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viernes, 26 de junio de 2026

Introducción al sistema respiratorio

El llamado sistema respiratorio tiene un nombre tradicional, pero no siempre es el más preciso. En sentido estricto, la respiración es un proceso metabólico celular: ocurre dentro de las células y consiste en obtener energía química, principalmente ATP, a partir de moléculas orgánicas. En la respiración aerobia, por ejemplo, muchas células consumen oxígeno y producen dióxido de carbono y agua como desechos. Por eso, cuando hablamos de pulmones, branquias, tráqueas o superficies de intercambio, el término más exacto sería sistema ventilatorio o sistema de intercambio gaseoso, porque su función no es producir ATP directamente, sino permitir la entrada y salida de gases.

Figura 1. [Leonardo da Vinci] fue un artista, anatomista, inventor e ingeniero del Renacimiento italiano. Nació en Vinci en 1452 y destacó por unir arte y ciencia mediante observación, dibujo y razonamiento. Pintó obras como Mona Lisa y La última cena, estudió el cuerpo humano y diseñó máquinas. Murió en Francia en 1519.

Figura 2. [Mabel Purefoy FitzGerald] fue una fisióloga británica especializada en respiración, oxígeno e hipoxia. Investigó la adaptación humana a grandes alturas junto a John Scott Haldane, estudiando hemoglobina y ventilación en condiciones de bajo oxígeno. Aunque enfrentó barreras por ser mujer, hizo aportes clave a la fisiología respiratoria y recibió reconocimiento tardío de Oxford.

En los animales, el caso más conocido es el intercambio entre O₂ y CO₂. El oxígeno entra al organismo porque será usado por las células en la respiración celular, mientras que el dióxido de carbono sale porque es un producto de desecho del metabolismo. Sin embargo, no todos los seres vivos manejan los mismos gases. Algunas bacterias y arqueas pueden producir o consumir hidrógeno, metano, sulfuro de hidrógeno, amoníaco o nitrógeno, según sus rutas metabólicas. Por eso, el intercambio gaseoso no debe entenderse como una regla universal limitada a oxígeno y dióxido de carbono, sino como una relación entre metabolismo, ambiente y tipo de organismo.

La ventilación puede dividirse en dos grandes fases funcionales. La primera es el intercambio externo, donde los gases pasan entre el ambiente y una superficie especializada. En peces ocurre en las branquias, en insectos mediante tráqueas, en anfibios también por la piel, y en mamíferos principalmente en los pulmones, específicamente en los alvéolos. Para que este intercambio sea eficiente, la superficie debe ser húmeda, delgada, amplia y estar conectada con un sistema que mantenga diferencias de concentración.

 

Figura 3. [Respiración vs ventilación]. La ventilación o breathing es el movimiento de gases entre el ambiente y los pulmones: entra oxígeno y sale dióxido de carbono. La respiración celular ocurre en las mitocondrias, donde la glucosa usa oxígeno para producir ATP, agua y dióxido de carbono. Así, ventilar no produce energía; permite que las células respiren metabólicamente.

La segunda fase es la perfusión, es decir, el transporte interno de gases mediante un fluido circulante, como la sangre o la hemolinfa. En vertebrados, la sangre lleva oxígeno desde los pulmones o branquias hacia los tejidos y recoge dióxido de carbono para devolverlo al órgano ventilatorio. Así, el sistema ventilatorio y el sistema circulatorio trabajan juntos: uno intercambia gases con el ambiente y el otro los distribuye dentro del cuerpo. La verdadera respiración ocurre después, cuando cada célula usa esos gases en su metabolismo energético.

Líquidos surfactantes

Los tejidos ventilatorios, es decir, las superficies donde los gases pasan entre el interior del organismo y el ambiente, deben mantenerse húmedos para funcionar. El oxígeno y el dióxido de carbono no cruzan una membrana completamente seca: primero deben disolverse en una película líquida y luego difundirse a través de las células. Por eso, las superficies de intercambio, como branquias, piel respiratoria, tráqueas o alvéolos pulmonares, suelen estar cubiertas por moco, agua, fluidos epiteliales o sustancias surfactantes que facilitan el contacto entre el gas y la membrana viva.

Figura 4. Un [capilar] es un vaso microscópico con pared muy delgada, formada por endotelio, que permite el intercambio de oxígeno, dióxido de carbono, agua y solutos por difusión. Si el capilar se pliega o ramifica, aumenta su área de intercambio sin volverse más grueso. Por eso transporta más sustancias de forma eficiente.

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Figura 5. [Mecanismos de transporte a través de membrana]. La membrana celular permite transporte por difusión, ósmosis, transporte facilitado y transporte activo. El paso pasivo mueve sustancias a favor del gradiente; el activo usa ATP para ir en contra. Fallas en acuaporinas, CFTR, SLC5A1 o ATP7B causan enfermedades como diabetes insípida, fibrosis quística, malabsorción glucosa-galactosa y enfermedad de Wilson.

En ambientes acuáticos o muy húmedos, mantener esa película líquida resulta menos difícil. Las branquias de los peces, por ejemplo, permanecen desplegadas dentro del agua, lo que permite que los gases disueltos entren y salgan de la sangre. En cambio, en ambientes terrestres y secos, el problema es más grave: una superficie húmeda permite el intercambio gaseoso, pero también favorece la pérdida de vapor de agua. Por eso, muchos animales terrestres han llevado sus superficies ventilatorias hacia el interior del cuerpo, formando pulmones, tráqueas o cavidades protegidas. Así reducen la desecación sin perder la capacidad de intercambiar gases.

Los anfibios muestran muy bien esta dependencia de la humedad. Muchas ranas pueden complementar la ventilación pulmonar mediante respiración cutánea, pero para hacerlo necesitan mantener la piel delgada, vascularizada y húmeda. En otros anfibios, como algunas salamandras sin pulmones, la piel y la mucosa bucofaríngea se vuelven indispensables para respirar. En los pulmones de vertebrados terrestres, además de humedad, se requiere surfactante, una mezcla de sustancias que reduce la tensión superficial y evita que los alvéolos colapsen. En síntesis, todo órgano ventilatorio debe combinar tres condiciones: estar húmedo, ser delgado y mantenerse desplegado para conservar una gran superficie de intercambio.

Órganos de intercambio de gases

 Cualquier tejido puede convertirse evolutivamente en una superficie de intercambio gaseoso si cumple varias condiciones básicas: estar en contacto con un medio ventilado, mantenerse húmedo, ser lo bastante delgado para permitir la difusión y asociarse a una red de capilares o conductos de transporte. Los gases no atraviesan bien superficies secas; primero deben disolverse en una película líquida, como moco, agua o fluido surfactante. Además, la distancia entre el ambiente y la sangre debe ser mínima. Por eso, en distintos vertebrados pueden aparecer superficies ventilatorias auxiliares en la piel, la boca, la faringe, las mejillas, el esófago o incluso regiones intestinales como el ano. Sin embargo, en los vertebrados nos centraremos principalmente en dos grandes órganos ventilatorios: branquias y pulmones.

Bránquias.

Las branquias se originaron a partir de tejidos de la región faríngea, relacionados con los antiguos arcos branquiales y las hendiduras faríngeas. En cordados primitivos, estas estructuras funcionaban en parte como sistemas de filtración, semejantes a una red que retenía partículas alimenticias mientras el agua atravesaba la faringe. Con la evolución de los vertebrados, esas hendiduras se volvieron cada vez más importantes para la ventilación acuática. El tejido filamentoso asociado a ellas aumentó la superficie de intercambio, permitió el paso de agua sobre epitelios delgados y facilitó la transferencia de oxígeno hacia la sangre.

Figura 6. [Las branquias] de los peces extraen oxígeno disuelto del agua. El agua entra por la boca, pasa por arcos, filamentos y lamelas, donde capilares captan O₂ y liberan CO₂. Gracias al intercambio a contracorriente, agua y sangre circulan en sentidos opuestos, manteniendo el gradiente de difusión y aumentando la eficiencia ventilatoria si permanecen húmedas, desplegadas y ventiladas.

Con la transición desde vertebrados agnatos hacia vertebrados gnatostomados, es decir, con mandíbulas, los arcos faríngeos se modificaron profundamente. Los primeros arcos anteriores participaron en la formación de la mandíbula y del aparato hioideo, mientras los arcos posteriores conservaron funciones de soporte branquial. Esta reorganización transformó una red filtradora relativamente simple en un sistema más activo, capaz de mover agua sobre los filamentos branquiales mediante mecanismos de bombeo bucal, opercular o faríngeo. Las branquias, sin embargo, dependen del agua para mantenerse desplegadas: sus filamentos son finos, húmedos y delicados. Fuera del agua, pierden soporte, colapsan por su propio peso y dejan de funcionar eficientemente.

Origen de los pulmones.

Los pulmones, por su parte, evolucionaron como evaginaciones del tubo digestivo anterior, en la región relacionada con la faringe y el esófago primitivo. En los peces óseos, estas bolsas internas pudieron cumplir funciones dobles: ventilación aérea y control de la flotabilidad. En algunos linajes se especializaron como pulmones funcionales, capaces de captar oxígeno del aire; en otros, derivaron principalmente en vejigas natatorias, usadas para regular la posición en el agua. También existen formas intermedias o poco especializadas, donde la misma estructura conserva cierta relación con ambas funciones.

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Figura 7. [La vejiga natatoria] de algunos peces se conecta al tubo digestivo mediante un conducto neumático, permitiendo tragar o expulsar aire. Al llenarse, aumenta la flotabilidad; al vaciarse, facilita el descenso. En aguas pobres en oxígeno, puede apoyar la ventilación. Por eso, pulmones y vejigas natatorias son órganos emparentados, derivados de bolsas digestivas reutilizadas evolutivamente.

Por eso los pulmones de los vertebrados no tienen una única forma ancestral rígida. Pueden ser simples o muy subdivididos, únicos o pares, alargados o compactos, y ubicarse en posiciones dorsales, ventrales o laterales según el linaje. En peces pulmonados y algunos peces óseos basales, los pulmones conservan una organización relativamente sencilla.

Faveolos, parabronquios y alveolos.

A diferencia de lo que suelen presentar muchos libros de texto, los pulmones de los vertebrados no poseen una única arquitectura interna. En sus formas más simples, pueden ser bolsas relativamente lisas, aunque bien vascularizadas, como ocurre en algunas estructuras de función doble relacionadas con la ventilación y la flotabilidad, semejantes a las vejigas natatorias de ciertos peces óseos. Sin embargo, en los tetrápodos terrestres la arquitectura pulmonar se diversificó mucho más. De manera general, pueden reconocerse tres grandes modelos internos: pulmones con faveolos, pulmones con alvéolos y pulmones con parabronquios. Cada modelo resuelve el mismo problema básico —aumentar la superficie húmeda, delgada y vascularizada para intercambiar gases—, pero lo hace con diseños anatómicos diferentes.

Figura 8. Lepidosiren paradoxa es un [pez pulmonado] sudamericano que vive en aguas dulces pobres en oxígeno. Aunque es acuático, al completar su metamorfosis pierde branquias funcionales y depende de pulmones verdaderos para respirar aire; si no sube a la superficie, puede ahogarse. Sus aletas filamentosas, piel glandular y estivación en lodo ayudan a sobrevivir sequías.

Figura 9. Neoceratodus es un [pez pulmonado africano] robusto, con escamas grandes, aletas carnosas y movimientos lentos. Posee un pulmón vascularizado que le permite respirar aire cuando el agua tiene poco oxígeno. Sin embargo, tras la metamorfosis pierde branquias larvarias y depende más de la superficie; si no puede subir a ventilar, puede sufrir asfixia.

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Figura 8. [El pulmón faveolar] de anfibios y reptiles es un saco ventilatorio dividido por tabiques que forman faveolos. Estos aumentan la superficie de intercambio, permitiendo entrada de oxígeno y salida de dióxido de carbono. En anfibios suele ser simple y complementarse con piel húmeda; en reptiles es más tabicado, vascularizado, protegido y adaptado al aire seco terrestre.

Los faveolos son compartimentos internos que crecen hacia el interior del pulmón formando cámaras parecidas a una colmena. En lugar de tener una bolsa lisa, la pared pulmonar se subdivide en múltiples cavidades comunicadas por orificios, lo que aumenta la superficie de intercambio sin convertir el órgano en una red de tubos finos. Este tipo de organización es común en muchos anfibios y reptiles, aunque con grados distintos de complejidad. En formas más simples, el pulmón puede parecer un saco con paredes arrugadas; en formas más complejas, la compartimentalización interna crea una superficie mucho más amplia. Los faveolos permiten mejorar la ventilación, pero todavía dependen en gran medida de un sistema de entrada y salida donde el aire usado y el aire fresco pueden mezclarse.

La arquitectura más especializada aparece en los pulmones con parabronquios, propios de las aves y relacionados evolutivamente con varios arcosaurios, incluyendo cocodrilianos y dinosaurios no avianos. En este sistema, el aire no entra y sale simplemente por la misma ruta hacia una bolsa terminal. Los parabronquios funcionan como conductos atravesados por flujo de aire casi unidireccional, de modo que el tejido de intercambio recibe aire fresco de manera más continua. En las aves, este sistema se complementa con sacos aéreos, que no realizan el intercambio gaseoso principal, pero almacenan y dirigen el aire como fuelles. Gracias a esta organización, el pulmón aviar mantiene una ventilación muy eficiente, con menor mezcla entre aire fresco y aire usado que en los pulmones alveolares.

Figura 9. [Pulmón de los cocodrilos]. El sistema parabronquial de los cocodrilianos organiza el aire en un flujo casi unidireccional, desde la cavidad nasal y tráquea hacia cámaras dorsales y ventrales. Esto reduce la mezcla con aire usado y mejora el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono. Gracias a pulmones compactos y eficientes, pueden sumergirse, guardar aire y acechar sin burbujas.

Figura 10. Crocodylus intermedius, el [cocodrilo del Orinoco], habita ríos, lagunas y sabanas inundables de Colombia y Venezuela. Es un depredador semiacuático robusto, con ojos y narinas superiores para acechar oculto. Consume peces, aves, mamíferos y reptiles. Aunque poderoso, está amenazado por cacería, pérdida de hábitat y reducción de zonas de anidación.

Los sacos aéreos de las aves se extienden por distintas regiones del cuerpo y pueden penetrar algunos huesos y vértebras, dejando cavidades neumáticas reconocibles. Por eso, cuando los paleontólogos encuentran huesos fósiles con patrones de neumatización semejantes, pueden inferir la presencia de sistemas respiratorios complejos en ciertos dinosaurios no avianos. Esta arquitectura ayuda a explicar cómo algunos linajes pudieron sostener altos niveles de actividad, cuerpos grandes o comportamientos exigentes. En síntesis, los pulmones no son simples “bolsas de aire”: son órganos ventilatorios con diseños muy diversos, desde sacos vascularizados hasta redes alveolares y sistemas parabronquiales altamente eficientes.

Figura 11. [Anatomía respiratoria de las aves]. Las aves poseen tráquea, bronquios, pulmones rígidos y sacos aéreos. Los parabronquios realizan el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono, mientras los sacos actúan como fuelles que mueven aire casi unidireccional. Esta ventilación eficiente favorece el vuelo y grandes alturas, como en Gyps rueppellii, capaz de alcanzar cerca de 11 300 metros, donde humanos sin oxígeno pierden conciencia útil rápidamente.

Figura 12. [Fisiología respiratoria de las aves]. El sistema respiratorio de las aves usa pulmones rígidos con parabronquios y sacos aéreos que actúan como fuelles. Durante dos ciclos, el aire fresco entra, cruza los pulmones y el aire usado sale. El flujo casi unidireccional mantiene intercambio constante de oxígeno y dióxido de carbono, favoreciendo vuelo eficiente, actividad intensa y supervivencia en grandes alturas sin gran mezcla interna.

Figura 12. Gyps rueppellii, el [buitre de Rüppell], es un ave carroñera africana adaptada al vuelo prolongado en grandes alturas, con alas amplias, pico fuerte y sistema respiratorio parabronquial. Puede alcanzar cerca de 11 300 metros, donde el oxígeno es escaso. Consume carroña, limpia ecosistemas y está amenazado por envenenamiento, pérdida de hábitat y persecución humana, además de reducción de alimento disponible.

Figura 13. Jian changmaensis muestra que los [dinosaurios no aviares] incluían formas muy cercanas a las aves, con plumas, colores inferidos y cuerpos activos. En China, fósiles del Cretácico temprano revelan esta transición junto a aves como Gansus yumenensis. Sus vértebras neumáticas sugieren sacos aéreos y respiración aviar antes del vuelo moderno, como adaptación previa para ventilación eficiente y esqueletos más ligeros.

Los alvéolos, característicos de los mamíferos, pueden entenderse como una modificación más fina y organizada de este principio. En lugar de grandes cámaras internas, el pulmón se ramifica en una red de bronquios, bronquiolos y conductos cada vez más delgados, que terminan en sacos microscópicos semejantes a racimos de uvas. Cada alvéolo está rodeado por capilares sanguíneos, de modo que el oxígeno puede pasar rápidamente hacia la sangre y el dióxido de carbono puede salir hacia el aire pulmonar. Esta arquitectura ofrece una enorme área de intercambio en un espacio relativamente compacto, aunque funciona con ventilación bidireccional: el aire entra y sale por el mismo camino, lo que produce mezcla parcial entre aire fresco y aire ya usado.

 

Figura 14. El [sistema respiratorio humano] conduce aire por nariz, faringe, laringe, tráquea y bronquios hasta los pulmones. Allí los bronquios se ramifican en bronquiolos y llegan a alvéolos rodeados de capilares. El diafragma permite la inspiración. En los alvéolos entra oxígeno a la sangre y sale dióxido de carbono para ser expulsado durante la espiración normal del cuerpo humano adulto vivo.

 

Figura 15. [La mioglobina] actúa como una reserva muscular de oxígeno, similar a un “tercer pulmón” metafórico. En aves y mamíferos acuáticos, permite seguir nadando cuando dejan de ventilar y los pulmones se comprimen por presión. Junto con hemoglobina, bradicardia y ahorro circulatorio, prolonga la inmersión, sostiene músculos activos y aumenta la autonomía bajo el agua.

Figura 16. [Los cachalotes], Physeter macrocephalus, son odontocetos capaces de bucear a gran profundidad. Antes de sumergirse cargan oxígeno en sangre y músculos. Durante el descenso, sus pulmones colapsan controladamente, reduciendo absorción de nitrógeno y riesgo de descompresión. Luego dependen de hemoglobina, mioglobina muscular, bradicardia y ahorro metabólico para cazar sin respirar durante largos periodos.

Referencias

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Figura. Los cachalotes

Los cachalotes, Physeter macrocephalus, son los mayores odontocetos y uno de los buceadores más extremos entre los mamíferos marinos. Su cuerpo grande, cabeza enorme y sistema de ecolocalización les permiten descender a grandes profundidades para cazar calamares y peces en zonas oscuras del océano. Aunque respiran aire como cualquier mamífero, no dependen de respirar continuamente: antes de sumergirse realizan ventilaciones intensas en superficie, cargan oxígeno en la sangre y los músculos, y luego cierran el espiráculo para iniciar una inmersión prolongada.

Durante el descenso, la presión del agua comprime progresivamente los espacios llenos de aire. En vez de resistirse, los pulmones del cachalote están adaptados para colapsar de forma controlada. Este colapso reduce el volumen de aire pulmonar y desplaza gases hacia vías respiratorias más rígidas, disminuyendo el intercambio de nitrógeno con la sangre. Así se reduce el riesgo de síndrome de descompresión, porque el animal no sigue absorbiendo grandes cantidades de gas bajo presión. En profundidad, el pulmón deja de funcionar como reserva principal de oxígeno; su papel queda limitado, mientras el cuerpo depende de almacenes internos más seguros.

La gran clave fisiológica está en la hemoglobina y, sobre todo, en la mioglobina muscular. La mioglobina almacena oxígeno dentro de las fibras musculares y lo libera durante el esfuerzo bajo el agua. Por eso los músculos de grandes buceadores son oscuros y ricos en esta proteína. Al mismo tiempo, el cachalote reduce su frecuencia cardíaca, restringe la circulación hacia tejidos menos urgentes y prioriza cerebro, corazón y músculos activos. Gracias a esta combinación de colapso pulmonar, reservas sanguíneas, mioglobina abundante y ahorro metabólico, puede permanecer sumergido durante largos periodos sin respirar, cazando en profundidades donde un mamífero terrestre no resistiría.

Figura. La mioglobina y los mamíferos acuáticos

La mioglobina es una proteína parecida a la hemoglobina, aunque se encuentra dentro de las fibras musculares y tiene gran afinidad por el O₂. Cuando el animal respira en la superficie, el oxígeno entra por los pulmones, pasa a la sangre, se une a la hemoglobina y finalmente llega a los músculos. Allí, parte de ese oxígeno queda almacenado en la mioglobina, listo para ser usado durante la actividad intensa o durante una inmersión prolongada.

En aves acuáticas y mamíferos acuáticos, esta reserva es fundamental porque, al bucear, el animal deja de ventilar. Además, a cierta profundidad, la presión externa puede comprimir los pulmones y reducir su papel como depósito útil de aire. En focas, ballenas, delfines, nutrias marinas, pingüinos y otros buceadores, la supervivencia bajo el agua no depende solo del aire pulmonar, sino de tres almacenes principales: el oxígeno de los pulmones, el oxígeno unido a la hemoglobina en la sangre y el oxígeno unido a la mioglobina en los músculos. Por eso, especies muy buceadoras suelen tener músculos oscuros, ricos en mioglobina.

Durante la inmersión, el cuerpo activa una respuesta de ahorro: baja la frecuencia cardíaca, reduce el flujo hacia tejidos menos urgentes y prioriza órganos vitales como cerebro y corazón. Mientras tanto, los músculos pueden seguir trabajando usando el oxígeno guardado en la mioglobina, sin depender inmediatamente de una nueva respiración. Esto permite nadar, perseguir presas o permanecer oculto incluso cuando los pulmones ya están comprimidos o no pueden aportar oxígeno fresco. Así, la mioglobina no reemplaza a los pulmones, pero extiende enormemente la autonomía bajo el agua.

Figura. El sistema respiratorio humano

El sistema respiratorio humano conduce el aire desde el exterior hasta superficies microscópicas donde ocurre el intercambio gaseoso. El recorrido inicia en la nariz, donde las cavidades nasales filtran, calientan y humedecen el aire antes de enviarlo hacia la faringe. Los senos paranasales ayudan a aligerar el cráneo, modificar la resonancia de la voz y mantener mucosas asociadas a la vía aérea superior. Luego el aire pasa por la laringe, estructura que protege la entrada respiratoria y contiene las cuerdas vocales, antes de descender por la tráquea, un tubo reforzado por anillos cartilaginosos que evita el colapso durante la ventilación.

La tráquea se divide en bronquios principales que ingresan al pulmón derecho y al pulmón izquierdo. El pulmón derecho suele presentar tres lóbulos: superior, medio e inferior; el izquierdo tiene dos lóbulos principales, porque deja espacio al corazón. Dentro de cada pulmón, los bronquios se ramifican en conductos cada vez más pequeños: bronquios lobares, bronquios segmentarios, bronquiolos y bronquiolos terminales. Esta ramificación forma un árbol respiratorio que distribuye el aire por todo el tejido pulmonar, manteniendo contacto con regiones muy vascularizadas. En la base se observa el diafragma, músculo esencial de la inspiración: al contraerse desciende, aumenta el volumen torácico y permite la entrada de aire.

El recuadro superior derecho representa los alvéolos, pequeños sacos agrupados donde ocurre la función central del sistema. Cada alvéolo está rodeado por una red de capilares sanguíneos; allí el oxígeno difunde desde el aire alveolar hacia la sangre, mientras el dióxido de carbono pasa desde la sangre hacia el alvéolo para ser eliminado durante la espiración. La eficiencia depende de paredes delgadas, humedad, gran superficie y circulación constante. Por eso, aunque vemos grandes pulmones, el verdadero intercambio ocurre en millones de unidades microscópicas.

Figura. Los dinosaurios no aviares

Los dinosaurios no aviares agrupan a todos los dinosaurios que no pertenecen a las aves, desde formas muy lejanas a ellas, como muchos herbívoros cuadrúpedos, hasta terópodos emplumados bastante cercanos al origen aviar. La escena muestra a Jian changmaensis, un dinosaurio microraptorino, atacando a Gansus yumenensis, un ave primitiva, en la cuenca de Changma, al noroeste de China, hace unos 120 millones de años. La imagen es importante porque no presenta una separación tajante entre “dinosaurio” y “ave”, sino una continuidad evolutiva llena de formas intermedias, depredadores pequeños, plumajes complejos y ecosistemas donde aves tempranas convivían con dinosaurios no aviares. (Popular Science)

Los yacimientos chinos del Cretácico temprano han sido fundamentales porque preservan fósiles con plumas, impresiones corporales y, en algunos casos, estructuras microscópicas como melanosomas, que permiten inferir colores aproximados del plumaje. Por eso hoy sabemos que muchos dinosaurios no aviares no eran reptiles desnudos y grises, sino animales visualmente diversos, con cubiertas corporales usadas para aislamiento térmico, exhibición, camuflaje, planeo o maniobra. En este contexto, Jian changmaensis aparece como un depredador emplumado cercano a las aves, mientras Gansus yumenensis representa una rama aviar ya diferenciada, probablemente asociada a ambientes acuáticos o ribereños. (IVPP)

Además, la relación entre dinosaurios no aviares y aves no se limita a las plumas. Varias líneas fósiles muestran vértebras neumáticas, cavidades y forámenes asociados a extensiones de sacos aéreos, especialmente en terópodos y saurópodos. Esto sugiere que algunos componentes del sistema respiratorio aviar, como pulmones rígidos, ventilación eficiente y sacos aéreos, aparecieron antes del vuelo moderno. En otras palabras, la respiración aviar no nació simplemente para volar: primero pudo ayudar a aligerar el esqueleto, mejorar la ventilación y sostener cuerpos activos; después fue aprovechada por las aves para el vuelo poderoso y prolongado. (PubMed)

Figura. Buitre de Rüppell

 Gyps rueppellii, conocido como buitre de Rüppell, es una gran ave carroñera africana adaptada al vuelo prolongado sobre sabanas, zonas abiertas y regiones semiáridas. Como otros buitres, tiene cuello largo, cabeza con poco plumaje, pico fuerte y alas amplias para planear durante mucho tiempo con bajo gasto de energía. Su dieta se basa en carroña, por lo que cumple una función ecológica clave: retirar cadáveres, reducir focos de infección y reciclar materia orgánica dentro del ecosistema. (Cincinnati Zoo & Botanical Garden)

Su fama biológica se debe a su extraordinaria capacidad de vuelo en altura. Se considera una de las aves que alcanza mayores altitudes, con un registro cercano a 11 300 metros sobre el nivel del mar. A esa altura, la presión parcial de oxígeno es muy baja para un ser humano sin apoyo técnico. El buitre puede soportar estas condiciones gracias a su sistema respiratorio aviar, con pulmones parabronquiales, sacos aéreos y un flujo de aire muy eficiente, además de adaptaciones sanguíneas que favorecen la captación de oxígeno durante el vuelo. (Cincinnati Zoo & Botanical Garden)

Desde el punto de vista ecológico, Gyps rueppellii depende de grandes áreas donde pueda encontrar cadáveres de mamíferos silvestres o domésticos. Su estrategia consiste en elevarse en corrientes térmicas, observar grandes extensiones y descender cuando detecta alimento o la actividad de otros carroñeros. Sin embargo, sus poblaciones han disminuido por envenenamientos, pérdida de hábitat, reducción de alimento disponible y persecución humana; por eso aparece como una especie altamente amenazada en evaluaciones de conservación. Su caso muestra que incluso un animal capaz de dominar el cielo puede ser vulnerable cuando se alteran las redes ecológicas que sostienen su alimentación. (en.wikipedia.org)

Figura. La anatomía respiratoria de las aves

La anatomía respiratoria de las aves, formada por tráquea, bronquios, pulmones rígidos y varios sacos aéreos. Los pulmones, representados en rosado, son pequeños y compactos, pero contienen parabronquios y bronquios terciarios donde ocurre el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono. Los sacos aéreos, en azul, no intercambian gases de forma importante; funcionan como fuelles que almacenan y empujan aire. Entre ellos están los sacos cervicales, interclavicular, torácicos craneales, torácicos caudales y abdominales.

Durante la inspiración, los sacos aéreos se llenan y movilizan el aire por el sistema. En la espiración, esos sacos se comprimen y empujan el aire a través de los pulmones, manteniendo un flujo casi unidireccional. Por eso el pulmón aviar no se infla y desinfla como un globo, sino que permanece rígido mientras los sacos aéreos mueven el aire. Además, algunos sacos se prolongan dentro de huesos neumáticos, reduciendo peso corporal y conectando respiración, esqueleto y vuelo.

Esta arquitectura explica el rendimiento extremo de muchas aves voladoras. Al mantener aire fresco pasando por los parabronquios durante inspiración y espiración, las aves aprovechan mejor el oxígeno que un pulmón alveolar típico. En buitres adaptados a grandes alturas, como Gyps rueppellii, se han registrado vuelos cercanos a 11 300 metros de altitud, donde la presión parcial de oxígeno es muy baja. Para un humano sin cabina presurizada ni oxígeno suplementario, una descompresión alrededor de 10 700 metros puede causar pérdida rápida de conciencia útil.

Figura. El sistema respiratorio de las aves

El sistema respiratorio de las aves funciona de manera distinta al de los mamíferos. Sus pulmones son rígidos, pequeños y atravesados por conductos llamados parabronquios, donde ocurre el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono. Los sacos aéreos no son el sitio principal de intercambio gaseoso; actúan como fuelles que empujan el aire a través del pulmón. En el modelo se distinguen sacos posteriores y anteriores, además de una zona pulmonar central. Esta organización permite que el aire fresco atraviese los pulmones en una dirección casi continua, sin mezclarse tanto con el aire usado.

Durante la primera inspiración, el aire fresco entra por la tráquea y se dirige principalmente hacia los sacos aéreos posteriores. Al mismo tiempo, parte del aire que ya estaba en los pulmones puede desplazarse hacia los sacos anteriores. En la primera espiración, los sacos posteriores se comprimen y empujan ese aire fresco a través de los parabronquios pulmonares. Allí, mientras el aire avanza por conductos finos, los capilares sanguíneos captan oxígeno y liberan dióxido de carbono. Lo importante es que el pulmón no se infla y desinfla como una bolsa simple: el flujo se mantiene organizado por el movimiento alternado de los sacos.

En la segunda inspiración, el aire que ya atravesó los pulmones pasa hacia los sacos aéreos anteriores, mientras entra una nueva carga de aire fresco hacia los sacos posteriores. Finalmente, durante la segunda espiración, los sacos anteriores expulsan el aire usado hacia el exterior, y los posteriores vuelven a empujar aire fresco por el pulmón. Así, una misma masa de aire necesita dos ciclos ventilatorios para entrar, cruzar el pulmón y salir. Este diseño es muy eficiente porque mantiene los parabronquios ventilados con aire rico en oxígeno, favoreciendo el vuelo, la actividad intensa y la vida en grandes alturas. 



Figura. Sistema respiratorio de los cocodrilos

El sistema respiratorio parabronquial de los cocodrilianos no funciona como un pulmón sacular simple, donde el aire entra y sale por la misma ruta mezclándose ampliamente. La imagen muestra el recorrido del aire desde la cavidad nasal hacia la tráquea, y luego hacia un pulmón dividido en cámaras internas. Allí aparecen regiones dorsales y ventrales conectadas por conductos que organizan el flujo. Esta arquitectura permite que el aire avance por rutas internas más definidas, semejantes a un circuito, en lugar de quedarse detenido dentro de una bolsa pulmonar común.

En los pulmones de cocodrilianos, el aire puede moverse de manera casi unidireccional a través de conductos comparables a parabronquios. El aire fresco entra hacia regiones posteriores o dorsales, atraviesa zonas de intercambio y luego se dirige hacia regiones anteriores o ventrales antes de salir. Esto mantiene una renovación más constante del aire cerca del tejido vascularizado, donde ocurre el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono. Además, las cámaras internas pueden actuar como espacios de paso y reserva, ayudando a separar parcialmente aire fresco y aire ya usado.

Esta organización explica por qué los cocodrilianos pueden tener pulmones relativamente compactos, pero muy eficientes. No necesitan inflarlos y vaciarlos como simples globos, porque el flujo interno aprovecha mejor cada ventilación. En la vida semiacuática, esto resulta crucial: antes de sumergirse, el animal almacena aire, cierra las narinas y puede permanecer inmóvil bajo el agua sin expulsar burbujas que delaten su presencia. Así, el diseño parabronquial se combina con apnea, metabolismo resistente y conducta de acecho. El resultado es un depredador capaz de esperar silenciosamente, usando reservas internas de aire mientras sus pulmones mantienen condiciones favorables para el intercambio gaseoso.

Figura. Cocodrilo del Orinoco

Crocodylus intermedius, el cocodrilo del Orinoco, es uno de los grandes depredadores de agua dulce de Sudamérica. Habita principalmente la cuenca del río Orinoco, en Colombia y Venezuela, donde ocupa ríos, lagunas, pantanos y sabanas inundables. Su cuerpo es alargado, robusto y bajo, con piel entre oliva y gris clara, vientre más pálido, hocico relativamente ancho y filas de osteodermos que forman crestas protectoras sobre el dorso y la cola. Puede alcanzar gran tamaño; los adultos suelen medir varios metros, y por eso domina muchas cadenas alimentarias acuáticas. (WCS Colombia)

Su anatomía está muy bien adaptada al acecho semiacuático. Los ojos, narinas y oídos se ubican en la parte superior de la cabeza, lo que permite mantener casi todo el cuerpo oculto bajo el agua mientras observa, respira y escucha. Su cola musculosa impulsa nados explosivos, mientras las patas cortas y fuertes dan estabilidad en orillas fangosas. Como depredador oportunista, consume peces, aves, mamíferos y reptiles; al capturar animales débiles o enfermos, contribuye al equilibrio del ecosistema. Además, sus movimientos, madrigueras y nidos modifican microhábitats en riberas y zonas inundables. (WCS Colombia)

Su reproducción ocurre en la estación seca, cuando las hembras construyen nidos en playas arenosas o bancos de tierra cercanos al agua. Allí depositan numerosos huevos, y la temperatura del nido influye en el sexo de las crías. Aunque es un animal poderoso, la especie está en peligro crítico por cacería histórica, pérdida de hábitat, fragmentación de riberas y reducción de zonas de anidación. En Colombia se realizan programas de cría, liberación y seguimiento para recuperar poblaciones en sectores de la Orinoquia. Por eso, Crocodylus intermedius no debe verse solo como un reptil temible, sino como una pieza clave de los humedales llaneros. (WCS Colombia) mientras mantiene activo su intercambio gaseoso interno.

Figura. Pez pulmonado africano.

 Neoceratodus es un pez pulmonado de aspecto robusto, cuerpo alargado, escamas grandes y aletas pares carnosas, parecidas a lóbulos musculares. La imagen destaca su cabeza ancha, boca terminal, ojos pequeños y placas operculares que protegen la región branquial. A diferencia de peces más activos y veloces, su cuerpo está construido para movimientos lentos y resistentes en aguas tranquilas, fangosas o con bajo oxígeno disuelto. Sus aletas pectorales y pélvicas ayudan a apoyarse y desplazarse con estabilidad en el fondo.

Su rasgo más importante es la presencia de un pulmón vascularizado, conectado al tubo digestivo anterior, que le permite tomar aire atmosférico cuando el agua no ofrece suficiente oxígeno. Sin embargo, esta capacidad no debe imaginarse como una ventaja absoluta. Después de la metamorfosis, los peces pulmonados pierden las branquias externas larvarias y quedan más comprometidos con la respiración aérea. En especies muy dependientes del pulmón, esto significa que, aunque vivan en el agua, necesitan subir a la superficie para ventilar. Si el acceso al aire se bloquea, pueden sufrir asfixia, incluso estando rodeados de agua.

Esta condición muestra una limitación evolutiva importante: el pulmón verdadero ya no funciona como una simple vejiga natatoria reguladora de flotabilidad, sino como órgano ventilatorio. Por eso, cuando la respiración pulmonar se vuelve dominante, el animal gana resistencia en aguas pobres en oxígeno, pero pierde independencia frente a la superficie. Debe vivir en ambientes donde pueda emerger con regularidad, evitar quedar atrapado bajo barro compacto o hielo, y mantener vías aéreas funcionales. En síntesis, el pez pulmonado representa una transición fascinante: conserva forma acuática, pero su supervivencia depende cada vez más del aire, no solo del agua.

Figura. pez pulmonado sudamericano

 Lepidosiren paradoxa, el pez pulmonado sudamericano, es un vertebrado acuático con cuerpo alargado, piel lisa, ojos pequeños y aletas pares convertidas en filamentos sensoriales. Vive en aguas dulces lentas, pantanosas o estancadas de Sudamérica, donde el oxígeno disuelto puede disminuir mucho durante sequías o acumulación de materia orgánica. Su aspecto recuerda a una anguila, pero su importancia evolutiva está en sus pulmones verdaderos, ubicados dorsalmente y muy vascularizados. Estos pulmones no funcionan como una simple vejiga natatoria para controlar la flotabilidad, sino como órganos ventilatorios especializados para captar aire atmosférico.

Durante sus primeras etapas, estos peces pueden conservar branquias externas y cierta dependencia del intercambio acuático. Sin embargo, cuando completan su metamorfosis, las branquias larvarias se pierden y la respiración aérea se vuelve fundamental. Esto genera una paradoja aparente: aunque el animal vive en el agua, puede ahogarse si no puede subir a la superficie para tomar aire. En otras palabras, no basta con estar rodeado de agua; si el medio no aporta oxígeno suficiente por branquias funcionales, el pez necesita ventilar sus pulmones. Por eso, su supervivencia depende de alternar vida acuática con acceso regular al aire.

La imagen también resalta adaptaciones corporales relacionadas con ambientes difíciles: boca terminal para succionar alimento, poros sensoriales para detectar vibraciones, piel glandular y movimientos ondulatorios laterales para desplazarse entre agua turbia o barro blando. Durante periodos secos, Lepidosiren paradoxa puede enterrarse en el lodo y formar una especie de refugio mucoso, reduciendo su actividad mientras conserva contacto con el aire. Su caso muestra que la evolución de los pulmones y la vejiga natatoria no fue una línea simple: estructuras emparentadas pudieron especializarse en flotación, ventilación o ambas funciones, según las presiones ambientales de cada linaje.

Figura. El pulmón faveolar

El pulmón faveolar es una forma de pulmón sacular cuya pared interna no permanece lisa, sino dividida por tabiques que forman pequeñas cámaras llamadas faveolos. Estos compartimentos aumentan la superficie de intercambio gaseoso, permitiendo que el oxígeno pase hacia la sangre y que el dióxido de carbono salga hacia el aire pulmonar. En los anfibios, el pulmón suele ser relativamente simple: funciona como un saco vascularizado con pocas separaciones internas. Por eso, muchos anfibios complementan la ventilación pulmonar con respiración cutánea, siempre que la piel permanezca húmeda.

En los reptiles, el pulmón faveolar suele estar más desarrollado. La imagen muestra un pulmón simple, con pocas divisiones, y un pulmón más tabicado, lleno de faveolos que recuerdan una estructura de colmena. Cada tabique multiplica el área disponible para la difusión de gases sin aumentar demasiado el tamaño externo del órgano. A diferencia de los anfibios, muchos reptiles dependen más del pulmón que de la piel, porque su cuerpo está cubierto por escamas impermeables que reducen la pérdida de agua, pero también limitan el intercambio gaseoso cutáneo.

La tráquea conduce el aire hacia el pulmón, pero el intercambio real ocurre en las paredes húmedas y vascularizadas de los faveolos. Allí los capilares se acercan mucho al aire interno, reduciendo la distancia que deben recorrer las moléculas. Este diseño representa una etapa intermedia entre pulmones muy simples y pulmones altamente subdivididos, como los alvéolos de mamíferos o los parabronquios de aves. En síntesis, el pulmón faveolar mejora la ventilación terrestre al combinar humedad, tabicación interna, vascularización y mayor superficie respiratoria dentro de un órgano protegido del ambiente seco.