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martes, 3 de febrero de 2026

De los fósiles a la posverdad: ciencia, naturalismo y el largo conflicto entre razón, mito y poder

La paleontología es la ciencia que estudia los fósiles para reconstruir la historia de la vida en la Tierra, comprender cómo fueron los organismos del pasado, cómo evolucionaron y cómo interactuaron con los ambientes antiguos. A partir del análisis de restos corporales, huellas, rastros y otras evidencias de actividad biológica, la paleontología permite entender procesos fundamentales como la evolución, la extinción, los cambios climáticos del pasado y la transformación de los ecosistemas a lo largo del tiempo geológico. No se limita a describir huesos antiguos, sino que integra conocimientos de la biología, la geología, la química y la física para interpretar un registro incompleto pero invaluable.

Aunque los seres humanos han encontrado fósiles desde la antigüedad, durante mucho tiempo no fueron reconocidos como restos de seres vivos reales. Solo a partir de los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo del pensamiento científico moderno, comenzó a consolidarse la idea de que los fósiles eran evidencias de organismos que habían vivido en el pasado y que ya no existían. Antes de eso, estos hallazgos se interpretaban según marcos de pensamiento mágicos, mitológicos o religiosos, ya que no existía una comprensión clara del tiempo profundo ni de la extinción biológica.

Por ejemplo, en la Antigua Grecia, grandes huesos encontrados en la tierra —hoy sabemos que pertenecían a mamuts u otros animales de la megafauna— eran interpretados como restos de héroes legendarios, gigantes o cíclopes. En otras culturas, los fósiles fueron considerados objetos sagrados, señales divinas o incluso criaturas petrificadas por castigos sobrenaturales. Estas interpretaciones no eran fruto de ignorancia, sino de los límites del conocimiento de su época. La paleontología surge precisamente cuando la humanidad comienza a abandonar explicaciones míticas y a construir interpretaciones basadas en evidencia, observación y razonamiento, mostrando cómo la ciencia transforma nuestra manera de entender el mundo natural y nuestro propio lugar en él.

Pensamiento científico vs pensamiento mítico

El filósofo Heráclito de Éfeso, que vivió en la Grecia antigua alrededor del siglo VI a. C., planteó una idea profunda y todavía vigente: no podemos comprender algo de forma aislada, sino solo en relación u oposición con otros conceptos cercanos. Para Heráclito, la realidad se entiende a través de los contrarios: no podemos definir el día sin la noche, ni el reposo sin el movimiento, ni el orden sin el cambio. El sentido de cada cosa emerge de su contraste con aquello que no es.

De manera similar, para poder definir con claridad el pensamiento científico, es necesario hacerlo en contraposición a otros tipos de pensamiento. El pensamiento científico se distingue del pensamiento mítico, que explica el mundo mediante relatos simbólicos; del pensamiento religioso, que se apoya en la fe y la revelación; y del pensamiento mágico, que atribuye causalidad a fuerzas sobrenaturales sin verificación. A diferencia de estos, la ciencia se basa en la observación, la evidencia, la experimentación y la revisión constante de sus propias ideas.

Así como no hay día sin noche, no hay ciencia sin contraste. Comprender qué es la ciencia implica reconocer qué no es: no es dogma, no es autoridad incuestionable y no es verdad eterna. El pensamiento científico existe precisamente porque se somete a la duda, al error y a la corrección. En ese sentido, la ciencia no solo es un método para conocer la naturaleza, sino también una forma de pensamiento que acepta el cambio como parte esencial del conocimiento.

Padre de la ciencia

 Todo concepto o invención importante tiene muchos padres. A lo largo de la historia de la ciencia solemos asociar grandes ideas a nombres individuales como Isaac Newton, Galileo Galilei o Johannes Kepler, pero esa costumbre es, en parte, una simplificación. Ninguna idea surge de la nada ni pertenece por completo a una sola persona: el conocimiento científico es acumulativo, colectivo y profundamente histórico. Cada autor se apoya en observaciones, debates y errores previos, y a su vez deja un punto de partida para quienes vendrán después.

Si retrocedemos aún más, el pensamiento científico naturalista —la idea de que la naturaleza puede explicarse a sí misma por causas naturales, sin recurrir a dioses o fuerzas sobrenaturales— suele rastrearse hasta el filósofo jónico Tales de Mileto. Tales vivió en Mileto, una próspera ciudad de mercaderes de cultura griega, situada en lo que hoy es Turquía. Ese contexto comercial y cosmopolita fue clave: allí circulaban ideas, mapas, relatos de otros pueblos y observaciones prácticas sobre astronomía, geometría y navegación. Tales propuso que los fenómenos del mundo podían entenderse mediante principios racionales, no como caprichos de los dioses.

Es muy probable que en muchas civilizaciones hayan existido sabios que pensaron de forma similar y que incluso cuestionaron las explicaciones míticas dominantes. Sin embargo, de Tales tenemos algo excepcional: registro histórico, reconocimiento posterior y una influencia duradera. No fue ejecutado por sus ideas ni borrado de la memoria colectiva, y sus planteamientos fueron considerados lo suficientemente importantes como para ser conservados y discutidos. Por eso no se le recuerda como “el primer científico” en sentido moderno, sino como uno de los primeros pensadores que se atrevieron a explicar la naturaleza desde la razón, inaugurando una tradición intelectual que, siglos después, daría forma a la ciencia tal como la entendemos hoy.

Filosofía del pensamiento científico

El pensamiento naturalista puede entenderse como una tradición amplia que, a su vez, se divide en dos grandes ramificaciones: el naturalismo metodológico y el naturalismo ontológico. Aunque suelen confundirse, no son lo mismo y cumplen funciones muy distintas dentro del conocimiento científico y filosófico. Distinguirlos es clave para comprender qué hace —y qué no hace— la ciencia cuando estudia la naturaleza.

Por naturalismo metodológico se entiende una regla de trabajo, no una creencia personal. Significa que, cuando un investigador estudia un fenómeno natural —el movimiento de un planeta, una reacción química, la evolución de una especie o la formación de un fósil—, solo utiliza causas naturales comprobables. Esto es independiente de que el científico crea o no en un dios, varios dioses o ninguno. Simplemente, no recurre a explicaciones sobrenaturales dentro del análisis científico, porque estas no pueden ponerse a prueba, medirse ni refutarse. El naturalismo metodológico no afirma qué es verdadero en último término; solo establece cómo investigar para producir conocimiento confiable y compartible.

El naturalismo ontológico, en cambio, es una posición filosófica sobre la realidad misma. La palabra ontología proviene del griego ón (lo que es) y lógos (estudio), y se refiere al estudio de qué existe realmente, cuáles son las verdades últimas, fundamentales o universales. Desde esta perspectiva, el naturalismo ontológico sostiene que la naturaleza —el universo físico— es todo lo que existe, y que no hay realidades sobrenaturales más allá de ella. En ese sentido, es una forma de ateísmo filosófico, aunque no la única posible, ya que existen ateísmos basados en razones éticas, existenciales o culturales.

Bajo este contexto, es fundamental aclarar una confusión común: usar la metodología científica no te convierte automáticamente en ateo. La ciencia exige naturalismo metodológico para funcionar, pero no obliga a adoptar el naturalismo ontológico. Lo único que sí requiere es algo muy preciso: no apelar a dioses, milagros o fuerzas sobrenaturales para explicar fenómenos naturales. Esa frontera es la que permite que la ciencia sea universal, discutible y corregible, independientemente de las creencias personales de quienes la practican.

Siguiendo la idea del contraste, es importante aclarar que la posición opuesta al naturalismo no se denomina simplemente “religión”, sino idealismo. El idealismo sostiene que la realidad última no se reduce únicamente a la naturaleza material, sino que incluye mentes, ideas, principios espirituales, dioses u otras dimensiones metafísicas que no dependen de la materia para existir. Desde esta perspectiva, lo fundamental no es solo lo que puede medirse u observarse, sino aquello que se considera más real o más valioso que el mundo físico.

Dentro del idealismo existe una diversidad enorme de posturas, y aquí es donde se ubican prácticamente todas las religiones conocidas. Algunas están fuertemente centradas en la relación con dioses que exigen rituales estrictos, sacrificios o normas muy precisas, como ocurrió en ciertas religiones antiguas, por ejemplo en el mundo azteca, donde los sacrificios humanos se entendían como necesarios para sostener el orden del cosmos. Otras tradiciones, en cambio, se alejan de la idea de dioses personales. Un caso claro es el budismo, que puede considerarse una forma de idealismo no teísta, donde la adoración divina es secundaria o irrelevante y el énfasis está en el crecimiento espiritual, la superación del sufrimiento y el desapego de los deseos personales.

Por esta razón, es fundamental establecer un marco claro: al tratarse de un curso de ciencias naturales, se adoptará a priori el naturalismo metodológico. Esto significa que todas las explicaciones trabajadas aquí se basarán exclusivamente en causas naturales, observables y verificables. Las demás formas de pensamiento —filosóficas, religiosas o espirituales— no son negadas ni desvalorizadas, pero no forman parte del método científico. Su estudio corresponde a espacios distintos, como los cursos de filosofía, religión, o al ámbito personal y familiar de cada estudiante, respetando plenamente todas las creencias individuales.

Roces entre el pensamiento naturalista e idealista

Durante la mayor parte de la historia humana, las ciudades y los Estados estuvieron profundamente dominados por formas particulares de idealismo religioso. La identidad política de una comunidad solía confundirse con su identidad sagrada: la ciudad era, al mismo tiempo, un espacio urbano y la manifestación de un orden divino. Así, los asirios entendían su capital, Assur, como la encarnación terrenal del dios Ashur, mientras que en Grecia la ciudad de Atenas se consideraba bajo la protección directa de la diosa Atenea. En este contexto, cuestionar a los dioses equivalía a cuestionar el orden social y político, y podía conducir a la muerte bajo cargos que recibieron distintos nombres a lo largo del tiempo: impiedad, herejía o blasfemia.

Un ejemplo clásico es la condena de Sócrates, acusado de no respetar a los dioses de la ciudad y de corromper a la juventud. Siglos más tarde, Hipatia de Alejandría fue asesinada en un contexto de violencia religiosa y política, cuando el pensamiento filosófico comenzó a ser visto como una amenaza. Más adelante, ya en la Europa moderna, Giordano Bruno fue ejecutado por sostener ideas cosmológicas incompatibles con la doctrina dominante. Estos casos ilustran cómo, durante largos períodos, el pensamiento racional o naturalista podía ser percibido como un peligro para el orden idealista-religioso establecido.

Sin embargo, la relación entre ambos tipos de pensamiento no fue siempre hostil. En algunos momentos resultó incluso mutuamente beneficiosa. En el mundo islámico medieval, por ejemplo, la escuela mutazilí defendió el uso de la razón para interpretar la fe y promovió el estudio de la filosofía griega, las matemáticas y las ciencias naturales. Gracias a ello, se preservaron y ampliaron conocimientos que más tarde llegarían a Europa. No obstante, esta corriente perdió influencia hacia los siglos X–XI, cuando sectores más ascéticos y literalistas ganaron poder. El cristianismo occidental siguió un camino en cierto modo inverso: tras siglos de persecución, la Iglesia se convirtió en una institución dominante que, con todas sus contradicciones, también fomentó el saber mediante universidades y estudios naturales. El caso de Galileo Galilei muestra bien esa ambigüedad: recibió apoyos iniciales dentro de la Iglesia, pero fue condenado cuando sus conclusiones chocaron con interpretaciones teológicas establecidas. Esta historia revela que la tensión entre idealismo y pensamiento naturalista ha sido compleja, cambiante y profundamente ligada al poder y a la cultura de cada época.

Retornando a los fósiles

 Retomando el tema de los fósiles, fue a partir de los siglos XVII y XVIII cuando comenzaron a ser interpretados de manera sistemática bajo un enfoque naturalista. Hasta entonces, muchos restos fósiles habían sido vistos como curiosidades, objetos simbólicos o anomalías sin un lugar claro en la comprensión del mundo. Con el surgimiento de la ciencia moderna, algunos pensadores comenzaron a proponer que esos restos no eran caprichos de la naturaleza ni señales sobrenaturales, sino evidencias materiales de organismos que habían vivido en el pasado. Este cambio implicó aceptar algo radical para la época: que la Tierra tenía una historia profunda y que la vida había cambiado a lo largo del tiempo.

En ese contexto destacaron figuras como Nicolas Steno, quien sentó las bases de la estratigrafía, y más tarde Georges Cuvier, pionero en la anatomía comparada y en el reconocimiento de la extinción como un fenómeno real. Estos científicos no solo describieron fósiles, sino que comenzaron a compararlos sistemáticamente con animales vivos y a reconstruir esqueletos completos. El objetivo era claro: lograr la mejor aproximación posible a cómo habían sido esos organismos, aun sabiendo que las evidencias eran fragmentarias.

Naturalmente, los primeros intentos no siempre fueron correctos. El caso del Iguanodon es emblemático: inicialmente fue reconstruido con una postura y rasgos muy distintos a los que hoy conocemos. Sin embargo, este tipo de errores no representó un fracaso, sino una fortaleza del pensamiento científico. La clave no era acertar a la primera, sino aceptar la posibilidad de corrección, revisar hipótesis y mejorar las reconstrucciones a medida que aparecían nuevos fósiles y métodos más precisos.

Pese a estos avances, la interpretación naturalista de los fósiles encontró una fuerte resistencia ideológica. Algunos pensadores siguieron defendiendo que los fósiles eran restos de gigantes antediluvianos, demonios petrificados o criaturas destruidas por el Diluvio bíblico. Estas ideas persistieron porque encajaban mejor con visiones religiosas tradicionales y porque la noción de extinción y cambio profundo resultaba inquietante. La hostilidad se intensificó cuando los fósiles comenzaron a sugerir no solo un pasado distinto, sino una secuencia ordenada de transformaciones biológicas.

El conflicto alcanzó un punto decisivo en 1858, cuando Charles Darwin y Alfred Russel Wallace presentaron la teoría de la selección natural, y se consolidó al año siguiente con la publicación de Sobre el Origen de las Especies. Desde entonces, los fósiles dejaron de ser simples restos curiosos: pasaron a entenderse como evidencias clave de una historia evolutiva continua, conectando de manera natural a los organismos del pasado con los del presente. El registro fósil se transformó así en uno de los pilares de la biología moderna y en una prueba contundente de que la ciencia avanza integrando evidencia, corrigiéndose a sí misma y ampliando constantemente nuestra comprensión del mundo natural.

La modernidad naturalista

El pensamiento científico naturalista comenzó a consolidarse con especial fuerza después de la Revolución Francesa, no solo por razones intelectuales, sino por profundos cambios políticos, sociales e institucionales. La ruptura con el orden monárquico y religioso tradicional debilitó la autoridad de explicaciones basadas en la revelación y abrió espacio para un conocimiento fundado en la razón, la observación y la utilidad práctica. Sin embargo, este proceso no estuvo libre de imposiciones ideológicas: en la Francia revolucionaria se produjo una descristianización forzada, con saqueos, expulsiones del clero y persecuciones religiosas. El naturalismo no avanzó únicamente como una propuesta racional, sino también como una herramienta de poder, ligada a un nuevo proyecto político.

En cualquier caso, el pensamiento naturalista no se volvió dominante por su elegancia filosófica. De hecho, muchos filósofos han señalado que el naturalismo no se sostiene a sí mismo como sistema filosófico completo, ya que suele caer en problemas de circularidad: usa la ciencia para justificar la ciencia. Pero esa debilidad teórica fue irrelevante frente a su eficacia práctica. El pensamiento naturalista demostró una capacidad sin precedentes para ordenar, modificar e intervenir la realidad, produciendo tecnologías, infraestructuras, armamento, medicina y sistemas productivos que transformaron el mundo material.

Esa capacidad de transformación otorgó a los Estados modernos e imperios coloniales ventajas estratégicas decisivas. La ciencia aplicada permitió dominar territorios, controlar poblaciones, explotar recursos y ganar guerras. En este sentido, el prestigio del pensamiento naturalista no proviene de su verdad metafísica, sino de su poder operativo. Es un poder “duro”: funciona, produce resultados, impone consecuencias. Puede ser usado para mejorar la vida humana o para destruirla, pero en ambos casos es real y verificable.

La imagen más contundente de ese poder no es un laboratorio ni un libro, sino el hongo nuclear. Podemos debatir si es moralmente condenable o estratégicamente necesario, pero no podemos discutir que es un producto directo del pensamiento científico naturalista. Es evidencia material de que la ciencia no es solo un discurso, sino una fuerza capaz de alterar la historia, la geopolítica y la propia posibilidad de supervivencia humana.

Por esta razón, el pensamiento naturalista se impuso durante todo el siglo XX y continúa dominando el siglo XXI, que ya ha superado su primer cuarto. No porque convenza a todos filosóficamente, sino porque funciona, porque transforma el mundo y porque ningún otro sistema de pensamiento ha demostrado una capacidad comparable para intervenir la realidad. Así es la ciencia moderna: no promete sentido último, pero ofrece poder efectivo, y ese hecho —para bien o para mal— ha marcado nuestro tiempo.

La época de la postverdad y las guerras culturales

Sin embargo, con el advenimiento de esta nueva época también surge un riesgo profundo: que al Occidente tecnológico le ocurra algo similar a lo que le sucedió al mundo islámico medieval cuando, tras siglos de prosperidad intelectual impulsada por corrientes racionalistas como el mutazilismo, ese impulso fue finalmente asfixiado por movimientos antiintelectuales. Durante un tiempo, el pensamiento racional favoreció el desarrollo de la ciencia, la medicina, las matemáticas y la tecnología; pero cuando perdió legitimidad social y política, el avance se detuvo. La historia muestra que el progreso científico no es irreversible.

Hoy existen síntomas claros de un proceso semejante en Occidente. En países como Estados Unidos se habla ya de la era de la posverdad, donde los discursos no se imponen por su racionalidad o evidencia, sino por su capacidad de conmover emocionalmente, de generar miedo, identidad o resentimiento. En este contexto, la verdad empírica compite en desventaja frente a narrativas simples, contundentes y emocionalmente atractivas, capaces de movilizar masas sin apelar al pensamiento crítico.

A esto se suma el crecimiento de diversas formas de negacionismo científico. Aunque parecen fenómenos aislados, comparten patrones comunes: la negación del vínculo entre el tabaco y el cáncer, del cambio climático causado por la quema de combustibles fósiles, del VIH como causa del sida o de la evolución biológica. Estas corrientes suelen apoyarse en estrategias similares: desinformación sistemática, uso selectivo de datos, creación de falsas controversias, fuerte lobby político y apelación a intuiciones profundamente humanas, como la desconfianza hacia lo complejo o lo contraintuitivo.

Este fenómeno no es casual. Durante más del 90 % de la historia humana, nuestras sociedades estuvieron guiadas por pensamiento mágico, mítico o religioso, no por ciencia. La mente humana no está “naturalmente” predispuesta para el razonamiento científico: este debe aprenderse, entrenarse y sostenerse culturalmente. Cuando las instituciones educativas, políticas o mediáticas fallan, el pensamiento no científico reaparece con fuerza.

Por eso, como futuros ciudadanos científicamente informados, es fundamental que ustedes desarrollen pensamiento crítico, capacidad para evaluar evidencias, distinguir hechos de opiniones y reconocer sesgos emocionales. La ciencia no exige fe, pero sí disciplina intelectual. Defenderla no significa renunciar a la libertad de pensamiento o religión, sino precisamente protegerla, porque una sociedad que abandona la razón termina tomando decisiones no libres, sino manipuladas. El futuro no depende solo del conocimiento que produzcamos, sino de nuestra disposición a comprenderlo, cuestionarlo y usarlo con responsabilidad.

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