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domingo, 8 de febrero de 2026

El pensamiento científico, parte 1.

 1. Calcar las siguientes ilustraciones en el cuaderno.

 [Figura: Heráclito de Éfeso] [Figura: Isaac Newton] [Figura: Galileo Galilei] [Figura: Johannes Kepler]

2. Leer las biografías correspondientes

3. Transcribe cada enunciado al cuaderno junto con las opciones de respuesta

3.01. La paleontología es la ciencia que estudia los _________ para reconstruir la historia de la vida en la Tierra.
a) minerales     b) fósiles     c) genes     d) ecosistemas

3.02. El análisis de restos, huellas y rastros permite comprender procesos como la evolución y la _________.
a) domesticación     b) migración humana     c) extinción     d) adaptación cultural

3.03. La paleontología integra conocimientos de varias ciencias, entre ellas la biología y la _________.
a) sociología     b) astronomía     c) geología     d) ética

3.04. Antes del pensamiento científico moderno, los fósiles se interpretaban desde marcos _________.
a) experimentales     b) estadísticos     c) mitológicos     d) tecnológicos

3.06. En la Antigua Grecia, grandes huesos fósiles eran interpretados como restos de gigantes o _________.    

a) dragones     b) cíclopes     c) demonios     d) reyes

3.07. La paleontología surge cuando se abandonan explicaciones míticas y se adoptan la evidencia y la _________.
a) autoridad     b) revelación     c) observación     d) tradición

3.08. Para Heráclito de Éfeso, la realidad se comprende a partir de los _________.
a) números     b) elementos     c) contrarios     d) dioses

3.09. El pensamiento científico se diferencia del pensamiento mítico porque se basa en la observación, la experimentación y la _________.
a) fe     b) revelación     c) revisión crítica     d) tradición

3.10. El pensamiento científico naturalista suele rastrearse hasta el filósofo griego _________ de Mileto.
a) Sócrates     b) Platón     c) Aristóteles     d) Tales

3.11. El naturalismo metodológico indica que la ciencia debe explicar los fenómenos usando solo causas _________.
a) divinas     b) simbólicas     c) sobrenaturales   d) naturales

4. Ver la presentación [De los fósiles a la posverdad: ciencia, naturalismo y el largo conflicto entre razón, mito y poder] desde inicio hasta 12:05

5. Escucha con atención la pronunciación de las frases dadas y léelas en voz alta.

5.01. Scientific thinking seeks natural explanations for phenomena, rejecting mythological or supernatural causes as valid explanations of nature. [Enlace]

5.02. It is grounded in observation of the natural world, whether through direct sensory experience (Heraclitus), telescopic observation (Galileo), precise astronomical data (Kepler), or systematic measurement (Newton). [Enlace]

5.03. Scientific knowledge accepts change and revision: ideas must be abandoned or corrected when they conflict with evidence. [Enlace]

5.04. Mathematics is treated as a privileged language for understanding nature, allowing precise description, prediction, and unification of phenomena. [Enlace]

5.05. Scientific thinking values evidence over authority, breaking with tradition, dogma, and inherited doctrines when they contradict observation. [Enlace]

5.06. It assumes that nature is governed by order and regularity, even when that order is dynamic, complex, or counterintuitive. [Enlace]

5.07. Scientific inquiry requires intellectual honesty, including the willingness to discard ideas that are aesthetically pleasing but empirically false. [Enlace]

5.08. Knowledge is understood as universal and impersonal, valid regardless of culture, belief, or social status. [Enlace]

5.09. Scientific thinkers often face social resistance or ridicule, yet persist in prioritizing rational inquiry over acceptance or conformity. [Enlace]

5.10. Scientific thinking is not merely a collection of facts, but a method and attitude: critical, questioning, self-correcting, and committed to understanding reality as it is, not as we wish it to be. [Enlace]

6. Transcribe las frases anteriores al cuaderno.

7. Traduce las frases anteriores al español.

8. Transcribe el siguiente mapa conceptual.

9. Copia en siguiente texto e indica si la explicación sigue los principios de la ciencia natural, de no hacerlo indica cual fue el error.

Un investigador presenta su trabajo de tesis ante un comité académico. En uno de los apartados describe que la cuarta reacción clave que acelera la producción de un determinado fármaco solo ocurre en su laboratorio particular, y que dicho resultado se logra gracias a la intervención de ángeles y arcángeles, después de realizar una oración específica antes de iniciar el experimento. El autor sostiene que no es necesario reproducir el procedimiento en otros laboratorios, ya que los resultados deben aceptarse como válidos debido a que él pertenece a una familia religiosa muy influyente y prestigiosa de un país no especificado. Según el investigador, esta autoridad espiritual garantiza la veracidad de sus conclusiones. Al leer este párrafo, los jueces del comité detienen la evaluación y comienzan a discutir si la explicación presentada cumple con los principios de la ciencia natural o si, por el contrario, contiene errores metodológicos que invalidan sus conclusiones.

10. Responde las siguientes preguntas.

10.01 ¿Por qué un científico debe estar dispuesto a rechazar sus propias ideas si la evidencia muestra que son incorrectas, aunque esas ideas le resulten importantes o valiosas?

10.02 ¿Qué problemas pueden surgir si aceptamos una explicación científica solo porque proviene de una persona poderosa, famosa o influyente, en lugar de analizar las pruebas que presenta?

10.03 ¿Por qué es importante que cualquier afirmación científica pueda ser revisada, discutida y repetida por otras personas, incluso si el autor está convencido de que tiene razón?

10.04 ¿De qué manera la libertad para preguntar, dudar y criticar ayuda a que el conocimiento científico avance, en lugar de quedarse estancado?

10.05 ¿Qué diferencia existe entre creer algo porque nos lo dicen y aceptarlo porque podemos comprobarlo, y por qué esa diferencia es fundamental para el pensamiento científico?

Figura. Giordano Bruno

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Giordano Bruno (1548–1600) fue un filósofo, astrónomo y pensador italiano del Renacimiento tardío, célebre por su radical defensa de la libertad intelectual y por sus ideas cosmológicas profundamente innovadoras. Nacido en Nola, cerca de Nápoles, ingresó joven a la orden dominica, donde recibió una sólida formación en teología, filosofía y lógica aristotélica. Sin embargo, su carácter inquieto y crítico lo llevó pronto a cuestionar dogmas establecidos, lo que derivó en conflictos con la Iglesia. Abandonó el hábito religioso y pasó gran parte de su vida como pensador errante, viajando por Italia, Francia, Inglaterra y los territorios germánicos, siempre enseñando, escribiendo y polemizando.

Bruno amplió de manera audaz el modelo heliocéntrico de Copérnico. No solo aceptó que la Tierra no era el centro del universo, sino que sostuvo que el universo es infinito, que las estrellas son otros soles y que existen innumerables mundos habitados. Estas ideas rompían no solo con la cosmología aristotélica, sino también con la concepción teológica de un cosmos finito y jerárquico creado exclusivamente para el ser humano. Su pensamiento combinaba astronomía, filosofía natural, neoplatonismo y elementos herméticos, defendiendo una visión de la naturaleza como un todo vivo, dinámico y autosuficiente. Para Bruno, conocer la naturaleza era un acto filosófico y espiritual, no una mera repetición de autoridades antiguas.

El pensamiento de Giordano Bruno resultó intolerable para la ortodoxia religiosa de su tiempo. Tras años de persecución, fue arrestado por la Inquisición en Venecia y trasladado a Roma, donde permaneció encarcelado durante casi ocho años. Se le exigió retractarse de sus ideas, pero se negó, manteniendo una firme ética intelectual basada en la coherencia entre pensamiento y palabra. En 1600 fue condenado y ejecutado en la hoguera. Su muerte lo convirtió en un símbolo de la lucha contra el dogmatismo y la censura, y en un mártir del pensamiento libre. Bruno no fue un científico moderno, pero su valentía intelectual abrió caminos decisivos hacia una concepción más amplia, plural y audaz del universo.

Figura. Hipatia de Alejandría

 

Hipatia de Alejandría (ca. 355–415 d. C.) fue una filósofa, matemática y astrónoma de la Antigüedad tardía, considerada una de las figuras intelectuales más notables del mundo grecorromano. Vivió en Alejandría, uno de los grandes centros culturales del Mediterráneo, heredero de la tradición científica helenística. Hija del matemático Teón de Alejandría, recibió una educación excepcional para su época y superó ampliamente a su maestro. Hipatia dirigió una escuela filosófica neoplatónica y se convirtió en una autoridad reconocida, impartiendo enseñanza pública a estudiantes de diversas creencias religiosas y orígenes sociales, lo que la convirtió en un raro ejemplo de liderazgo intelectual femenino en un mundo dominado por hombres.

Su labor académica se centró en la filosofía, las matemáticas y la astronomía. Comentó y explicó obras fundamentales de autores como Euclides, Diofanto y Ptolomeo, contribuyendo a preservar y transmitir el conocimiento científico clásico en una época de profundas transformaciones culturales. Hipatia defendía una concepción racional del conocimiento, basada en el uso de la razón, la argumentación y el estudio sistemático de la naturaleza. Su enseñanza combinaba el rigor matemático con la reflexión filosófica, promoviendo una visión del saber como búsqueda disciplinada de la verdad y del orden del cosmos, en continuidad con la tradición científica griega.

La vida de Hipatia estuvo marcada por el creciente conflicto entre distintas corrientes religiosas y políticas en Alejandría. Su prestigio intelectual, su independencia y su cercanía a figuras políticas influyentes la convirtieron en blanco de tensiones ideológicas. En el año 415 fue asesinada por una turba fanatizada, en un acto que simboliza el choque entre la razón crítica y el dogmatismo. Su muerte no eclipsó su legado: Hipatia quedó como símbolo de la libertad intelectual, del pensamiento racional y del compromiso con el conocimiento frente a la intolerancia, representando uno de los últimos grandes resplandores de la ciencia clásica en la Antigüedad.

Figura. Sócrates

 

Sócrates (ca. 470–399 a. C.) fue uno de los pensadores más influyentes de la Antigua Grecia y una figura fundacional de la filosofía occidental. Vivió en Atenas durante su período de mayor esplendor político y cultural, aunque llevó una vida austera y alejada del poder. A diferencia de otros filósofos, Sócrates no escribió libros: su enseñanza fue oral, desarrollada en plazas, calles y gimnasios, dialogando con ciudadanos comunes, jóvenes y políticos. Su interés principal no era la naturaleza física del cosmos, sino el ser humano, la ética y la vida buena. Para Sócrates, una existencia sin reflexión carecía de valor, y por ello hizo de la pregunta y el diálogo su herramienta central.

El rasgo distintivo de su pensamiento fue el método socrático, también conocido como mayéutica, que consistía en interrogar a sus interlocutores para llevarlos a reconocer su propia ignorancia y, desde allí, avanzar hacia definiciones más rigurosas de conceptos como justicia, virtud, verdad o bien. Sócrates afirmaba no poseer sabiduría, pero se consideraba más sabio que otros porque sabía que no sabía. Esta actitud crítica lo llevó a cuestionar duramente a quienes presumían conocimiento sin poder justificarlo racionalmente. Su práctica filosófica no buscaba humillar, sino despertar la conciencia crítica y fomentar el examen racional de las creencias aceptadas por costumbre o autoridad.

La influencia de Sócrates fue tan profunda como polémica. Sus cuestionamientos constantes le ganaron enemigos entre los sectores más conservadores de Atenas, que lo acusaron de corromper a la juventud y de impiedad. En el año 399 a. C. fue juzgado y condenado a muerte. Fiel a sus principios, rechazó huir y aceptó la sentencia, bebiendo cicuta. Su muerte lo convirtió en un símbolo del compromiso ético con la razón y la coherencia entre pensamiento y acción. A través de sus discípulos, especialmente Platón, Sócrates dejó un legado duradero: la filosofía como ejercicio crítico, diálogo racional y búsqueda honesta de la verdad.

Figura. Tales de Mileto

 

Tales de Mileto (ca. 624–546 a. C.) fue un filósofo, matemático y astrónomo griego considerado tradicionalmente el padre del pensamiento naturalista y uno de los iniciadores de la filosofía y la ciencia occidentales. Vivió en Mileto, una próspera ciudad jonia caracterizada por el comercio, el intercambio cultural y el contacto con saberes de otras civilizaciones. En ese contexto cosmopolita, Tales propuso una idea revolucionaria para su época: que los fenómenos del mundo podían explicarse por causas naturales, sin recurrir a dioses caprichosos, mitos o fuerzas sobrenaturales. Con ello inauguró una nueva manera de pensar la realidad, basada en la razón, la observación y la búsqueda de principios racionales.

Tales sostenía que el agua era el principio fundamental (arché) de todas las cosas, no como un mito religioso, sino como un intento racional de explicar el origen y la unidad de la naturaleza. También realizó aportes en geometría, astronomía y matemáticas, como la predicción de un eclipse solar y el uso de proporciones para medir alturas y distancias. Sin embargo, su figura no encaja con la imagen solemne del sabio distante: la tradición lo retrata como el prototipo del genio distraído, absorto en sus pensamientos. Sus contemporáneos solían burlarse de él, especialmente las esclavas y sirvientas, quienes reían al verlo tropezar en las calles o caer en zanjas por caminar mirando el cielo, completamente embebido en sus reflexiones sobre el cosmos.

Estas anécdotas, lejos de desprestigiarlo, revelan un rasgo central de su legado: la primacía del pensamiento sobre la apariencia social. Tales encarnó la ruptura con la figura del sabio ritual o sacerdotal y dio paso al investigador racional, dispuesto a soportar la burla por cuestionar lo evidente y pensar más allá de lo inmediato. Aunque no fue científico en el sentido moderno, su actitud intelectual inauguró una tradición que siglos después daría origen a la ciencia: explicar la naturaleza desde la naturaleza misma. Por ello, Tales no es recordado por una teoría definitiva, sino por haber dado el primer paso decisivo hacia una comprensión racional, crítica y naturalista del mundo.

Figura. Johannes Kepler

 

Johannes Kepler (1571–1630) fue uno de los grandes arquitectos de la revolución científica y una figura decisiva en la consolidación del pensamiento astronómico moderno. Nacido en el Sacro Imperio Romano Germánico, su vida estuvo marcada por dificultades económicas, enfermedades y conflictos religiosos. Kepler se formó inicialmente con la intención de ser pastor luterano, pero su talento matemático lo llevó a dedicarse a la enseñanza y a la astronomía. Durante varios años trabajó como profesor de equivalentes a escuelas básicas y secundarias, impartiendo matemáticas y astronomía en contextos educativos modestos, experiencia que influyó en su estilo claro, riguroso y profundamente pedagógico.

Desde el inicio de su carrera, Kepler sintió una profunda fascinación por la belleza geométrica y las figuras perfectas. En su primera obra importante, Mysterium Cosmographicum, intentó explicar las distancias entre los planetas mediante los sólidos platónicos, convencido de que Dios había ordenado el cosmos según una armonía matemática perfecta. Esta búsqueda de un universo bello, simétrico y geométricamente elegante marcó su pensamiento inicial. Sin embargo, su trabajo junto a Tycho Brahe, basado en observaciones astronómicas extremadamente precisas, lo enfrentó a datos que no encajaban con sus modelos ideales, obligándolo a revisar críticamente sus propias convicciones.

Aquí se manifiesta uno de los rasgos más admirables de Kepler: su ética académica. A pesar de su apego intelectual y casi espiritual a las figuras perfectas, Kepler abandonó modelos circulares y simétricos cuando comprobó que no describían correctamente el movimiento planetario. Tras años de cálculos exhaustivos, aceptó que las órbitas planetarias eran elípticas, no circulares, formulando así sus tres leyes del movimiento planetario. Este acto de renuncia a lo que consideraba bello en favor de lo que funciona y se ajusta a la evidencia representa uno de los ejemplos más claros del compromiso científico con la verdad empírica. Kepler demostró que la ciencia avanza no cuando preserva ideales estéticos, sino cuando se somete con honestidad a los datos de la naturaleza.

Figura. Heráclito de Éfeso

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Heráclito de Éfeso fue un filósofo griego presocrático que vivió aproximadamente entre los siglos VI y V a. C., en la ciudad de Éfeso, una próspera polis jonia de Asia Menor. Pertenecía a una familia aristocrática, pero rechazó la vida política activa y los honores públicos, dedicándose a la reflexión filosófica. Su pensamiento nos ha llegado de forma fragmentaria, a través de breves sentencias conservadas por autores posteriores, lo que le valió el sobrenombre de “el Oscuro”. A pesar de ello, su influencia fue profunda y duradera, especialmente en la comprensión del cambio, la naturaleza y el orden del mundo. Heráclito se opuso a las explicaciones míticas tradicionales y buscó principios racionales para explicar la realidad.

El núcleo de su filosofía se expresa en la idea de que todo cambia (pánta rheî, “todo fluye”). Para Heráclito, la realidad no es estática ni fija, sino un proceso continuo de transformación. Este devenir permanente no es caótico, sino que está regido por el lógos, un principio racional universal que ordena el mundo aunque la mayoría de los seres humanos no lo comprendan. Uno de sus ejemplos más conocidos es el del río, donde afirma que no es posible bañarse dos veces en el mismo, porque tanto el agua como quien se baña están siempre cambiando. El cambio, lejos de ser un problema, es la condición misma de la existencia.

Un rasgo central de su pensamiento es la filosofía de los opuestos. Heráclito sostuvo que la realidad se comprende a través de la tensión entre contrarios: día y noche, vida y muerte, guerra y paz, reposo y movimiento. Estos opuestos no se anulan, sino que se necesitan mutuamente y dan sentido unos a otros. La lucha (pólemos) entre contrarios es, para él, el motor del orden del mundo. Desde esta perspectiva, la armonía no surge de la eliminación del conflicto, sino de su equilibrio. Esta idea anticipa una visión profundamente dinámica de la naturaleza y del conocimiento, donde entender algo implica reconocer su relación con aquello que no es, marcando un punto clave en la historia del pensamiento filosófico y científico.

martes, 3 de febrero de 2026

Introducción al PRAE

 


De los fósiles a la posverdad: ciencia, naturalismo y el largo conflicto entre razón, mito y poder

La paleontología es la ciencia que estudia los fósiles para reconstruir la historia de la vida en la Tierra, comprender cómo fueron los organismos del pasado, cómo evolucionaron y cómo interactuaron con los ambientes antiguos. A partir del análisis de restos corporales, huellas, rastros y otras evidencias de actividad biológica, la paleontología permite entender procesos fundamentales como la evolución, la extinción, los cambios climáticos del pasado y la transformación de los ecosistemas a lo largo del tiempo geológico. No se limita a describir huesos antiguos, sino que integra conocimientos de la biología, la geología, la química y la física para interpretar un registro incompleto pero invaluable.

Aunque los seres humanos han encontrado fósiles desde la antigüedad, durante mucho tiempo no fueron reconocidos como restos de seres vivos reales. Solo a partir de los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo del pensamiento científico moderno, comenzó a consolidarse la idea de que los fósiles eran evidencias de organismos que habían vivido en el pasado y que ya no existían. Antes de eso, estos hallazgos se interpretaban según marcos de pensamiento mágicos, mitológicos o religiosos, ya que no existía una comprensión clara del tiempo profundo ni de la extinción biológica.

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Enlace a la [Figura: Heráclito de Éfeso]

Por ejemplo, en la Antigua Grecia, grandes huesos encontrados en la tierra —hoy sabemos que pertenecían a mamuts u otros animales de la megafauna— eran interpretados como restos de héroes legendarios, gigantes o cíclopes. En otras culturas, los fósiles fueron considerados objetos sagrados, señales divinas o incluso criaturas petrificadas por castigos sobrenaturales. Estas interpretaciones no eran fruto de ignorancia, sino de los límites del conocimiento de su época. La paleontología surge precisamente cuando la humanidad comienza a abandonar explicaciones míticas y a construir interpretaciones basadas en evidencia, observación y razonamiento, mostrando cómo la ciencia transforma nuestra manera de entender el mundo natural y nuestro propio lugar en él.

Pensamiento científico vs pensamiento mítico

El filósofo Heráclito de Éfeso, que vivió en la Grecia antigua alrededor del siglo VI a. C., planteó una idea profunda y todavía vigente: no podemos comprender algo de forma aislada, sino solo en relación u oposición con otros conceptos cercanos. Para Heráclito, la realidad se entiende a través de los contrarios: no podemos definir el día sin la noche, ni el reposo sin el movimiento, ni el orden sin el cambio. El sentido de cada cosa emerge de su contraste con aquello que no es.

Un dibujo de una persona

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Enlace a la [Figura: Isaac Newton]

De manera similar, para poder definir con claridad el pensamiento científico, es necesario hacerlo en contraposición a otros tipos de pensamiento. El pensamiento científico se distingue del pensamiento mítico, que explica el mundo mediante relatos simbólicos; del pensamiento religioso, que se apoya en la fe y la revelación; y del pensamiento mágico, que atribuye causalidad a fuerzas sobrenaturales sin verificación. A diferencia de estos, la ciencia se basa en la observación, la evidencia, la experimentación y la revisión constante de sus propias ideas.

Así como no hay día sin noche, no hay ciencia sin contraste. Comprender qué es la ciencia implica reconocer qué no es: no es dogma, no es autoridad incuestionable y no es verdad eterna. El pensamiento científico existe precisamente porque se somete a la duda, al error y a la corrección. En ese sentido, la ciencia no solo es un método para conocer la naturaleza, sino también una forma de pensamiento que acepta el cambio como parte esencial del conocimiento.

Padre de la ciencia

 Todo concepto o invención importante tiene muchos padres. A lo largo de la historia de la ciencia solemos asociar grandes ideas a nombres individuales como Isaac Newton, Galileo Galilei o Johannes Kepler, pero esa costumbre es, en parte, una simplificación. Ninguna idea surge de la nada ni pertenece por completo a una sola persona: el conocimiento científico es acumulativo, colectivo y profundamente histórico. Cada autor se apoya en observaciones, debates y errores previos, y a su vez deja un punto de partida para quienes vendrán después.

Enlace a la [Figura: Galileo Galilei]

Enlace a la [Figura: Johannes Kepler]

Si retrocedemos aún más, el pensamiento científico naturalista —la idea de que la naturaleza puede explicarse a sí misma por causas naturales, sin recurrir a dioses o fuerzas sobrenaturales— suele rastrearse hasta el filósofo jónico Tales de Mileto. Tales vivió en Mileto, una próspera ciudad de mercaderes de cultura griega, situada en lo que hoy es Turquía. Ese contexto comercial y cosmopolita fue clave: allí circulaban ideas, mapas, relatos de otros pueblos y observaciones prácticas sobre astronomía, geometría y navegación. Tales propuso que los fenómenos del mundo podían entenderse mediante principios racionales, no como caprichos de los dioses.

Enlace a [Figura: Tales de Mileto]

Es muy probable que en muchas civilizaciones hayan existido sabios que pensaron de forma similar y que incluso cuestionaron las explicaciones míticas dominantes. Sin embargo, de Tales tenemos algo excepcional: registro histórico, reconocimiento posterior y una influencia duradera. No fue ejecutado por sus ideas ni borrado de la memoria colectiva, y sus planteamientos fueron considerados lo suficientemente importantes como para ser conservados y discutidos. Por eso no se le recuerda como “el primer científico” en sentido moderno, sino como uno de los primeros pensadores que se atrevieron a explicar la naturaleza desde la razón, inaugurando una tradición intelectual que, siglos después, daría forma a la ciencia tal como la entendemos hoy.

Filosofía del pensamiento científico

El pensamiento naturalista puede entenderse como una tradición amplia que, a su vez, se divide en dos grandes ramificaciones: el naturalismo metodológico y el naturalismo ontológico. Aunque suelen confundirse, no son lo mismo y cumplen funciones muy distintas dentro del conocimiento científico y filosófico. Distinguirlos es clave para comprender qué hace —y qué no hace— la ciencia cuando estudia la naturaleza.

Por naturalismo metodológico se entiende una regla de trabajo, no una creencia personal. Significa que, cuando un investigador estudia un fenómeno natural —el movimiento de un planeta, una reacción química, la evolución de una especie o la formación de un fósil—, solo utiliza causas naturales comprobables. Esto es independiente de que el científico crea o no en un dios, varios dioses o ninguno. Simplemente, no recurre a explicaciones sobrenaturales dentro del análisis científico, porque estas no pueden ponerse a prueba, medirse ni refutarse. El naturalismo metodológico no afirma qué es verdadero en último término; solo establece cómo investigar para producir conocimiento confiable y compartible.

El naturalismo ontológico, en cambio, es una posición filosófica sobre la realidad misma. La palabra ontología proviene del griego ón (lo que es) y lógos (estudio), y se refiere al estudio de qué existe realmente, cuáles son las verdades últimas, fundamentales o universales. Desde esta perspectiva, el naturalismo ontológico sostiene que la naturaleza —el universo físico— es todo lo que existe, y que no hay realidades sobrenaturales más allá de ella. En ese sentido, es una forma de ateísmo filosófico, aunque no la única posible, ya que existen ateísmos basados en razones éticas, existenciales o culturales.

Bajo este contexto, es fundamental aclarar una confusión común: usar la metodología científica no te convierte automáticamente en ateo. La ciencia exige naturalismo metodológico para funcionar, pero no obliga a adoptar el naturalismo ontológico. Lo único que sí requiere es algo muy preciso: no apelar a dioses, milagros o fuerzas sobrenaturales para explicar fenómenos naturales. Esa frontera es la que permite que la ciencia sea universal, discutible y corregible, independientemente de las creencias personales de quienes la practican.

Siguiendo la idea del contraste, es importante aclarar que la posición opuesta al naturalismo no se denomina simplemente “religión”, sino idealismo. El idealismo sostiene que la realidad última no se reduce únicamente a la naturaleza material, sino que incluye mentes, ideas, principios espirituales, dioses u otras dimensiones metafísicas que no dependen de la materia para existir. Desde esta perspectiva, lo fundamental no es solo lo que puede medirse u observarse, sino aquello que se considera más real o más valioso que el mundo físico.

Dentro del idealismo existe una diversidad enorme de posturas, y aquí es donde se ubican prácticamente todas las religiones conocidas. Algunas están fuertemente centradas en la relación con dioses que exigen rituales estrictos, sacrificios o normas muy precisas, como ocurrió en ciertas religiones antiguas, por ejemplo en el mundo azteca, donde los sacrificios humanos se entendían como necesarios para sostener el orden del cosmos. Otras tradiciones, en cambio, se alejan de la idea de dioses personales. Un caso claro es el budismo, que puede considerarse una forma de idealismo no teísta, donde la adoración divina es secundaria o irrelevante y el énfasis está en el crecimiento espiritual, la superación del sufrimiento y el desapego de los deseos personales.

Por esta razón, es fundamental establecer un marco claro: al tratarse de un curso de ciencias naturales, se adoptará a priori el naturalismo metodológico. Esto significa que todas las explicaciones trabajadas aquí se basarán exclusivamente en causas naturales, observables y verificables. Las demás formas de pensamiento —filosóficas, religiosas o espirituales— no son negadas ni desvalorizadas, pero no forman parte del método científico. Su estudio corresponde a espacios distintos, como los cursos de filosofía, religión, o al ámbito personal y familiar de cada estudiante, respetando plenamente todas las creencias individuales.

Roces entre el pensamiento naturalista e idealista

Durante la mayor parte de la historia humana, las ciudades y los Estados estuvieron profundamente dominados por formas particulares de idealismo religioso. La identidad política de una comunidad solía confundirse con su identidad sagrada: la ciudad era, al mismo tiempo, un espacio urbano y la manifestación de un orden divino. Así, los asirios entendían su capital, Assur, como la encarnación terrenal del dios Ashur, mientras que en Grecia la ciudad de Atenas se consideraba bajo la protección directa de la diosa Atenea. En este contexto, cuestionar a los dioses equivalía a cuestionar el orden social y político, y podía conducir a la muerte bajo cargos que recibieron distintos nombres a lo largo del tiempo: impiedad, herejía o blasfemia.

Enlace a la [Figura: Sócrates]

Enlace a la [Figura: Hipatia de Alejandría]

Un ejemplo clásico es la condena de Sócrates, acusado de no respetar a los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud. Siglos más tarde, Hipatia de Alejandría fue asesinada en un contexto de violencia religiosa y política, cuando el pensamiento filosófico comenzó a ser visto como una amenaza. Más adelante, ya en la Europa moderna, Giordano Bruno fue ejecutado por sostener ideas cosmológicas incompatibles con la doctrina dominante. Estos casos ilustran cómo, durante largos períodos, el pensamiento racional o naturalista podía ser percibido como un peligro para el orden idealista-religioso establecido.

Sin embargo, la relación entre ambos tipos de pensamiento no fue siempre hostil. En algunos momentos resultó incluso mutuamente beneficiosa. En el mundo islámico medieval, por ejemplo, la escuela mutazilí defendió el uso de la razón para interpretar la fe y promovió el estudio de la filosofía griega, las matemáticas y las ciencias naturales. Gracias a ello, se preservaron y ampliaron conocimientos que más tarde llegarían a Europa. 

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Enlace a la [Figura: Giordano Bruno]

No obstante, esta corriente perdió influencia hacia los siglos X–XI, cuando sectores más ascéticos y literalistas ganaron poder. El cristianismo occidental siguió un camino en cierto modo inverso: tras siglos de persecución, la Iglesia se convirtió en una institución dominante que, con todas sus contradicciones, también fomentó el saber mediante universidades y estudios naturales. El caso de Galileo Galilei muestra bien esa ambigüedad: recibió apoyos iniciales dentro de la Iglesia, pero fue condenado cuando sus conclusiones chocaron con interpretaciones teológicas establecidas. Esta historia revela que la tensión entre idealismo y pensamiento naturalista ha sido compleja, cambiante y profundamente ligada al poder y a la cultura de cada época.

Retornando a los fósiles

 Retomando el tema de los fósiles, fue a partir de los siglos XVII y XVIII cuando comenzaron a ser interpretados de manera sistemática bajo un enfoque naturalista. Hasta entonces, muchos restos fósiles habían sido vistos como curiosidades, objetos simbólicos o anomalías sin un lugar claro en la comprensión del mundo. Con el surgimiento de la ciencia moderna, algunos pensadores comenzaron a proponer que esos restos no eran caprichos de la naturaleza ni señales sobrenaturales, sino evidencias materiales de organismos que habían vivido en el pasado. Este cambio implicó aceptar algo radical para la época: que la Tierra tenía una historia profunda y que la vida había cambiado a lo largo del tiempo.

En ese contexto destacaron figuras como Nicolas Steno, quien sentó las bases de la estratigrafía, y más tarde Georges Cuvier, pionero en la anatomía comparada y en el reconocimiento de la extinción como un fenómeno real. Estos científicos no solo describieron fósiles, sino que comenzaron a compararlos sistemáticamente con animales vivos y a reconstruir esqueletos completos. El objetivo era claro: lograr la mejor aproximación posible a cómo habían sido esos organismos, aun sabiendo que las evidencias eran fragmentarias.

Naturalmente, los primeros intentos no siempre fueron correctos. El caso del Iguanodon es emblemático: inicialmente fue reconstruido con una postura y rasgos muy distintos a los que hoy conocemos. Sin embargo, este tipo de errores no representó un fracaso, sino una fortaleza del pensamiento científico. La clave no era acertar a la primera, sino aceptar la posibilidad de corrección, revisar hipótesis y mejorar las reconstrucciones a medida que aparecían nuevos fósiles y métodos más precisos.

Pese a estos avances, la interpretación naturalista de los fósiles encontró una fuerte resistencia ideológica. Algunos pensadores siguieron defendiendo que los fósiles eran restos de gigantes antediluvianos, demonios petrificados o criaturas destruidas por el Diluvio bíblico. Estas ideas persistieron porque encajaban mejor con visiones religiosas tradicionales y porque la noción de extinción y cambio profundo resultaba inquietante. La hostilidad se intensificó cuando los fósiles comenzaron a sugerir no solo un pasado distinto, sino una secuencia ordenada de transformaciones biológicas.

El conflicto alcanzó un punto decisivo en 1858, cuando Charles Darwin y Alfred Russel Wallace presentaron la teoría de la selección natural, y se consolidó al año siguiente con la publicación de Sobre el Origen de las Especies. Desde entonces, los fósiles dejaron de ser simples restos curiosos: pasaron a entenderse como evidencias clave de una historia evolutiva continua, conectando de manera natural a los organismos del pasado con los del presente. El registro fósil se transformó así en uno de los pilares de la biología moderna y en una prueba contundente de que la ciencia avanza integrando evidencia, corrigiéndose a sí misma y ampliando constantemente nuestra comprensión del mundo natural.

La modernidad naturalista

El pensamiento científico naturalista comenzó a consolidarse con especial fuerza después de la Revolución Francesa, no solo por razones intelectuales, sino por profundos cambios políticos, sociales e institucionales. La ruptura con el orden monárquico y religioso tradicional debilitó la autoridad de explicaciones basadas en la revelación y abrió espacio para un conocimiento fundado en la razón, la observación y la utilidad práctica. Sin embargo, este proceso no estuvo libre de imposiciones ideológicas: en la Francia revolucionaria se produjo una descristianización forzada, con saqueos, expulsiones del clero y persecuciones religiosas. El naturalismo no avanzó únicamente como una propuesta racional, sino también como una herramienta de poder, ligada a un nuevo proyecto político.

En cualquier caso, el pensamiento naturalista no se volvió dominante por su elegancia filosófica. De hecho, muchos filósofos han señalado que el naturalismo no se sostiene a sí mismo como sistema filosófico completo, ya que suele caer en problemas de circularidad: usa la ciencia para justificar la ciencia. Pero esa debilidad teórica fue irrelevante frente a su eficacia práctica. El pensamiento naturalista demostró una capacidad sin precedentes para ordenar, modificar e intervenir la realidad, produciendo tecnologías, infraestructuras, armamento, medicina y sistemas productivos que transformaron el mundo material.

Esa capacidad de transformación otorgó a los Estados modernos e imperios coloniales ventajas estratégicas decisivas. La ciencia aplicada permitió dominar territorios, controlar poblaciones, explotar recursos y ganar guerras. En este sentido, el prestigio del pensamiento naturalista no proviene de su verdad metafísica, sino de su poder operativo. Es un poder “duro”: funciona, produce resultados, impone consecuencias. Puede ser usado para mejorar la vida humana o para destruirla, pero en ambos casos es real y verificable.

La imagen más contundente de ese poder no es un laboratorio ni un libro, sino el hongo nuclear. Podemos debatir si es moralmente condenable o estratégicamente necesario, pero no podemos discutir que es un producto directo del pensamiento científico naturalista. Es evidencia material de que la ciencia no es solo un discurso, sino una fuerza capaz de alterar la historia, la geopolítica y la propia posibilidad de supervivencia humana.

Por esta razón, el pensamiento naturalista se impuso durante todo el siglo XX y continúa dominando el siglo XXI, que ya ha superado su primer cuarto. No porque convenza a todos filosóficamente, sino porque funciona, porque transforma el mundo y porque ningún otro sistema de pensamiento ha demostrado una capacidad comparable para intervenir la realidad. Así es la ciencia moderna: no promete sentido último, pero ofrece poder efectivo, y ese hecho —para bien o para mal— ha marcado nuestro tiempo.

La época de la postverdad y las guerras culturales

Sin embargo, con el advenimiento de esta nueva época también surge un riesgo profundo: que al Occidente tecnológico le ocurra algo similar a lo que le sucedió al mundo islámico medieval cuando, tras siglos de prosperidad intelectual impulsada por corrientes racionalistas como el mutazilismo, ese impulso fue finalmente asfixiado por movimientos antiintelectuales. Durante un tiempo, el pensamiento racional favoreció el desarrollo de la ciencia, la medicina, las matemáticas y la tecnología; pero cuando perdió legitimidad social y política, el avance se detuvo. La historia muestra que el progreso científico no es irreversible.

Hoy existen síntomas claros de un proceso semejante en Occidente. En países como Estados Unidos se habla ya de la era de la posverdad, donde los discursos no se imponen por su racionalidad o evidencia, sino por su capacidad de conmover emocionalmente, de generar miedo, identidad o resentimiento. En este contexto, la verdad empírica compite en desventaja frente a narrativas simples, contundentes y emocionalmente atractivas, capaces de movilizar masas sin apelar al pensamiento crítico.

A esto se suma el crecimiento de diversas formas de negacionismo científico. Aunque parecen fenómenos aislados, comparten patrones comunes: la negación del vínculo entre el tabaco y el cáncer, del cambio climático causado por la quema de combustibles fósiles, del VIH como causa del sida o de la evolución biológica. Estas corrientes suelen apoyarse en estrategias similares: desinformación sistemática, uso selectivo de datos, creación de falsas controversias, fuerte lobby político y apelación a intuiciones profundamente humanas, como la desconfianza hacia lo complejo o lo contraintuitivo.

Este fenómeno no es casual. Durante más del 90 % de la historia humana, nuestras sociedades estuvieron guiadas por pensamiento mágico, mítico o religioso, no por ciencia. La mente humana no está “naturalmente” predispuesta para el razonamiento científico: este debe aprenderse, entrenarse y sostenerse culturalmente. Cuando las instituciones educativas, políticas o mediáticas fallan, el pensamiento no científico reaparece con fuerza.

Por eso, como futuros ciudadanos científicamente informados, es fundamental que ustedes desarrollen pensamiento crítico, capacidad para evaluar evidencias, distinguir hechos de opiniones y reconocer sesgos emocionales. La ciencia no exige fe, pero sí disciplina intelectual. Defenderla no significa renunciar a la libertad de pensamiento o religión, sino precisamente protegerla, porque una sociedad que abandona la razón termina tomando decisiones no libres, sino manipuladas. El futuro no depende solo del conocimiento que produzcamos, sino de nuestra disposición a comprenderlo, cuestionarlo y usarlo con responsabilidad.

Referencias

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Portada Principal del curso

 

Actividad 1. Introducción al curso de química.

01. Transcribir el reglamento de la clase.

[Reglamento

02. Transcriba las siguientes indicaciones.

01. Se realizarán las lecturas en voz alta de los conceptos clave de cada unidad.

02. Se realizará la transcripción exacta de fórmulas matemáticas en caso de encontrarlas.

03. Como tarea: realizar una infografía de cada lectura clave.

04. Se transcribirán algunos ejemplos de ejercicios de lápiz y papel.

05. Se resolverán ejercicios de lápiz y papel en el tablero.

06. En caso de fallar un ejercicio de lápiz y papel, se puede recuperar la nota realizando una infografía de las lecturas de “Otros conceptos” presentadas en las unidades correspondientes.

03. Tareas para esta semana.

(a) Calcar yo dibujar con color las portadas principal y de la unidad 1, a continuación se dan enlaces a las mismas a línea sin color para calcarlas en caso de que se le dificulte dibujar: [Portada principal de grado décimo] [Portada de la unidad 1. Unidades y medidas]

(b) Una pareja de voluntarios debe elegir una de las ilustraciones y realizar una exposición de 5 minutos que explique la composición, incluyendo personajes, y demás elementos visuales, enfatizando los aportes a la ciencia, la química y la sociedad.

(c) Transcribir o imprimir y pegar las tablas [Tablas del SI] [Tablas del sistema imperial] [Tablas de símbolos fisicoquímicos] [Tablas de cocientes aritméticos notables] [Tablas de prefijos decimales] y anexarlas al cuaderno.