La paleontología es la ciencia que estudia los fósiles
para reconstruir la historia de la vida en la Tierra, comprender cómo
fueron los organismos del pasado, cómo evolucionaron y cómo interactuaron con
los ambientes antiguos. A partir del análisis de restos corporales, huellas,
rastros y otras evidencias de actividad biológica, la paleontología permite
entender procesos fundamentales como la evolución, la extinción,
los cambios climáticos del pasado y la transformación de los ecosistemas
a lo largo del tiempo geológico. No se limita a describir huesos antiguos, sino
que integra conocimientos de la biología, la geología, la química y la física
para interpretar un registro incompleto pero invaluable.
Aunque los seres humanos han encontrado fósiles desde la
antigüedad, durante mucho tiempo no fueron reconocidos como restos de seres
vivos reales. Solo a partir de los siglos XVII y XVIII, con el
desarrollo del pensamiento científico moderno, comenzó a consolidarse la idea
de que los fósiles eran evidencias de organismos que habían vivido en el pasado
y que ya no existían. Antes de eso, estos hallazgos se interpretaban según
marcos de pensamiento mágicos, mitológicos o religiosos, ya que no
existía una comprensión clara del tiempo profundo ni de la extinción biológica.
Por ejemplo, en la Antigua Grecia, grandes huesos
encontrados en la tierra —hoy sabemos que pertenecían a mamuts u otros animales
de la megafauna— eran interpretados como restos de héroes legendarios,
gigantes o cíclopes. En otras culturas, los fósiles fueron considerados objetos
sagrados, señales divinas o incluso criaturas petrificadas por
castigos sobrenaturales. Estas interpretaciones no eran fruto de
ignorancia, sino de los límites del conocimiento de su época. La paleontología
surge precisamente cuando la humanidad comienza a abandonar explicaciones
míticas y a construir interpretaciones basadas en evidencia, observación
y razonamiento, mostrando cómo la ciencia transforma nuestra manera de
entender el mundo natural y nuestro propio lugar en él.
Pensamiento científico vs pensamiento mítico
El filósofo Heráclito de Éfeso, que vivió en la Grecia
antigua alrededor del siglo VI a. C., planteó una idea profunda y todavía
vigente: no podemos comprender algo de forma aislada, sino solo en relación
u oposición con otros conceptos cercanos. Para Heráclito, la realidad se
entiende a través de los contrarios: no podemos definir el día
sin la noche, ni el reposo sin el movimiento, ni el orden
sin el cambio. El sentido de cada cosa emerge de su contraste con
aquello que no es.
De manera similar, para poder definir con claridad el pensamiento
científico, es necesario hacerlo en contraposición a otros tipos de
pensamiento. El pensamiento científico se distingue del pensamiento mítico,
que explica el mundo mediante relatos simbólicos; del pensamiento religioso,
que se apoya en la fe y la revelación; y del pensamiento mágico, que
atribuye causalidad a fuerzas sobrenaturales sin verificación. A diferencia de
estos, la ciencia se basa en la observación, la evidencia, la experimentación
y la revisión constante de sus propias ideas.
Así como no hay día sin noche, no hay ciencia sin
contraste. Comprender qué es la ciencia implica reconocer qué no es: no es
dogma, no es autoridad incuestionable y no es verdad eterna. El pensamiento
científico existe precisamente porque se somete a la duda, al error y a la
corrección. En ese sentido, la ciencia no solo es un método para conocer la
naturaleza, sino también una forma de pensamiento que acepta el cambio como
parte esencial del conocimiento.
Padre de la ciencia
Todo concepto o
invención importante tiene muchos padres. A lo largo de la historia de la
ciencia solemos asociar grandes ideas a nombres individuales como Isaac
Newton, Galileo Galilei o Johannes Kepler, pero esa costumbre
es, en parte, una simplificación. Ninguna idea surge de la nada ni pertenece
por completo a una sola persona: el conocimiento científico es acumulativo,
colectivo y profundamente histórico. Cada autor se apoya en observaciones,
debates y errores previos, y a su vez deja un punto de partida para quienes
vendrán después.
Si retrocedemos aún más, el pensamiento científico
naturalista —la idea de que la naturaleza puede explicarse a sí misma
por causas naturales, sin recurrir a dioses o fuerzas sobrenaturales—
suele rastrearse hasta el filósofo jónico Tales de Mileto. Tales vivió
en Mileto, una próspera ciudad de mercaderes de cultura griega, situada
en lo que hoy es Turquía. Ese contexto comercial y cosmopolita fue
clave: allí circulaban ideas, mapas, relatos de otros pueblos y observaciones
prácticas sobre astronomía, geometría y navegación. Tales propuso que los
fenómenos del mundo podían entenderse mediante principios racionales, no
como caprichos de los dioses.
Es muy probable que en muchas civilizaciones hayan existido
sabios que pensaron de forma similar y que incluso cuestionaron las
explicaciones míticas dominantes. Sin embargo, de Tales tenemos algo
excepcional: registro histórico, reconocimiento posterior y una
influencia duradera. No fue ejecutado por sus ideas ni borrado de la memoria
colectiva, y sus planteamientos fueron considerados lo suficientemente
importantes como para ser conservados y discutidos. Por eso no se le recuerda
como “el primer científico” en sentido moderno, sino como uno de los primeros
pensadores que se atrevieron a explicar la naturaleza desde la razón,
inaugurando una tradición intelectual que, siglos después, daría forma a la
ciencia tal como la entendemos hoy.
Filosofía del pensamiento científico
El pensamiento naturalista puede entenderse como una
tradición amplia que, a su vez, se divide en dos grandes ramificaciones:
el naturalismo metodológico y el naturalismo ontológico. Aunque
suelen confundirse, no son lo mismo y cumplen funciones muy distintas dentro
del conocimiento científico y filosófico. Distinguirlos es clave para
comprender qué hace —y qué no hace— la ciencia cuando estudia la naturaleza.
Por naturalismo metodológico se entiende una regla
de trabajo, no una creencia personal. Significa que, cuando un investigador
estudia un fenómeno natural —el movimiento de un planeta, una reacción química,
la evolución de una especie o la formación de un fósil—, solo utiliza causas
naturales comprobables. Esto es independiente de que el científico crea o
no en un dios, varios dioses o ninguno. Simplemente, no recurre a
explicaciones sobrenaturales dentro del análisis científico, porque estas
no pueden ponerse a prueba, medirse ni refutarse. El naturalismo metodológico
no afirma qué es verdadero en último término; solo establece cómo investigar
para producir conocimiento confiable y compartible.
El naturalismo ontológico, en cambio, es una posición
filosófica sobre la realidad misma. La palabra ontología proviene
del griego ón (lo que es) y lógos (estudio), y se refiere al
estudio de qué existe realmente, cuáles son las verdades últimas,
fundamentales o universales. Desde esta perspectiva, el naturalismo ontológico
sostiene que la naturaleza —el universo físico— es todo lo que existe, y
que no hay realidades sobrenaturales más allá de ella. En ese sentido, es una
forma de ateísmo filosófico, aunque no la única posible, ya que existen
ateísmos basados en razones éticas, existenciales o culturales.
Bajo este contexto, es fundamental aclarar una confusión
común: usar la metodología científica no te convierte automáticamente en
ateo. La ciencia exige naturalismo metodológico para funcionar, pero no
obliga a adoptar el naturalismo ontológico. Lo único que sí requiere es
algo muy preciso: no apelar a dioses, milagros o fuerzas sobrenaturales para
explicar fenómenos naturales. Esa frontera es la que permite que la ciencia
sea universal, discutible y corregible, independientemente de las creencias
personales de quienes la practican.
Siguiendo la idea del contraste, es importante
aclarar que la posición opuesta al naturalismo no se denomina
simplemente “religión”, sino idealismo. El idealismo sostiene que la realidad
última no se reduce únicamente a la naturaleza material, sino que incluye mentes,
ideas, principios espirituales, dioses u otras dimensiones
metafísicas que no dependen de la materia para existir. Desde esta
perspectiva, lo fundamental no es solo lo que puede medirse u observarse, sino
aquello que se considera más real o más valioso que el mundo físico.
Dentro del idealismo existe una diversidad enorme de
posturas, y aquí es donde se ubican prácticamente todas las religiones
conocidas. Algunas están fuertemente centradas en la relación con dioses que
exigen rituales estrictos, sacrificios o normas muy precisas, como ocurrió en
ciertas religiones antiguas, por ejemplo en el mundo azteca, donde los
sacrificios humanos se entendían como necesarios para sostener el orden del
cosmos. Otras tradiciones, en cambio, se alejan de la idea de dioses
personales. Un caso claro es el budismo, que puede considerarse una
forma de idealismo no teísta, donde la adoración divina es secundaria o
irrelevante y el énfasis está en el crecimiento espiritual, la
superación del sufrimiento y el desapego de los deseos personales.
Por esta razón, es fundamental establecer un marco claro: al
tratarse de un curso de ciencias naturales, se adoptará a priori el
naturalismo metodológico. Esto significa que todas las explicaciones
trabajadas aquí se basarán exclusivamente en causas naturales,
observables y verificables. Las demás formas de pensamiento —filosóficas,
religiosas o espirituales— no son negadas ni desvalorizadas, pero no forman
parte del método científico. Su estudio corresponde a espacios distintos,
como los cursos de filosofía, religión, o al ámbito personal y
familiar de cada estudiante, respetando plenamente todas las creencias
individuales.
Roces entre el pensamiento naturalista e idealista
Durante la mayor parte de la historia humana, las
ciudades y los Estados estuvieron profundamente dominados por formas
particulares de idealismo religioso. La identidad política de una comunidad
solía confundirse con su identidad sagrada: la ciudad era, al mismo tiempo, un
espacio urbano y la manifestación de un orden divino. Así, los asirios
entendían su capital, Assur, como la encarnación terrenal del dios Ashur,
mientras que en Grecia la ciudad de Atenas se consideraba bajo la
protección directa de la diosa Atenea. En este contexto, cuestionar a
los dioses equivalía a cuestionar el orden social y político, y podía
conducir a la muerte bajo cargos que recibieron distintos nombres a lo largo
del tiempo: impiedad, herejía o blasfemia.
Un ejemplo clásico es la condena de Sócrates, acusado
de no respetar a los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud. Siglos
más tarde, Hipatia de Alejandría fue asesinada en un contexto de
violencia religiosa y política, cuando el pensamiento filosófico comenzó a ser
visto como una amenaza. Más adelante, ya en la Europa moderna, Giordano
Bruno fue ejecutado por sostener ideas cosmológicas incompatibles con la
doctrina dominante. Estos casos ilustran cómo, durante largos períodos, el
pensamiento racional o naturalista podía ser percibido como un peligro para el
orden idealista-religioso establecido.
Sin embargo, la relación entre ambos tipos de pensamiento no
fue siempre hostil. En algunos momentos resultó incluso mutuamente
beneficiosa. En el mundo islámico medieval, por ejemplo, la escuela mutazilí
defendió el uso de la razón para interpretar la fe y promovió el estudio
de la filosofía griega, las matemáticas y las ciencias naturales. Gracias a
ello, se preservaron y ampliaron conocimientos que más tarde llegarían a
Europa. No obstante, esta corriente perdió influencia hacia los siglos X–XI,
cuando sectores más ascéticos y literalistas ganaron poder. El
cristianismo occidental siguió un camino en cierto modo inverso: tras siglos de
persecución, la Iglesia se convirtió en una institución dominante que, con
todas sus contradicciones, también fomentó el saber mediante
universidades y estudios naturales. El caso de Galileo Galilei muestra
bien esa ambigüedad: recibió apoyos iniciales dentro de la Iglesia, pero fue
condenado cuando sus conclusiones chocaron con interpretaciones teológicas
establecidas. Esta historia revela que la tensión entre idealismo y pensamiento
naturalista ha sido compleja, cambiante y profundamente ligada al poder y a la
cultura de cada época.
Retornando a los fósiles
Retomando el tema de
los fósiles, fue a partir de los siglos XVII y XVIII cuando
comenzaron a ser interpretados de manera sistemática bajo un enfoque
naturalista. Hasta entonces, muchos restos fósiles habían sido vistos como
curiosidades, objetos simbólicos o anomalías sin un lugar claro en la
comprensión del mundo. Con el surgimiento de la ciencia moderna, algunos
pensadores comenzaron a proponer que esos restos no eran caprichos de la
naturaleza ni señales sobrenaturales, sino evidencias materiales de
organismos que habían vivido en el pasado. Este cambio implicó aceptar algo
radical para la época: que la Tierra tenía una historia profunda y que
la vida había cambiado a lo largo del tiempo.
En ese contexto destacaron figuras como Nicolas Steno,
quien sentó las bases de la estratigrafía, y más tarde Georges Cuvier,
pionero en la anatomía comparada y en el reconocimiento de la extinción
como un fenómeno real. Estos científicos no solo describieron fósiles, sino que
comenzaron a compararlos sistemáticamente con animales vivos y a
reconstruir esqueletos completos. El objetivo era claro: lograr la mejor
aproximación posible a cómo habían sido esos organismos, aun sabiendo que
las evidencias eran fragmentarias.
Naturalmente, los primeros intentos no siempre fueron
correctos. El caso del Iguanodon es emblemático: inicialmente fue
reconstruido con una postura y rasgos muy distintos a los que hoy conocemos.
Sin embargo, este tipo de errores no representó un fracaso, sino una fortaleza
del pensamiento científico. La clave no era acertar a la primera, sino aceptar
la posibilidad de corrección, revisar hipótesis y mejorar las
reconstrucciones a medida que aparecían nuevos fósiles y métodos más precisos.
Pese a estos avances, la interpretación naturalista de los
fósiles encontró una fuerte resistencia ideológica. Algunos pensadores
siguieron defendiendo que los fósiles eran restos de gigantes antediluvianos,
demonios petrificados o criaturas destruidas por el Diluvio bíblico.
Estas ideas persistieron porque encajaban mejor con visiones religiosas
tradicionales y porque la noción de extinción y cambio profundo resultaba
inquietante. La hostilidad se intensificó cuando los fósiles comenzaron a
sugerir no solo un pasado distinto, sino una secuencia ordenada de
transformaciones biológicas.
El conflicto alcanzó un punto decisivo en 1858,
cuando Charles Darwin y Alfred Russel Wallace presentaron la
teoría de la selección natural, y se consolidó al año siguiente con la
publicación de Sobre el Origen de las Especies. Desde entonces, los
fósiles dejaron de ser simples restos curiosos: pasaron a entenderse como evidencias
clave de una historia evolutiva continua, conectando de manera natural a
los organismos del pasado con los del presente. El registro fósil se transformó
así en uno de los pilares de la biología moderna y en una prueba contundente de
que la ciencia avanza integrando evidencia, corrigiéndose a sí misma y
ampliando constantemente nuestra comprensión del mundo natural.
La modernidad naturalista
El pensamiento científico naturalista comenzó a
consolidarse con especial fuerza después de la Revolución Francesa, no
solo por razones intelectuales, sino por profundos cambios políticos,
sociales e institucionales. La ruptura con el orden monárquico y religioso
tradicional debilitó la autoridad de explicaciones basadas en la revelación y
abrió espacio para un conocimiento fundado en la razón, la observación y la
utilidad práctica. Sin embargo, este proceso no estuvo libre de
imposiciones ideológicas: en la Francia revolucionaria se produjo una descristianización
forzada, con saqueos, expulsiones del clero y persecuciones religiosas. El
naturalismo no avanzó únicamente como una propuesta racional, sino también como
una herramienta de poder, ligada a un nuevo proyecto político.
En cualquier caso, el pensamiento naturalista no se volvió
dominante por su elegancia filosófica. De hecho, muchos filósofos han
señalado que el naturalismo no se sostiene a sí mismo como sistema
filosófico completo, ya que suele caer en problemas de circularidad:
usa la ciencia para justificar la ciencia. Pero esa debilidad teórica fue
irrelevante frente a su eficacia práctica. El pensamiento naturalista
demostró una capacidad sin precedentes para ordenar, modificar e intervenir
la realidad, produciendo tecnologías, infraestructuras, armamento, medicina
y sistemas productivos que transformaron el mundo material.
Esa capacidad de transformación otorgó a los Estados
modernos e imperios coloniales ventajas estratégicas decisivas. La ciencia
aplicada permitió dominar territorios, controlar poblaciones, explotar recursos
y ganar guerras. En este sentido, el prestigio del pensamiento naturalista no
proviene de su verdad metafísica, sino de su poder operativo. Es un
poder “duro”: funciona, produce resultados, impone consecuencias. Puede ser
usado para mejorar la vida humana o para destruirla, pero en ambos casos es
real y verificable.
La imagen más contundente de ese poder no es un laboratorio
ni un libro, sino el hongo nuclear. Podemos debatir si es moralmente
condenable o estratégicamente necesario, pero no podemos discutir que es un producto
directo del pensamiento científico naturalista. Es evidencia material de
que la ciencia no es solo un discurso, sino una fuerza capaz de alterar la
historia, la geopolítica y la propia posibilidad de supervivencia humana.
Por esta razón, el pensamiento naturalista se impuso durante
todo el siglo XX y continúa dominando el siglo XXI, que ya ha
superado su primer cuarto. No porque convenza a todos filosóficamente, sino
porque funciona, porque transforma el mundo y porque ningún otro sistema
de pensamiento ha demostrado una capacidad comparable para intervenir la
realidad. Así es la ciencia moderna: no promete sentido último, pero ofrece poder
efectivo, y ese hecho —para bien o para mal— ha marcado nuestro tiempo.
La época de la postverdad y las guerras culturales
Sin embargo, con el advenimiento de esta nueva época también
surge un riesgo profundo: que al Occidente tecnológico le ocurra
algo similar a lo que le sucedió al mundo islámico medieval cuando, tras
siglos de prosperidad intelectual impulsada por corrientes racionalistas como
el mutazilismo, ese impulso fue finalmente asfixiado por movimientos
antiintelectuales. Durante un tiempo, el pensamiento racional favoreció el
desarrollo de la ciencia, la medicina, las matemáticas y la tecnología; pero
cuando perdió legitimidad social y política, el avance se detuvo. La historia
muestra que el progreso científico no es irreversible.
Hoy existen síntomas claros de un proceso semejante
en Occidente. En países como Estados Unidos se habla ya de la era de la
posverdad, donde los discursos no se imponen por su racionalidad o
evidencia, sino por su capacidad de conmover emocionalmente, de
generar miedo, identidad o resentimiento. En este contexto, la verdad empírica
compite en desventaja frente a narrativas simples, contundentes y
emocionalmente atractivas, capaces de movilizar masas sin apelar al pensamiento
crítico.
A esto se suma el crecimiento de diversas formas de negacionismo
científico. Aunque parecen fenómenos aislados, comparten patrones comunes:
la negación del vínculo entre el tabaco y el cáncer, del cambio climático
causado por la quema de combustibles fósiles, del VIH como causa del
sida o de la evolución biológica. Estas corrientes suelen apoyarse en
estrategias similares: desinformación sistemática, uso selectivo de datos,
creación de falsas controversias, fuerte lobby político y apelación a
intuiciones profundamente humanas, como la desconfianza hacia lo complejo o lo
contraintuitivo.
Este fenómeno no es casual. Durante más del 90 % de la
historia humana, nuestras sociedades estuvieron guiadas por pensamiento
mágico, mítico o religioso, no por ciencia. La mente humana no está
“naturalmente” predispuesta para el razonamiento científico: este debe aprenderse,
entrenarse y sostenerse culturalmente. Cuando las instituciones educativas,
políticas o mediáticas fallan, el pensamiento no científico reaparece con
fuerza.
Por eso, como futuros ciudadanos científicamente
informados, es fundamental que ustedes desarrollen pensamiento crítico,
capacidad para evaluar evidencias, distinguir hechos de opiniones y reconocer
sesgos emocionales. La ciencia no exige fe, pero sí disciplina intelectual.
Defenderla no significa renunciar a la libertad de pensamiento o religión, sino
precisamente protegerla, porque una sociedad que abandona la razón
termina tomando decisiones no libres, sino manipuladas. El futuro no depende
solo del conocimiento que produzcamos, sino de nuestra disposición a
comprenderlo, cuestionarlo y usarlo con responsabilidad.
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