidentes en regiones biogeográficas como la Amazonia, el Chocó, la Orinoquía y el Caribe, donde la pérdida y fragmentación de los bosques reducen los territorios del puma, los ocelotes y los gatos silvestres nativos. Al disminuir la cobertura vegetal y alterarse los ciclos del agua, también cambian las poblaciones de presas, lo que obliga a estos felinos a desplazarse, aislarse o entrar en conflicto con comunidades humanas. La consecuencia es doble: se debilitan funciones ecológicas esenciales, como el control de roedores y herbívoros medianos, y se afectan servicios ecosistémicos de los que dependen las personas, como la regulación hídrica y la estabilidad de los suelos.

En contraste, el gato doméstico ha seguido una trayectoria completamente distinta. Gracias a su asociación con los seres humanos, se ha expandido por casi todos los ambientes del planeta, incluso en zonas donde existen felinos silvestres nativos. Esta expansión ha tenido un alto costo ecológico, ya que el gato doméstico se ha convertido en una de las principales amenazas para la biodiversidad, especialmente para las aves cantoras y otros pequeños animales. A diferencia del puma, el ocelote o los gatos silvestres, que forman parte del equilibrio natural de sus ecosistemas, los gatos domésticos introducidos actúan como depredadores invasores, cazando incluso cuando no necesitan alimento. Esto pone en evidencia un contraste importante: mientras los felinos silvestres enfrentan el cambio climático y la pérdida de hábitat, una especie asociada al ser humano se expande a costa de muchas otras, recordándonos que la conservación también depende de cómo convivimos con los animales domésticos.

Y ¿los tigres dientes de sable?

En realidad, el tigre dientes de sable no existe… al menos no como tigre. No hubo tigres (Panthera tigris) ni panteras verdaderas que evolucionaran colmillos de sable. El nombre es un error popular que mezcla dos ideas distintas: por un lado, los tigres actuales, y por otro, varios félidos extintos que desarrollaron colmillos largos y curvados. Lo correcto no es hablar de “tigres” ni siquiera de un solo tipo de animal, sino de félidos de dientes de sable, un conjunto de linajes distintos que evolucionaron esa característica de manera independiente, en distintos momentos y lugares.

A partir de félidos primitivos como Proailurus y Pseudaelurus —formas antiguas, pequeñas y generalistas— surgieron múltiples ramas. Algunas dieron origen a los felidos modernos (Felinae y Pantherinae), pero otras evolucionaron hacia formas muy especializadas. Entre estas están los macairodontinos, los verdaderos felinos de dientes de sable, que no forman un solo grupo simple, sino varios linajes distintos. Aparecen, por ejemplo, ramas como Machairodontinae, Hyperailurictis y Smilodon o Styfelis y otros géneros cercanos, cada una con combinaciones propias de tamaño corporal, fuerza y longitud de colmillos. Algunas especies eran cazadores gigantes, otras medianas, y muchas solo se conocen por fósiles fragmentarios.

Lo importante es que este tipo de anatomía —colmillos largos, cráneos robustos, mandíbulas muy abiertas— evolucionó varias veces, no una sola. Incluso hubo otros mamíferos no felinos, como ciertos marsupiales, que desarrollaron formas sorprendentemente parecidas. Esto es un ejemplo claro de evolución convergente: linajes distintos llegan a soluciones similares cuando enfrentan problemas parecidos, como cazar presas grandes. Por eso, en lugar de decir “tigre” o incluso “felino” de dientes de sable de forma imprecisa, el término correcto y científico es félidos de dientes de sable, en plural.

En conjunto, esta historia muestra algo profundo sobre la evolución de los grandes depredadores. Los grandes félidos especializados en caza mayor no aparecieron una sola vez ni siguieron un camino lineal: han estado evolucionando de forma convergente una y otra vez. Esto hace que sus diferencias parezcan a veces casi caprichosas —colmillos largos, cuerpos más esbeltos o más robustos—, pero también explica sus similitudes. La evolución es azarosa en los detalles, pero necesaria en las funciones: a partir de ancestros intermedios relativamente pequeños, la selección natural volvió a producir, una y otra vez, grandes cazadores adaptados a dominar sus ecosistemas.

Referencias

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lunes, 26 de enero de 2026

Figura. Dirección y sentido.

 

La dirección y el sentido son conceptos relacionados pero no equivalentes, y conviene separarlos con claridad para evitar confusiones conceptuales. La dirección describe la orientación geométrica de una magnitud respecto a un sistema de referencia, y se expresa como un ángulo de desviación con respecto a un eje o plano elegido como patrón. En la imagen, el brazo principal del instrumento forma un ángulo bien definido con la base horizontal; ese ángulo, leído en la escala graduada en arco, fija la dirección del movimiento o de la fuerza. La dirección existe independientemente de si el sistema “avanza” o “retrocede”: es una información puramente geométrica que responde a la pregunta “¿hacia dónde está orientado?”.

El sentido, en cambio, no introduce un nuevo ángulo ni una nueva geometría, sino que indica cuál de las dos orientaciones posibles dentro de una misma dirección está activa. Es una propiedad polar y binaria: positivo o negativo. En el instrumento ilustrado, una vez fijada la dirección del brazo por su ángulo, el sentido queda determinado por si el movimiento se realiza hacia un lado del arco o hacia el opuesto, por ejemplo elevando el plato con las masas o dejándolo descender. El sentido se representa mediante signos algebraicos (+ o −) y solo tiene significado cuando la dirección ya ha sido previamente definida; sin dirección, el sentido no puede existir de forma independiente.

La confusión entre ambos conceptos surge con frecuencia porque los sistemas de coordenadas polares integran simultáneamente dirección y sentido. En este tipo de sistemas, una magnitud queda descrita por un ángulo (que da la dirección y genera un signo) y un valor asociado, lo que da la impresión de que ambas ideas forman una sola. Sin embargo, conceptualmente siguen siendo distintas: el ángulo define la dirección, mientras que el signo define el sentido. Separar ambas nociones resulta esencial en física y química, ya que permite describir con precisión movimientos, fuerzas, flujos o procesos sin ambigüedad, y evita interpretar erróneamente una orientación geométrica como una polaridad física.

 

Figura. Identidad química y medición

 

La naturaleza química de una sustancia determina de manera directa cómo puede medirse y qué propiedades son relevantes para esa medición. En la antigüedad, cuando no existían instrumentos cuantitativos precisos, muchas evaluaciones se realizaban mediante pruebas cualitativas basadas en propiedades físicas emergentes de la composición química. Un ejemplo clásico es el del oro: su ductilidad y maleabilidad, derivadas de su estructura metálica y de sus enlaces, permitían estimar su pureza de forma empírica. Al morder una moneda, si esta se deformaba con facilidad, se infería que contenía una alta proporción de oro; si resultaba rígida o quebradiza, indicaba la presencia de otros metales como cobre o plata.

Estas prácticas revelan que la medición no depende únicamente de números, sino del conocimiento de las propiedades químicas de los materiales. La dureza, el brillo, la densidad o la ductilidad funcionaban como indicadores indirectos de composición, aun sin comprender la química atómica subyacente. En este contexto, medir era identificar comportamientos característicos asociados a una sustancia. Así, la medición estaba estrechamente ligada a la identidad química, y no solo a la cantidad. Este tipo de evaluación cualitativa fue esencial en economías antiguas, donde la confianza en el valor de un metal dependía de su comportamiento físico observable.

Con el tiempo, estas prácticas se integraron en ciclos históricos de devaluación monetaria. Muchos estados rebajaron la pureza de sus monedas mezclando oro con otros metales para acuñar más piezas, lo que alteraba sus propiedades físicas. Las monedas se volvían menos dúctiles, más duras o más frágiles, y perdían brillo, lo que erosionaba la confianza económica. Así, la química del material se convirtió en un factor político y económico. Este ejemplo ilustra un principio fundamental: medir en química implica comprender cómo la identidad de una sustancia condiciona sus propiedades, y cómo estas propiedades, a su vez, determinan los métodos de medición posibles.

 

Figura. La Balanza

 

La balanza es uno de los instrumentos de medición cualitativa más antiguos y conceptualmente poderosos. En la ilustración se observa su uso en un contexto cotidiano: una persona compara monedas y objetos colocando cantidades en ambos platillos hasta alcanzar el equilibrio. En este tipo de medición no interesa aún un valor numérico exacto, sino establecer relaciones de igualdad o desigualdad: más pesado, menos pesado o igual. La balanza, en este sentido, no responde primero a la pregunta “¿cuánto pesa?”, sino a “¿qué pesa más?”, lo que la convierte en una herramienta fundamental para el pensamiento comparativo.

El principio cualitativo que gobierna la balanza es el equilibrio. Cuando ambos platillos se encuentran al mismo nivel, se establece que las cantidades comparadas son equivalentes en masa, independientemente de su forma, material o valor económico. Este tipo de razonamiento antecede históricamente a la medición cuantitativa y permite abstraer la propiedad de masa de otras características perceptibles. En la escena, la balanza se utiliza para contrastar monedas apiladas con otros objetos, mostrando que la comparación no depende de la apariencia, sino de una propiedad física común que se manifiesta en el equilibrio mecánico del instrumento.

Desde el punto de vista científico, la balanza cualitativa cumple una función epistemológica clave: enseña a comparar antes de contar. Solo después de establecer equivalencias se introducen patrones, unidades y números. Este enfoque fue esencial en el desarrollo de la química y de la física, donde primero se reconoció que ciertas cantidades “se compensan” antes de definir cuánto valen. Incluso hoy, en laboratorios y procesos industriales, la balanza conserva este rol conceptual: garantizar que dos sistemas sean comparables antes de asignarles un valor numérico. Así, la balanza no solo mide, sino que educa en la lógica de la medición, recordándonos que toda cuantificación se apoya, en última instancia, en una comparación cualitativa previa.

Figura. Francois Viete

François Viète (1540–1603) fue un matemático y jurista francés cuya contribución transformó de manera decisiva la historia de las matemáticas. Aunque no inventó el álgebra, Viète le dio la forma simbólica moderna que hoy reconocemos, convirtiéndola en un lenguaje general y abstracto capaz de describir relaciones numéricas sin depender de valores concretos. Vivió en un periodo de transición intelectual, el Renacimiento tardío, en el que el pensamiento matemático aún estaba dominado por métodos retóricos heredados de la tradición medieval. Su obra marcó el paso desde un álgebra expresada en palabras hacia un sistema simbólico coherente, preciso y universal.

Antes de Viète, los problemas algebraicos solían escribirse como textos literarios extensos, en los que cada operación se describía verbalmente. Viète introdujo el uso sistemático de letras para representar cantidades, distinguiendo entre parámetros conocidos y cantidades desconocidas, lo que permitió formular ecuaciones de manera general. Esta innovación fue crucial: al separar la estructura del problema de los números particulares, el álgebra dejó de ser un conjunto de recetas y se convirtió en un lenguaje formal. Gracias a esta abstracción, fue posible manipular expresiones, comparar problemas distintos bajo una misma forma y avanzar hacia niveles de complejidad antes inalcanzables.

La importancia del álgebra simbólica de Viète radica en que hizo posible pensar matemáticamente sobre lo desconocido. Su enfoque permitió trabajar con números cada vez más complejos y abstractos, allanando el camino para el desarrollo posterior del cálculo, la geometría analítica y la física matemática. Matemáticos como Descartes, Fermat y Newton heredaron directamente este lenguaje y lo expandieron. Así, aunque Viète no creó el álgebra desde cero, sí estableció la gramática esencial que convirtió al álgebra en la herramienta central del pensamiento científico moderno, capaz de expresar leyes generales y modelar la realidad con una precisión sin precedentes.

Infografías. Química. Unidades y medidas. Página 1.

 


Ejercicios de química resueltos. Propiedades de las disoluciones. Aumento ebulloscópico y depresión crioscópica. Brown. 15ed. Ejercicio 13.32.c

 [Ej. Incremento ebulloscópico y depresión crioscópica]

 Calcule los puntos de congelación y ebullición de: 3.50 g de NaOH en 175 g de agua;

Etapa analítica

Usaremos los procedimientos dados en [brown.15ed.13.88].

Buscamos en [Tablas de constantes crioscópicas y ebulloscópicas] El par de datos crioscópicos del agua (-1.86 °C/m; 0.0 °C) y el par de dados ebulloscópicos (+0.512 °C/m; +100.0 °C).

La masa molar del NaCl es: (22.99 + 35.45) u = 58.44 u.

Etapa Numérica por factor de conversión

Molalidad molecular

Molalidad efectiva. Dado que en el enunciado no piden buscar en la tabla, asumiremos el factor de ionización ideal: 2.

Depresión crioscópica.

Punto de fusión

Aumento ebulloscópico

Punto de ebullición

Etapa Numérica por teoremas

Recuerda que g/u = mol

Molalidad efectiva

Depresión crioscópica.

Aumento ebulloscópico

Referencias

Ver [Ej. Incremento ebulloscópico y depresión crioscópica]