La filogenia de los dientes es el estudio de cómo estas estructuras han surgido, se han transformado y se han diversificado a lo largo de la historia evolutiva de los vertebrados. Lejos de ser elementos estáticos, los dientes representan una de las innovaciones anatómicas más exitosas del linaje vertebrado, vinculadas estrechamente con cambios en la alimentación, el comportamiento y la ecología. Desde las primeras estructuras odontológicas en peces primitivos hasta las denticiones altamente especializadas de mamíferos modernos, los dientes han experimentado modificaciones profundas en su forma, implantación, número, patrón de reemplazo y función. Comprender su filogenia implica reconocer que cada tipo dental es el resultado de una secuencia acumulativa de transformaciones heredadas y adaptadas a nuevas presiones selectivas.
En esta sección analizaremos comparativamente los dientes de
los vertebrados, pero no nos limitaremos a describir la dentición
estandarizada de cada grupo. En lugar de ello, nos enfocaremos en singularidades
evolutivas, innovaciones estructurales y soluciones biomecánicas llamativas,
es decir, en aquellos casos donde la evolución ha producido configuraciones
particularmente reveladoras. Este enfoque permitirá entender los dientes no
solo como herramientas de alimentación, sino como marcas evolutivas que
registran cambios en dieta, desarrollo embrionario, reemplazo dental y
organización craneal. A través de estas comparaciones, podremos observar cómo
una misma estructura básica ha sido moldeada de maneras muy distintas en peces,
anfibios, reptiles, aves y mamíferos.
Denticiones en peces primitivos
Los agnatostomados primitivos —vertebrados sin
mandíbulas— como los actuales mixinos (Myxine glutinosa) y
lampreas (Petromyzon marinus), no poseen dientes
verdaderos en el sentido estricto que se aplica a los gnathostomados. Es
decir, no presentan órganos dentarios con esmalte, dentina organizada y
raíces implantadas en hueso alveolar. En su lugar, exhiben estructuras
queratinizadas dispuestas en la cavidad bucal que cumplen funciones
análogas de sujeción y raspado, pero que no son homólogas a los dientes de
vertebrados con mandíbulas. En las lampreas, por ejemplo, se observa un disco
oral con múltiples “dientes” córneos que permiten adherirse al hospedero y
raspar tejidos; en los mixinos, las placas dentiformes móviles actúan como
garfios retráctiles. Estas estructuras están formadas principalmente por queratina,
no por tejidos dentarios mineralizados, por lo que deben considerarse análogos
funcionales, no dientes verdaderos.
Enlace
a la [Figura:
Dientes queratinosos]
Desde el punto de vista ecológico y funcional, muchos
agnatostomados presentaron un modo de alimentación que recuerda al de un tunicado
móvil: capturan partículas o fluidos mediante succión y dependen en
gran medida de la corriente de agua que atraviesa la faringe para alimentarse y
ventilarse. Esto resulta particularmente interesante a la luz del concepto de neotenia,
es decir, la retención de rasgos juveniles en el adulto. En los tunicados, la
larva es móvil y presenta características cordadas evidentes, mientras que el
adulto se fija al sustrato y adopta una vida filtradora sedentaria. El linaje
que condujo a los vertebrados parece haber retenido la movilidad larvaria
como condición adulta, manteniendo al mismo tiempo un patrón de
alimentación y ventilación basado en la faringe perforada por hendiduras
branquiales.
En los agnatostomados, los arcos branquiales no solo
sostienen las hendiduras, sino que participan activamente en la generación de
corrientes de agua, funcionando mediante movimientos coordinados comparables a
una acción de tijera o bomba suctora. Este sistema permite aspirar agua
hacia la cavidad oral y faríngea, facilitando tanto la respiración como la
captura de alimento. La ausencia de mandíbulas limita la capacidad de morder o
triturar, por lo que la estrategia dominante es la succión y el raspado,
más que la fragmentación mecánica compleja. Así, los agnatostomados representan
una etapa evolutiva en la que aún no han surgido los dientes mineralizados
verdaderos, pero sí existen estructuras orales especializadas que anticipan
la transición hacia sistemas dentarios más complejos en los vertebrados
mandibulados.
Mandíbulas de tijera
Aunque este proceso será analizado con mayor profundidad en
secciones posteriores, es importante señalar que, a lo largo de la evolución
temprana de los vertebrados, los arcos branquiales anteriores
experimentaron una profunda reorganización. Las primeras series de arcos,
originalmente dedicadas al sostén de las hendiduras faríngeas, se desplazaron
hacia la región anterior del cuerpo y comenzaron a enmarcar la abertura
bucal. Con el tiempo, algunos de estos arcos se modificaron, se
robustecieron y se articularon entre sí, fusionándose funcionalmente en
conjuntos estructurales que dieron origen a las mandíbulas primitivas.
Este evento marcó una transformación decisiva en la historia evolutiva de los
vertebrados, ya que permitió el desarrollo de una alimentación basada en la
captura activa y la manipulación mecánica del alimento.
Enlace
a la [Figura:
Dientes en cuchilla continua]
Sin embargo, las primeras mandíbulas no poseían dientes
verdaderos como los que conocemos en peces óseos, reptiles o mamíferos. En
grupos tempranos como los placodermos, las estructuras cortantes de la
boca no eran dientes individualizados con esmalte y dentina diferenciados, sino
placas óseas dérmicas afiladas, que actuaban como cuchillas integradas
al esqueleto craneal. En especies emblemáticas como Dunkleosteus terrelli,
estas placas formaban bordes cortantes capaces de generar fuerzas de mordida
extraordinarias. Aunque funcionalmente equivalentes a dientes —capaces de
cortar y desgarrar tejido— estas estructuras no eran homólogas a los dientes
verdaderos de los gnathostomados posteriores, sino expansiones y
especializaciones del hueso dérmico del cráneo. Así, la transición hacia
la dentición mineralizada independiente representó un paso evolutivo posterior,
que separó las simples placas cortantes integradas al esqueleto de los órganos
dentarios verdaderos, con desarrollo embrionario y organización histológica
propios.
Origen y desarrollo
Las investigaciones más recientes publicadas en Nature
indican que los dientes de los vertebrados no surgieron primero como
herramientas para morder sino a partir de estructuras dérmicas sensoriales
en el exoesqueleto de los primeros vertebrados acuáticos. Fósiles de peces
primitivos del Ordovícico Medio (hace unos 460 millones de años), como Eriptychius
y Astraspis, muestran odontodes externos compuestos de dentina
innervada que probablemente funcionaban como sensores táctiles en la piel
mineralizada, una función que aún mantiene la dentina moderna al transmitir
estímulos hacia la pulpa dental. Estas unidades dérmicas de dentina son
precedentes evolutivos directos de los dientes verdaderos, y su presencia en
los esqueletos de peces acorazados sugiere que estos tejidos sensoriales fueron
reclutados o cooptados hacia la cavidad bucal cuando los precursores de
los peces con mandíbulas comenzaron a desarrollar estructuras dentarias
internas.
Enlace
a la [Figura:
Origen de los dientes]
Este trabajo apoya la idea de que los dientes se originaron
a partir del esqueleto dérmico mineralizado, no como una invención
independiente dentro de la boca. En los embriones de vertebrados actuales, los odontodes
y los dientes comparten vías de desarrollo molecular, con la dentina
derivada de crestas neurales que también contribuyen a la formación de
estructuras dérmicas duras. La evidencia fósil demuestra que antes de la
aparición de mandíbulas articuladas, estos tejidos existían fuera del cuerpo
como parte de la armadura sensorial de peces agnatos acorazados, y
fueron posteriormente incorporados y modificados para formar los dientes
mandibulares y faríngeos que conocemos en los vertebrados mandibulados.
Dentición y bomba bucal de vacío
Los primeros dientes verdaderos ampliamente aceptados
en el registro fósil se han documentado en el linaje de los gnatostomados
tempranos (vertebrados con mandíbulas) del Silúrico tardío y Devónico
temprano, hace aproximadamente 430–400 millones de años. Entre los
ejemplos más representativos se encuentran peces acantodios y condrictios
primitivos como Doliodus problematicus, cuyos restos muestran
estructuras dentarias organizadas en hileras asociadas a las primeras
mandíbulas funcionales. En el linaje de los tiburones tempranos, especies como Cladoselache
clarkii exhiben ya dientes cónicos bien desarrollados, adaptados a capturar
presas activas. A diferencia de las placas cortantes de los placodermos como Dunkleosteus
terrelli, estos dientes eran unidades repetidas y diferenciadas, más
cercanas al modelo dentario que dominaría la evolución posterior.
En estos peces mandibulados, los dientes no actuaban de
manera aislada, sino en combinación con un sofisticado sistema de succión
por presión negativa. La boca funciona como una bomba de vacío parcial:
mediante la acción coordinada de músculos craneales y la expansión rápida de la
cavidad bucal y faríngea, el pez incrementa súbitamente el volumen interno de
la boca. Al hacerlo, genera una disminución de presión que provoca el ingreso
violento de agua desde el exterior, arrastrando consigo todo lo que se encuentre
frente a la abertura bucal, incluidas las presas. Este mecanismo es
especialmente evidente en peces modernos como Micropterus salmoides
(lobina negra) y en numerosos teleósteos depredadores. Una vez dentro, los
dientes cónicos y recurvados impiden la salida de la presa mientras la cavidad
vuelve a comprimirse y el agua es expulsada a través de las aberturas
branquiales.
Enlace
a la [Figura:
Mandíbulas mordedoras]
En los peces y en los tetrápodos no amniotas, la
cavidad bucal y sus dientes funcionaron ante todo como una trampa de captura,
más que como un aparato de trituración compleja. En tiburones como Carcharodon
carcharias, los dientes presentan bordes afilados y, en muchos casos, serraciones
que actúan como cuchillas para cortar tejido blando con eficacia. En linajes
fósiles como los ripidistianos, por ejemplo Eusthenopteron foordi,
y en tetrápodos tempranos como Ichthyostega stensioei, los dientes
poseían una sola cúspide aguda y un esmalte plegado de forma intrincada, dando
origen a la denominación laberintodonto. Estas invaginaciones del
esmalte aumentaban la resistencia estructural y generaban crestas superficiales
que mejoraban la penetración y el agarre. Así, desde los primeros peces
mandibulados hasta los tetrápodos primitivos, los dientes evolucionaron como estructuras
de sujeción y corte integradas a un sistema de succión y captura, marcando
un paso decisivo en la historia funcional de los vertebrados.
Denticiones en anfibios
En los anfibios en
sentido amplio, incluyendo tanto linajes fósiles tempranos como
especies actuales, los dientes han sido tradicionalmente pequeños, cónicos y
funcionalmente simples, adaptados principalmente a la captura y
retención de presas. En los primeros tetrápodos como Ichthyostega
stensioei, los dientes podían ser más robustos y presentar pliegues
complejos de esmalte (condición asociada a los llamados dientes
laberintodontos), lo que aumentaba su resistencia estructural frente
a fuerzas de penetración. Esta morfología sugiere una estrategia basada en perforar
y sujetar más que en triturar. De manera comparable, en salamandras
actuales como Ambystoma tigrinum, los dientes mantienen una forma cónica
y aguda, dispuestos en hileras relativamente uniformes a lo largo de la
mandíbula y, en algunos casos, del paladar. No existe en estos animales una
diferenciación clara en categorías dentales como incisivos, caninos o
molares; por el contrario, predominan dientes similares entre sí, lo que
refleja una condición cercana a la homodoncia, donde la especialización
funcional es limitada y el objetivo principal es impedir el escape de presas
pequeñas y resbaladizas.
Enlace
a la [Figura:
Dientes de anfibios]
En los anfibios modernos, la tendencia evolutiva
general ha sido hacia una reducción progresiva del tamaño dental,
acompañada en algunos casos por la pérdida parcial o total de la dentición.
En ranas como Rana temporaria, los dientes son extremadamente
pequeños, casi microscópicos, y se disponen en discretas hileras sobre el
maxilar superior y el vómer, siendo apenas visibles sin aumento. En contraste,
en especies como el sapo común Bufo bufo, la dentición está marcadamente
reducida o ausente, especialmente en la mandíbula inferior. En estos
linajes, la lengua protráctil y pegajosa asume el papel principal en la
captura de alimento, relegando a los dientes a una función secundaria o
eliminándolos por completo. Así, desde formas ancestrales con dientes
relativamente más robustos hasta especies actuales con dentición diminuta,
delicada o invisible, los anfibios muestran una clara tendencia hacia la simplificación
estructural, manteniendo siempre como eje funcional la retención de
presas, más que la masticación compleja característica de otros
vertebrados.
Amniotas saurópsidos
Cuando hablamos de saurópsidos no aviares, nos
referimos, en un sentido estrictamente filogenético, a todos aquellos amniotas
del linaje saurópsido que no pertenecen al clado Aves. Aunque el término no
corresponde a un grupo natural (porque las aves están incluidas dentro de
Sauropsida), se emplea de manera práctica para designar lo que coloquialmente
se entiende como “reptiles”: es decir, tortugas, lepidosaurios (lagartos, serpientes
y tuátaras) y crocodilianos, excluyendo tanto a las aves como a los sinápsidos
(mamíferos y sus ancestros).
La mayoría posee dientes de forma relativamente semejante
entre sí y con reemplazo continuo a lo largo de la vida. En muchos
lagartos como Varanus komodoensis o Iguana iguana, los dientes
son cónicos, recurvados hacia atrás y afilados, adaptados principalmente
a perforar y sujetar presas o desgarrar vegetación, según la dieta. A
diferencia de los mamíferos, no existe una división clara en incisivos, caninos
y molares; el patrón dominante es una serie repetida de piezas similares
distribuidas a lo largo del borde mandibular. En cuanto a su implantación,
muchos saurópsidos presentan dentición pleurodonta (dientes adheridos al
lado interno del hueso) o acrodonta (dientes asentados sobre la cresta
del hueso), aunque los arcosaurios —como cocodrilos— muestran implantación tecodonta,
con dientes alojados en alveolos.
En términos funcionales, los dientes de los saurópsidos han
eviolucionado principalmente para capturar y retener, más que para
masticar. La fragmentación compleja del alimento es poco común; en su lugar,
muchas especies desgarran y tragan trozos relativamente grandes. En cocodrilos
como Crocodylus niloticus, los dientes son robustos, cónicos y
ligeramente comprimidos lateralmente, adecuados para sujetar presas grandes y
resistir fuerzas intensas. En algunos lagartos herbívoros, los dientes pueden
aplanarse y presentar bordes cortantes para procesar material vegetal, pero sin
alcanzar la heterodoncia mamífera.
Enlace
a la [Figura:
Dientes en reptiles]
Un caso extremo de especialización dentro de los saurópsidos
se observa en las serpientes venenosas. En estos reptiles, ciertos
dientes maxilares se han transformado en colmillos especializados para la
inoculación de veneno. En especies como Naja naja (cobra india), los
colmillos son proteroglifos, es decir, relativamente cortos, fijos y
situados en la parte anterior de la mandíbula superior, con un canal interno
por donde fluye el veneno. En víboras como Bothrops atrox, los colmillos
son solenoglifos, largos, huecos y articulados, capaces de plegarse
contra el paladar cuando la boca está cerrada y de proyectarse hacia adelante
durante el ataque. Estos colmillos no son estructuras nuevas, sino dientes
modificados, integrados al sistema polifiodonto; por ello, se reemplazan
periódicamente como el resto de la dentición. La evolución de los colmillos
representa una transformación funcional extraordinaria dentro de un patrón
dentario básicamente homodonto, demostrando cómo una arquitectura repetitiva
puede dar lugar a innovaciones altamente especializadas sin abandonar el modelo
estructural saurópsido.
Dinosaurios y aves
La dentición de los dinosaurios fue
extraordinariamente diversa y refleja una amplia gama de estrategias
alimentarias, aunque hoy es inexistente. En términos generales, la mayoría de
los dinosaurios basales presentaban dentición tecodonta y polifiodonta,
es decir, dientes implantados en alveolos profundos y con reemplazo continuo a
lo largo de la vida, un patrón compartido con otros arcosaurios como los
cocodrilos. En los terópodos carnívoros, como Allosaurus fragilis o Tyrannosaurus
rex, los dientes eran grandes, comprimidos lateralmente, recurvados y con
bordes serrados, optimizados para cortar carne y desgarrar tejidos. Estos
dientes funcionaban más como cuchillas intercambiables que como instrumentos de
masticación: se fracturaban con frecuencia y eran reemplazados constantemente.
Enlace
a la [Figura:
Dientes en dinosaurios y aves]
Sin embargo, dentro de Dinosauria también surgieron formas
herbívoras con denticiones altamente especializadas, algunas de ellas
sorprendentemente complejas y funcionalmente análogas a las de ciertos
mamíferos. Los hadrosaurios, como Edmontosaurus annectens, desarrollaron
verdaderas baterías dentales, con cientos de dientes apilados
verticalmente que se reemplazaban de manera coordinada y generaban amplias
superficies de molienda. Este sistema permitía triturar material vegetal
fibroso con notable eficiencia. De forma convergente, los ceratópsidos como Triceratops
horridus poseían dientes organizados en columnas que formaban superficies
cortantes y de desgaste continuo, funcionando casi como una trituradora
vegetal. Aunque estructuralmente distintos a los molares mamíferos —no eran
heterodontos en el sentido estricto— estos sistemas representan un caso notable
de convergencia funcional hacia mecanismos de procesamiento intensivo
del alimento.
En cuanto a la pérdida de dientes y su reemplazo por picos
queratinizados, este fenómeno ocurrió múltiples veces dentro de los
dinosaurios. Se estima que la edentulia parcial o total evolucionó de
manera independiente al menos cinco o seis veces en distintos linajes. Ejemplos
incluyen los ornitisquios como los ceratópsidos y ornitomímidos, que poseían
picos rostrales queratinizados combinados con dentición posterior; los
oviraptorosaurios, muchos de los cuales eran completamente desdentados y
dependían exclusivamente de un pico córneo; y finalmente las aves,
descendientes de terópodos manirraptores, en las cuales la pérdida total de
dientes se consolidó en el linaje que conduce a Aves modernas. En todos estos
casos, el pico no era un diente modificado, sino una estructura queratinizada
derivada del tejido labial y del premaxilar.
Por tanto, la historia dental de los dinosaurios no sigue
una trayectoria lineal de complejidad creciente o reducción progresiva, sino
que exhibe múltiples experimentos evolutivos: desde denticiones
cortantes típicamente depredadoras, hasta baterías trituradoras comparables
funcionalmente a sistemas mamíferos, y pérdidas repetidas de dientes en favor
de picos. Esta diversidad confirma que la dentición dinosauriana fue uno de los
campos más dinámicos de innovación biomecánica dentro de los arcosaurios mesozoicos.
Mamíferos
La dentición de los mamíferos está profundamente
ligada a una de sus innovaciones anatómicas más importantes: el paladar
secundario óseo. Esta estructura separa de manera casi completa la cavidad
nasal de la cavidad oral, permitiendo que el animal pueda respirar mientras
mantiene alimento en la boca. A diferencia de muchos otros vertebrados, en
los cuales la ventilación y la manipulación del alimento comparten más
directamente el mismo espacio funcional, los mamíferos pueden masticar durante
periodos prolongados sin comprometer la respiración. Esta reorganización
anatómica abrió la puerta a una transformación radical: la aparición de la masticación
compleja y, en algunos linajes, la rumiación.
Enlace
a la [Figura:
Dientes sexuales]
Al poder triturar el alimento dentro de la boca antes de
deglutirlo, se favoreció la evolución de dientes especializados por
categorías —incisivos, caninos, premolares y molares— cada uno con una
función mecánica distinta. Esta condición, conocida como heterodoncia,
permitió dividir el trabajo: cortar, perforar y moler en secuencia coordinada.
Sin embargo, esta precisión oclusal tuvo un costo evolutivo importante. Para
que las superficies dentales encajen con exactitud durante años, el reemplazo
continuo típico de reptiles y peces se volvió inviable. Así, los mamíferos
adoptaron un patrón difiodonto, con solo dos generaciones de dientes
(decidua y permanente), sacrificando la renovación constante en favor de
estabilidad funcional. Las condiciones más cercanas al patrón basal pueden
observarse en mamíferos carnívoros como los cánidos, donde la fórmula dental es
relativamente completa y la organización heterodonta es clara, con carnasiales
bien definidos pero sin reducciones extremas.
Sin embargo, la dentición mamífera no se limita al modelo
estándar. Existen numerosas “rarezas evolutivas” que revelan hasta qué
punto los dientes pueden convertirse en estructuras de defensa, exhibición o
especialización extrema. En los jabalíes (Sus scrofa), los caninos
crecen continuamente y se proyectan como colmillos curvos utilizados en combate
y defensa. En los elefantes (Loxodonta africana, Elephas maximus),
los colmillos son incisivos hipertrofiados que cumplen funciones sociales,
defensivas y manipulativas. En el narval (Monodon monoceros), el
dimorfismo sexual es notable: el largo colmillo espiralado corresponde a un
incisivo superior izquierdo enormemente desarrollado en los machos,
probablemente relacionado con selección sexual y exhibición.
Enlace
a la [Figura:
Dientes de sable]
Otros casos muestran especializaciones biomecánicas
extremas, como los colmillos de sable en Smilodon fatalis, cuyos caninos
superiores alcanzaban tamaños desproporcionados. Aunque intuitivamente se
asocian con la depredación, su tamaño implicaba fragilidad estructural, lo que
sugiere estrategias de ataque altamente específicas y aún debatidas. En el
extremo opuesto, algunos herbívoros han reducido o perdido ciertas series
dentales. Los caballos (Equus ferus caballus), por ejemplo, han
eliminado los caninos funcionales en muchas hembras y presentan incisivos
prominentes junto con molares hipsodontos altamente especializados para el
desgaste continuo por sílice vegetal.
Así, la dentición mamífera combina un marco estructural
altamente conservado —heterodoncia asociada al paladar secundario y
reemplazo limitado— con una impresionante diversidad de modificaciones
adaptativas. Defensa, competencia sexual, procesamiento vegetal intensivo o
depredación especializada son solo algunas de las trayectorias evolutivas que
han moldeado sus dientes, transformando un plan básico en una galería de
soluciones morfológicas extraordinarias.
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