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La tabla
periódica se define como una organización sistemática de los elementos
químicos en función de sus propiedades y de su número atómico. Fue
establecida progresivamente por varios autores en años cercanos, entre los que
destacan Johann Döbereiner (1829), con sus tríadas de elementos; Alexandre-Émile
Béguyer de Chancourtois (1862), con su “tornillo telúrico”; y John
Newlands (1864–1865), con su ley de las octavas. Posteriormente, Lothar
Meyer (1864–1869) desarrolló una organización basada en volúmenes atómicos
y propiedades periódicas. Sin embargo, el más influyente fue Dmitri
Mendeleev, quien publicó versiones casi sucesivas de su tabla en 1869
y 1871, consolidando su estructura y su capacidad predictiva.
Esta
cercanía temporal no es casual. En 1860, durante el Congreso de
Karlsruhe, Cannizzaro difundió un método coherente para determinar pesos
atómicos, basado en la reinterpretación de la hipótesis de Avogadro. Fue a
partir de estos valores estandarizados que se construyeron las primeras tablas
periódicas, permitiendo organizar los elementos de manera consistente y
revelar las regularidades que sustentan la química moderna.
Los grupos y la ley periódica
En la tabla periódica, los elementos se
agrupan en familias o grupos, que son las columnas
verticales donde los elementos comparten propiedades químicas
similares debido a que tienen el mismo número de electrones en su capa
más externa. Las familias representativas (también conocidas
como grupos principales) incluyen nombres tradicionales como los alcalinos (grupo
1), los alcalinotérreos (grupo 2), los halógenos (grupo
17) y los gases nobles (grupo 18). En el centro de la tabla se
encuentran los metales de transición, cuyas familias no tienen
nombres tan conocidos, aunque algunas se destacan, como la familia del
hierro (grupo del hierro), la familia del cobre, o la del platino,
cada una con elementos que comparten características particulares como
múltiples estados de oxidación y la formación de compuestos coloridos.
Un caso especial es el de las tierras raras, que
incluyen los lantánidos y los actínidos,
usualmente presentados en dos filas aparte bajo el cuerpo principal de la
tabla. A pesar de su ubicación separada, estos elementos pertenecen a la misma
familia química del escandio, junto con el itrio, debido a
similitudes en su química, especialmente en el estado de oxidación +3. En
cuanto a las formas de nombrar las familias en la tabla periódica,
existen diferentes nomenclaturas: la nomenclatura IUPAC
actual enumera los grupos del 1 al 18; la nomenclatura CAS
(Chemical Abstracts Service), más usada en textos anglosajones antiguos,
usa letras A y B (por ejemplo, grupo IIA para los alcalinotérreos); y la nomenclatura
IUPAC antigua (similar a la CAS en algunas regiones) también combinaba
números romanos con letras A o B. En nuestros materiales se privilegia la nomenclatura
IUPAC moderna, por ser clara, lógica y universalmente aceptada.
Figura
1. [Nombres
de los grupos de la tabla periódica] En la tabla periódica aparecen
sistemas de clasificación como CAS e IUPAC
(antiguo y nuevo), lo que puede generar confusión. Actualmente se recomienda el
sistema IUPAC nuevo por su estandarización, claridad y
aceptación internacional, facilitando la comunicación científica, la enseñanza
y la coherencia terminológica global.
Figura
2. [La
tabla periódica de los elementos químicos] Los grupos de la tabla
periódica, también llamados familias, muestran claras similitudes en
los elementos representativos (grupos 1, 2, 13-18) debido a sus configuraciones
electrónicas externas. En los metales de transición, tierras
raras y elementos pesados, estas semejanzas son menos evidentes por
su complejidad electrónica, aunque persisten patrones y
tendencias que permiten comprender y predecir su comportamiento químico.
Períodos
En la tabla periódica, los períodos son
las filas horizontales que agrupan a los elementos según el
número de capas electrónicas que ocupan. A medida que se
avanza de izquierda a derecha en un período, el número atómico aumenta
progresivamente y los electrones se van incorporando a la misma capa, lo que
genera una serie de cambios graduales en las propiedades físicas y
químicas de los elementos.
Para entender el período,
debemos introducir brevemente el átomo mecánico-cuántico de Bohr.
Por ahora, considérese el átomo nuclear de Rutherford
visto anteriormente, pero con énfasis en las órbitas: los
electrones no se distribuyen al azar, sino que cada órbita está asociada a
niveles de energía electromagnética
distintos (algunos incluso emiten en colores visibles), y cada una puede
almacenar una cantidad limitada de electrones.
Figura 3. [Períodos de la tabla periódica]
Los períodos son filas horizontales que reflejan niveles de energía
electrónicos. Al avanzar, cambian propiedades como electronegatividad y radio
atómico. Incluyen elementos de transición y tierras raras, con configuraciones
complejas. Aunque suelen representarse aparte por estética, pertenecen a los
períodos 6 y 7 y son fundamentales en tecnología, energía nuclear y
aplicaciones industriales modernas.
Por ejemplo, la órbita 1 puede alojar 1
o 2 electrones, pero no más. Cada órbita superior admite
progresivamente una mayor cantidad de electrones. Con esto en mente, los períodos
de la tabla periódica corresponden a estas órbitas principales, numeradas del 1
al 8, cada una con una capacidad finita de electrones.
Más allá de estos niveles, en el caso de elementos como el oganesón,
los núcleos son altamente inestables; sin embargo, se ha
propuesto teóricamente la posible existencia de elementos de un nuevo período
en los próximos años.
La ley periódica
La ley periódica se define como la
repetición regular de las propiedades químicas y físicas de los elementos en
función de su número atómico, organizadas en períodos y grupos que reflejan
configuraciones electrónicas semejantes y tendencias sistemáticas,
y se fundamenta en la estructura electrónica de los elementos descrita mediante
la teoría mecánico-cuántica moderna.
Las
primeras interpretaciones de la tabla periódica se basaron en
agrupaciones como tríadas o tétradas, es decir, conjuntos de
elementos que compartían propiedades químicas semejantes y presentaban
patrones de reactividad similares. Sin embargo, estas clasificaciones
solo permitían identificar familias aisladas, sin una conexión global
entre todos los elementos conocidos.
Con
el descubrimiento de nuevos elementos y el desarrollo de técnicas para
determinar sus pesos atómicos, fue posible organizarlos de manera más
sistemática. Esta organización permitió no solo agrupar elementos con
propiedades similares, sino también predecir la existencia de otros aún
no aislados, como ocurrió con el germanio. Además, se observó que estas
propiedades se repetían de forma cíclica, en intervalos cada vez más
amplios, pero manteniendo patrones basados en números enteros pequeños.
Esta
repetición periódica de las propiedades químicas en función del peso atómico
dio lugar a lo que se conoce como la ley periódica, una de las pocas
leyes de la química que no se expresa directamente mediante una formulación axiomática
o un teorema matemático, sino como una regularidad empírica de gran poder
predictivo.
Metales, no-metales y metaloides
Los metales se definen como
sustancias que tienden a perder electrones, presentan baja
electronegatividad, buena conductividad eléctrica y térmica, y forman cationes
con facilidad, mientras que los no metales se
definen en oposición a ellos como sustancias que tienden
a ganar electrones, poseen alta electronegatividad, son malos conductores y
forman aniones o enlaces covalentes. Entre ambos existen
sustancias ambiguas, como los metaloides,
que presentan propiedades mixtas de conductividad intermedia y comportamiento
tanto metálico como no metálico.
Figura 4. [Metales, no metales y metaloides]
La tabla periódica
clasifica los elementos en metales, no
metales y metaloides. Los metales,
mayoritarios, son conductores, maleables y forman cationes. Los no metales son
malos conductores, frágiles y forman aniones, siendo esenciales en la vida. Los
metaloides presentan propiedades intermedias; destacan como semiconductores,
fundamentales en la electrónica y tecnologías modernas.
La mayoría de los elementos conocidos son metales.
Del hidrógeno se sospecha un posible comportamiento
metálico bajo condiciones extremas de presión, pero obtener su forma sólida
metálica en cantidades apreciables es experimentalmente difícil, por lo que su
naturaleza metálica sigue siendo en gran medida teórica. Los
metales se ubican hacia la izquierda de la tabla periódica,
caracterizados por su baja electronegatividad (elementos electropositivos,
tendientes a perder electrones). La frontera con los no metales se encuentra
hacia la derecha, aunque no es completamente tajante.
Dicha frontera está conformada por los metaloides,
que incluyen elementos como boro, silicio, germanio, arsénico, antimonio y
telurio, extendiéndose aproximadamente hasta el astato.
Siguiendo esta tendencia, se esperaría que el oganesón
presentara comportamiento similar; sin embargo, las cantidades obtenidas han
sido tan pequeñas que su comportamiento como sustancia sigue siendo teórico.
Los elementos situados a la derecha corresponden a los no
metales, altamente electronegativos y tendientes a captar
electrones, con excepción de los gases nobles
del grupo 18 en condiciones normales. Bajo condiciones especiales, estos pueden
formar compuestos, como ocurre con los fluoruros de xenón (XeF₂,
XeF₄, XeF₆) y algunos óxidos, demostrando que incluso estos
elementos pueden participar en reacciones químicas bajo condiciones adecuadas.
Bloques
En la tabla periódica, los elementos también se
agrupan en lo que se conocen como bloques, que son regiones
asociadas al tipo de orbital atómico donde se encuentra el
electrón de mayor energía de cada elemento. Aunque la razón profunda de
estas letras —s, p, d y f— se abordará en detalle en el capítulo
dedicado a la organización electrónica de los elementos, en este
texto introductorio los bloques se presentan como una manera práctica de
entender la estructura general de la tabla y cómo se
distribuyen los elementos en ella.
La idea de orbital emerge de la teoría
atómica mecánico-cuántica, a partir de ecuaciones complejas
como la ecuación de Schrödinger, la función de onda ψ y sus
soluciones asociadas a niveles de energía cuantizados, que no constituyen el
enfoque de nuestro interés. Por ahora, puede entenderse así: los átomos
no son planos, por lo que las órbitas que solemos representar no son
trayectorias rígidas, sino ondas de probabilidad en el
espacio tridimensional.
Figura 5. [Bloques de la tabla periódica]
Los bloques
de la tabla periódica organizan los elementos según su configuración
electrónica. Existen cuatro: s, p, d y f. El bloque s incluye
metales reactivos; el p, no metales y gases nobles; el d, metales de
transición; y el f, lantánidos y actínidos. Esta clasificación explica
tendencias periódicas y relaciona la estructura electrónica con las propiedades
químicas.
Dentro de lo que antes se denominaba una órbita, pueden
existir distintas formas de vibración o distribución
electrónica. A estas variaciones dentro de un mismo nivel principal las
llamamos orbitales. Cada orbital posee
denominaciones como s (esférico), p (bilobular), d (trébol) y f
(más complejos), que describen de manera aproximada sus formas
espaciales. Lo fundamental es que la forma en que los electrones
ocupan estos orbitales determina sus propiedades y su organización
en la tabla periódica.
El bloque s abarca los dos primeros grupos
(alcalinos y alcalinotérreos) más el hidrógeno y el helio, y se encuentra a la
izquierda de la tabla. El bloque p, situado a la derecha, incluye
los grupos del 13 al 18, que contienen tanto no metales como metaloides y
algunos metales. En el centro está el bloque d, correspondiente a
los metales de transición, caracterizados por su variada química y
propiedades metálicas intensas. Finalmente, en la parte inferior —presentados
normalmente en una sección aparte para ahorrar espacio— está el bloque
f, que comprende los lantánidos y actínidos,
también conocidos como tierras raras. Estos bloques no solo
facilitan la ubicación de los elementos, sino que también reflejan patrones
profundos en su comportamiento químico, haciendo que la tabla periódica
funcione no solo como un catálogo, sino como una herramienta de lectura
estructural de la materia.
Propiedades periódicas
Una propiedad periódica es una característica de los elementos químicos que varía de manera regular y predecible a lo largo de la tabla periódica, siguiendo patrones definidos por su posición. Estas
propiedades cambian de forma sistemática cuando se avanza de izquierda a
derecha en un período o de arriba hacia abajo en un grupo. Ejemplos comunes
incluyen el radio atómico, la energía de ionización, la electronegatividad y la afinidad electrónica. Se llaman “periódicas” porque estas variaciones
se repiten de forma cíclica, reflejando la estructura interna de los átomos y
la manera en que se organizan sus electrones.
Figura
6. [Clave de una tabla periódica]
La clave de la tabla periódica explica los parámetros
del elemento, como número atómico, masa, configuración electrónica y
propiedades físicas. Muchas magnitudes aparecen sin unidades
por convención (g/mol, u). Su importancia varía según el nivel: en cursos
básicos destacan número atómico y masa; en avanzados, electronegatividad y
estados de oxidación.
1. Número
atómico: El número atómico Z puede
interpretarse de diversas formas, pero la más coherente es como el número de protones,
y por ende es un escalar absoluto, siempre positivo y adimensional.
El número de protones determina la identidad de un átomo como elemento
y, en consecuencia, sus propiedades químicas generales. Este número crece de
forma cuantizada, de 1 en 1, de izquierda a derecha y de
arriba hacia abajo en la tabla periódica, por lo que el hidrógeno
en la esquina superior izquierda tiene Z = 1 y el oganesón
en la esquina inferior derecha Z = 118, el mayor conocido. Actualmente,
científicos investigan la posible existencia de elementos más pesados,
como los de Z = 119 y Z = 120, aún no confirmados experimentalmente.
2. Peso
atómico: También denominado masa atómica,
en realidad hace referencia a la masa molar de
un elemento promedio, siendo a su vez la suma de las fracciones
isotópicas por las masas molares de los núcleos para una
muestra estándar de la corteza terrestre. Por ende, su
parámetro será M y sus
unidades de medida el dalton o unidad de masa atómica
unificada, que representaremos en este curso como u, equivalente al antiguo uma e igual a g/mol.
3. Electronegatividad
y asociados: La electronegatividad es la
tendencia de un núcleo a atraer electrones, propios o ajenos.
Este parámetro aumenta de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha en la
tabla periódica, por lo que el elemento con menor electronegatividad es el francio
y el de mayor es el flúor. Su parámetro asociado es
χ (chi), aunque rara vez se emplea de forma
cuantitativa en este curso; sin embargo, es fundamental en un sentido cualitativo,
ya que permite predecir la naturaleza de muchas sustancias, como su carácter molecular
o iónico.
Figura 7. [Tendencias
periódicas] Las tendencias
periódicas describen variaciones de propiedades como radio
atómico, energía de ionización, afinidad electrónica y carácter metálico. El
radio aumenta hacia abajo e izquierda; las otras dos hacia arriba y derecha. El
carácter metálico crece abajo-izquierda y el no metálico arriba-derecha. Estos
patrones reflejan la estructura electrónica y
explican el comportamiento químico de los elementos.
Existen diversas escalas, entre ellas la de Pauling,
que es la más común en tablas periódicas, pero dado su uso cualitativo, no
serán relevantes aquí. Lo importante es que este parámetro resume o influye en
otros. Por ejemplo, el potencial de ionización,
definido como la energía necesaria para remover un electrón de un átomo en fase
gaseosa, tiende a ser alto en elementos muy
electronegativos. Del mismo modo, el radio atómico,
definido como la mitad de la distancia entre los núcleos de dos átomos
enlazados, y el volumen atómico, definido como
el espacio ocupado por un átomo en condiciones estándar, dependen de la
distancia entre el electrón y el núcleo. Átomos muy electronegativos atraen sus
electrones con mayor fuerza, por lo que sus radios y volúmenes tienden a ser menores.
La afinidad electrónica, definida
como la energía liberada cuando un átomo neutro en fase gaseosa capta un
electrón, también se relaciona con la electronegatividad, ya que elementos con
alta afinidad electrónica suelen ser altamente electronegativos. En general,
aunque la electronegatividad ha sido cuestionada por filósofos de la química
debido a que no es una magnitud directamente medible sino
derivada de modelos, sigue siendo un parámetro muy útil, ya que permite
predecir otras propiedades y el comportamiento de las sustancias,
convirtiéndola en una de las magnitudes más versátiles en
química.
3. Estado
de oxidación: Definiremos el estado de oxidación
como el sentido de la carga eléctrica relativa de un
átomo . En una molécula neutra, los átomos pueden o no
manifestar estados de oxidación y, cuando lo hacen, la suma ponderada
de todos los estados de oxidación debe ser cero, pues si la molécula es neutra,
se conserva la carga positiva y negativa. Esta es una forma particular de la ley
de conservación de la carga.
Sin embargo, no todas las moléculas son neutras. Cuando una
especie presenta un exceso de carga en cualquiera de los dos sentidos, positivo
o negativo, se denomina ión poliatómico. Las cargas
eléctricas deben indicarse explícitamente a la derecha como superíndice,
y se escriben en orden inverso al algebraico, es decir, primero el valor y
luego el signo; excepto en cargas unitarias, donde se coloca solo el signo (SO42-).
Al igual que ocurre con los pesos atómicos,
se da la impresión de que no poseen unidades de medida; sin embargo, en
realidad sus unidades corresponden a la carga elemental
(e), donde 1 e
= 1.602 × 10⁻¹⁹ C
por entidad o, en escala macroscópica, F ≈ 96485 C/mol.
Como se mencionó, el estado
de oxidación es el sentido de una carga; al ser un escalar con signo, sus valores
oscilan alrededor de un punto de referencia cero, que corresponde al elemento en su estado de
referencia. Esta referencia suele ser para los metales, su forma metálica; para
gases su forma elemental como hidrógeno
(H₂) y oxígeno
(O₂, O3), en general cualquier
alótropo elemental está en estado cero como octaazufre
(S8). Los gases
nobles monoatómicos también están en estado de referencia,
siendo este el cero perfecto.
Dado que todos los átomos
presentan estado de oxidación cero en su sustancia elemental, este valor no se
indica en las tablas periódicas,
lo que genera la paradoja de ser el estado más común, pero el más olvidado en
la enseñanza. A partir de este, los elementos pueden ganar o perder electrones: si ganan, sus
estados toman valores negativos;
si pierden electrones, toman valores positivos.
Los átomos suelen presentar estados de oxidación preferentes,
que dependen de sus propiedades intrínsecas, pero son variables, y estos son
los que se resumen en la tabla. Por ejemplo, para el nitrógeno se reportan 2, ±3, 4, 5. Aquí el ± afecta
solo al 3, por lo que los estados más comunes son −3, 0, +2, +3, +4, +5.
Tenga en cuenta que ser comunes y aparecer en la tabla no
implica que sean los únicos. Algunos estados no son fácilmente predecibles con
las teorías escolares, como el cloro
+4, que según configuraciones electrónicas simples debería
presentar solo estados impares; sin embargo, existen sustancias con este
estado. Por ello, los estados de oxidación no deben entenderse como
predicciones teóricas estrictas, sino como registros experimentales de su existencia, siendo
algunos más frecuentes y tabulados, y otros menos comunes, pero igualmente
reales.
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